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Jorge Viveros
Para buena parte del mundo, Donald Trump representa una figura incómoda, disruptiva e incluso moralmente cuestionable. Su estilo confrontativo, su vulgar pasado, su retórica agresiva, su desprecio por las minorías y los consensos diplomáticos lo han convertido, para gran parte del mundo, en un símbolo del deterioro político y social de Estados Unidos. Desde Europa (con Groenlandia) hasta América Latina (con Venezuela), su nombre suele asociarse más con el conflicto que con la estabilidad. Sin embargo, aún con todo y esto, dentro de su propio país, una porción aún significativa del electorado (aproximadamente un 40%), continúa percibiéndolo como un líder eficaz y directo.

Más allá de simpatías o rechazos personales, Trump encarna un perfil funcional para la lógica del imperialismo. Representa un nacionalismo económico, una defensa agresiva de la hegemonía y una disposición a romper reglas cuando estas ya no benefician a su país. En un siglo marcado por el ascenso económico de China, la reconfiguración geopolítica de Rusia y el desgaste del liderazgo occidental, su figura ofrece a Estados Unidos, al pentágono y a su poderosa industria militar una forma de adaptación pragmática, aunque áspera y grosera, a un mundo donde la diplomacia clásica pierde terreno frente a la competencia geopolítica por poder, recursos e influencia.

Así, Trump no es solo un personaje político, sino un síntoma de una transición histórica. Puede resultar incómodo, polémico o incluso peligroso para muchos, pero para la estructura imperialista estadounidense y su “estatus quo” a largo plazo representa una herramienta coherente y conveniente con la lógica de supervivencia del sistema. No se trata tanto que Trump sea lo que Estados Unidos admira, sino que, en este momento histórico, es lo que se considera necesario para no ceder su lugar en el orden global que lentamente se transforma. Trump entiende, quizá de manera instintiva, como un animal primitivamente político (más que doctrinario), que el poder imperial no se sostiene solo con discursos, ONG’s y con Tratados Comerciales, sino con fuerza económica, control tecnológico, presión política y, si es necesario, poder militar. Por eso su discurso incomoda, pero también resulta coherente con un imperio que intenta preservar su influencia en un mundo que ya no le pertenece en exclusiva. En ese sentido, su estilo no es una anomalía, sino una expresión cruda de una etapa histórica de transición.