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Jorge Viveros Pasquel
Ambos pertenecen a universos históricos, culturales y estéticos radicalmente distintos, pero comparten un rasgo esencial que explica su impacto desproporcionado en la opinión pública, la estridencia como método deliberado para conquistar visibilidad, romper inercias y forzar atención. En ambos casos, hacer ruido no es un accidente, sino una estrategia.

Los Sex Pistols emergieron en el Reino Unido de mediados de los años setenta, un país marcado por el desempleo, el desencanto juvenil y la decadencia industrial. Su música era rudimentaria, agresiva y provocadora, pero su verdadero poder no residía solo en los acordes, sino en la actitud. Letras ofensivas, entrevistas caóticas, vestimenta diseñada para incomodar y una abierta hostilidad hacia lo establecido y las instituciones. El objetivo no era agradar, sino escandalizar. En la industria musical, el punk irrumpió como una cachetada que obligaba a voltear, aunque fuera con desprecio.
Donald Trump ha operado de manera similar en el ámbito político. Desde su irrupción en la escena mundial, su discurso ha sido confrontativo, simplificador y cargado de provocaciones calculadas. Insultos, exageraciones, declaraciones incendiarias y una constante ruptura de las normas retóricas tradicionales de la política. Como los Sex Pistols, Trump entendió que en con los medios de comunicación saturados de basura, la moderación es invisible. La estridencia, en cambio, garantiza micrófonos, titulares y conversación permanente.
En ambos casos, la reacción indignada de críticos y élites culturales o políticas fue parte del combustible. Los Sex Pistols fueron denunciados como una amenaza moral, un producto vulgar y un síntoma de decadencia. Trump ha sido descrito como un peligro para la democracia, un populista irresponsable y un personaje indigno del cargo. Sin embargo, esa condena constante no redujo su alcance, lo amplificó. La lógica es similar, el escándalo genera rechazo, pero también curiosidad, identidad y sentido de pertenencia para quienes se sienten excluidos o ignorados por el sistema dominante.
Ni Trump ni los Sex Pistols pueden explicarse solo por su contenido o sustancia. Su éxito radica en que ambos entendieron que la popularidad contemporánea no se construye con calidad o coherencia, sino con visibilidad extrema. En ese sentido, la estridencia es una herramienta de poder. Puede ser destructiva, polarizante y superficial, pero también profundamente eficaz. Como el punk en su momento, Trump convirtió el escándalo en lenguaje político, y el ruido en capital, puede parecernos o no, podemos estar de acuerdo o no, pero es lo que hay.



