MAZARINO

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Breviarios

La religión que Augusta necesitaba no requería tiempo para adquirirse o practicarse. ¡Una genuflexión y el regreso inmediato a la vida! Nada más. Para mí la religión adquiría un aspecto muy distinto. Si hubiera obtenido la fe auténtica, ninguna otra cosa en el mundo hubiera existido para mí.

Con el tiempo, el aburrimiento vino a visitarme a veces a mi cuartito tan bien organizado. Era más que nada una angustia, porque precisamente entonces parecía sentirme con fuerzas para trabajar, pero estaba esperando que la vida me impusiera la tarea. En la espera salía con frecuencia y pasaba muchas horas en el Tergesteo o en algún café.

Vivía simulando actividad: una actividad aburridísima.

La visita de un amigo de la universidad, que había debido regresar a toda prisa de un pueblecito de Estiria para tratarse una enfermedad grave, fue mi némesis, aun que no lo pareciera. Vino a verme después de haber pasado en Triste un mes en la cama, que había servido para convertir su enfermedad, una nefritis, de aguda en crónica y probablemente incurable, pero creía encontrarse mejor y se disponía, alegre, a trasladarse en seguida, durante la primavera, a algún lugar de clima más suave que el nuestro, donde esperaba recuperar del todo la salud. Tal vez le fuera fatal haberse entretenido demasiado en su rústico lugar natal.

Considero la visita de aquel hombre tan enfermo, pero alegre y sonriente, muy nefasta para mí, pero tal vez me equivoque: sólo señala una fecha de mi vida, por la que necesitaba pasar.

Mi amigo, Enrico Copler, se asombró de que yo no hubiera sabido nada ni de él ni de su enfermedad, de la que Giovanni debía estar enterado, pero éste, desde que estaba enfermo también él, no tenía tiempo para nadie y no me había contado nada, pese venir a mi casa todos los días de sol para pasar unas horas dormido al aire libre.

Entre los dos enfermos pasaron una tarde de lo más alegre. Hablaron de sus enfermedades, lo que constituye la máxima distracción para un enfermo y no es cosa demasiado triste para los sanos que escuchan. Sólo hubo un desacuerdo, porque Giovanni necesitaba aire libre, que el otro tenía prohibido, pero desapareció cuando se levantó un poco de viento, que indujo también a Giovanni a quedarse con nosotros, en el cuartito caliente.

Copler nos contó su enfermedad, que no daba dolor, pero quitaba las fuerzas. Sólo ahora que se encontraba mejor comprendía lo enfermo que había estado. Habló de las medicinas que le habían administrado y entonces mi interés se avivó. Su doctor le había aconsejado, entre otras cosas, un sistema eficaz para conseguir un sueño prolongado y sin envenenarlo con somnífero. Pero, ¡si eso era lo que yo más necesitaba!

Mi pobre amigo, al comprender mi necesidad de medicinas, se ilusionó por un instante con la idea de que yo estaba aquejado de la misma enfermedad que él y me aconsejó que fuera a reconocerme, auscultarme y analizarme.

Augusta se echó a reír con ganas y declaró que yo era simplemente un enfermo imaginario. Entonces en el demacrado rostro de Copler se dibujó algo parecido al resentimiento. De repente, se liberó, viril, del estado de inferioridad que parecía estar condenado y me atacó con gran energía.

¿Enfermo imaginario? Pues yo prefiero ser un enfermo real… Ante todo, un enfermo imaginario es una monstruosidad ridícula y, además, para él no existen medicinas, mientras que, como se ve en mí, la farmacia siempre tiene algo eficaz para nosotros, los enfermos verdaderos…Sus palabras parecían las de un hombre sano y a mí -quiero ser sincero- me hirieron…Con el ataque de Copler, yo cobré auténtico aspecto de enfermo, de enfermo mal tratado….No sé por qué tenía el pobre enfermo la manía de hablar de mujeres y, cuando no está mi esposa, era el único tema de conversación. Afirmaba que en el enfermo real, al menos en las enfermedades que nosotros conocíamos, el sexo se debilitaba, lo que era una buena defensa del organismo, mientras que en el enfermo imaginario, que sólo padecía por el desorden de unos nervios demasiado activos (ése era nuestro diagnóstico), tenía una vitalidad patológica. Corroboré su teoría con mi experiencia y nos compadecimos mutuamente.

¿Tú deseas a todas las mujeres bellas que ves?, insistió Copler.

¡A todas no!…murmuré yo  para darle a entender que no estaba tan enfermo….

Fragmento tomado del libro: La conciencia de Zeno.

Autor: Italo Svevo.

Traducción: Carlos Manzano.

Editorial: Debolsillo.