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Elena Córdova Molina
Legislando Contigo
Hemos escuchado mucho sobre Venezuela en los últimos días.
Opiniones duras, posturas extremas, debates que se van a los gritos.

Pero quizá la pregunta más importante no es qué está pasando hoy, sino cómo empezó todo.
Porque Venezuela no empezó con tanques.
No empezó con invasiones.
No empezó con violencia.
Empezó cuando la gente comenzó a preguntarse algo muy sencillo y muy peligroso: “¿Para qué voto, si al final deciden otros?”
La democracia no se pierde de golpe.
No se rompe de un día para otro.
Se va desgastando poco a poco, casi sin que nos demos cuenta.
Empieza cuando las instituciones dejan de ser un contrapeso real.
Cuando las reglas se estiran.
Cuando lo que debería ser una excepción se vuelve costumbre.
Cuando el voto sigue existiendo, pero ya no decide.
Eso fue lo que pasó durante años en Venezuela.
La gente siguió participando, siguió votando, siguió creyendo que el cambio podía llegar por la vía democrática.
Pero poco a poco las instituciones dejaron de poner límites, las decisiones empezaron a moverse en otros espacios y la voluntad popular dejó de ser la última palabra.
Y cuando eso ocurre, aparece el cansancio.
La frustración.
La sensación de que ya no hay salida.
Por eso hoy vemos a personas celebrando lo que sienten como una liberación.
No porque amen la violencia.
No porque quieran una invasión.
Sino porque durante mucho tiempo sintieron que desde dentro ya no había forma de cambiar las cosas.
Ese hartazgo es humano.
Es entendible.
Pero entenderlo no significa justificarlo.
La historia nos ha enseñado algo con claridad: la violencia no trae democracia.
Las guerras no construyen países.
Y las soluciones impuestas desde fuera casi siempre dejan más dolor del que prometen resolver.
Aquí también conocemos esas señales.
Cuando una institución deja de ser autónoma.
Cuando un órgano que debía poner límites empieza a obedecer.
Cuando una decisión tomada en las urnas se modifica después.
Son pequeñas grietas.
Pero si no se atienden, terminan rompiéndolo todo.
Por eso la lección es clara: la democracia se cuida todos los días.
Con reglas claras.
Con instituciones fuertes.
Con respeto al voto y a la voluntad popular.
La soberanía no puede usarse para oprimir,
pero la democracia tampoco puede imponerse con armas.
El pueblo venezolano merece vivir con dignidad, con libertad y con derechos.
Y ese camino solo puede construirse desde dentro, por su gente, sin imposiciones externas.
Y nosotros haríamos bien en no mirar esta historia con distancia, sino con atención.
Para no normalizar el desgaste.
Para no acostumbrarnos a que las reglas se doblen.
Para no llegar nunca al punto en que alguien sienta que la única salida es la fuerza.
Porque cuando la democracia se debilita,
no pierde un gobierno. Pierde la gente.
Y defenderla no es un discurso.
Es una responsabilidad diaria.a



