LA LUCHA POR LA VIDA

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Jorge Vázquez Sangabriel

Breviarios

Acababan de dar las doce, de una manera pausada, acompasada, y respetable, en el reloj del pasillo. Era costumbre de aquel viejo reloj, alto y de caja estrecha, adelantar y retrasar a su gusto y antojo la uniforme y monótona serie de las horas que van rodeando nuestra vida, hasta envolverla y dejarla, como a un niño en la cuna, en el oscuro seno del tiempo.
Poco después de esta indicación amigable del viejo reloj, hecha con la voz grave y reposada, propia de un anciano, sonaron las once, de modo agudo y grotesco, con impertinencia juvenil, en un relojillo petulante de la vecindad, y minutos más tarde, para mayor confusión y desbarajuste cronométrico, el reloj de una iglesia próxima dio larga y sonora campanada, que vibró durante algunos segundos en el aire silencioso.
¿Cuál de los tres relojes estaba en lo fijo? ¿Cuál de aquellas tres máquinas para medir el tiempo tenía más exactitud en sus indicaciones?
El autor no puede decirlo, y lo siente. Lo siente, porque el tiempo es, según algunos graves filósofos, el cañamazo en donde bordamos las tonterías de nuestra vida; y es verdaderamente poco científico el no poder precisar con seguridad en que momento empieza el cañamazo de este libro.
Pero el autor lo desconoce: sólo sabe que en aquel minuto, en aquel segundo, hacía ya largo rato que los caballos de la noche galopaban por el cielo. Era pues, la hora del misterio; la hora de la gente maleante; la hora en que el poeta piensa en la inmortalidad, rimando hijos con prolijos y amor con dolor; la hora en que la buscona sale de su cubil y el jugador entra en él; la hora de las aventuras que se buscan y nunca se encuentran; la hora, en fin, de los sueños de la casta doncella y del reumatismo del venerable anciano. Y mientras se deslizaba esta hora, romántica, cesaban en la calle los gritos, las canciones, las riñas; en los balcones se apagaban las luces, y los tenderos y las porteras retiraban sus sillas del arroyo para entregarse en brazos del sueño.
En aquella hora, fuera la que fuese, marcada por los doce lentos y gangosos ronquidos del reloj del pasillo, no se encontraban en la casa más que un señor viejo, madrugador impenitente; la dueña, doña Casiana, patrona también impenitente, para desgracia de sus huéspedes, y la criada Petra.
La patrona dormía en aquel instante, cuando de pronto se iluminaron los balcones de la casa de enfrente; después, se abrieron de par en par, y se oyó un preludio de guitarra. En aquel momento apareció en uno de los balcones de la casa vecina una mujer envuelta en amplia bata, con una flor roja en el pelo, cogida estrechamente de la cintura por un señorito vestido de etiqueta; con frac y chaleco blanco.
-Eso, eso produce- repitió la patrona varias veces…

Así describe Pío Baroja una de sus más famosas y significativas trilogías: La lucha por la vida, título procedente de Darwin en El origen de las especies, nos dice Ricardo Senabre, en el prólogo La lucha por la vida 1, ya que su primera versión, titulada La busca, se publicó por entregas en el diario El Globo, entre el 4 de marzo y el 29 de mayo de 1903.

Baroja, se doctoró en medicina, terminó abandonando esta profesión para dedicarse a la literatura, creó novelas, fue dramaturgo; en sus obras fue un acérrimo crítico de la sociedad de su época, Pío Baroja, señaló con arrojo las vicisitudes de una sociedad sometida por el costumbrismo, el debe ser; lo que señaló con acre agudeza, desde lo religioso hasta las desvergüenzas en que el entendimiento y los rumores sordos se desarrollaban entre las diversas clases, una moral sin moral con sus códigos de moralidad, una apariencia callada pero aceptada.

Baroja, es uno de los escritores más influyentes de la literatura española, desafió las normas de su tiempo con su mirada crítica hacia la sociedad y la moralidad, su vida y muerte fueron tan complejas como sus obras llenas de pasión, tristeza y un profundo desengaño hacia el mundo que lo rodeaba.

Referencias tomadas de: La lucha de la vida1. La busca.
Prólogo: Ricardo Senabre.
Editorial: mercaba.gor