Elena Córdova Molina

Legislando Contigo

En Veracruz, muchas y muchos veracruzanos viven del turismo.

No como discurso, sino en la vida real.

Viven del hotel pequeño que se esfuerza por mantener habitaciones limpias todo el año.

Del restaurante familiar que sobrevive a temporadas bajas.

Del lanchero que espera los fines de semana para completar el gasto.

De la mesera, del recepcionista, del guía, del cocinero.

El turismo no es una cifra.

Es gente.

Por eso, cuando se habla del impuesto al hospedaje, vale la pena explicarlo sin enredos.

Ese impuesto no lo paga el hotelero.

Lo paga quien nos visita.

Y se supone que sirve para mejorar el turismo: promocionar destinos, atraer visitantes, fortalecer lo que hace que la gente quiera venir… y regresar.

Hasta ahí, suena lógico.

El problema empieza cuando las decisiones sobre ese dinero se toman lejos de quienes viven del turismo todos los días.

Cuando quienes generan empleo, invierten, arriesgan su patrimonio y conocen el territorio, dejan de ser escuchados.

Cuando pasan de participar a solo observar.

Cuando el dinero sigue entrando, pero las reglas cambian sin diálogo.

Y entonces surge una pregunta muy simple, muy ciudadana:

¿cómo se decide en qué se gasta ese dinero?

Porque decir “infraestructura”, “proyectos estratégicos” o “servicios” suena bien…

pero si no se explica cuáles, dónde y cómo, la incertidumbre crece.

No es desconfianza gratuita.

Es sentido común.

Quien vive del turismo sabe que no todo festival deja beneficios duraderos.

Que no toda ocurrencia genera derrama.

Que no basta con anunciar, hay que planear.

El turismo no se fortalece excluyendo.

Se construye escuchando.

Y aquí hay algo que no debemos perder de vista: ese impuesto existe gracias a que hay visitantes.

Y hay visitantes porque hay personas que sostienen la industria todos los días, incluso cuando no hay apoyos suficientes, cuando la tramitología ahoga o cuando la temporada es mala.

Decidir sin ellas y ellos no es eficiencia.

Es desconexión.

Por todo esto, no acompañé una decisión que cambia las reglas del impuesto al hospedaje sin diálogo claro y sin explicar con precisión en qué se va a gastar ese dinero.

No por estar en contra del turismo, sino justamente por lo contrario, porque creo que al turismo se le cuida, no se le improvisa.

Veracruz tiene todo para ser potencia turística.

Historia, naturaleza, cultura, gastronomía.

Pero también necesita reglas claras, confianza y participación.

Cuando el dinero del turismo se maneja sin rumbo claro, el riesgo no es solo administrativo.

El riesgo es que se rompa la confianza de quienes invierten y generan empleo.

Y cuando eso pasa, pierde Veracruz.

No se trata de oponerse por oponerse.

Se trata de algo muy básico, que las decisiones que afectan a muchos no pueden tomarse entre pocos.

El turismo no se impulsa desde el escritorio.

Se impulsa desde el territorio.

Escuchando.

Planeando.

Incluyendo.

Porque cuando se decide bien, el turismo crece.

Y cuando el turismo crece, a Veracruz le va mejor.