Jorge Viveros Pasquel

Desde la infancia aprendemos a hablar con género, no solo a conjugar verbos o a construir oraciones, sino a modular la voz, a elegir palabras, según el papel que la sociedad nos asigna como hombres o como mujeres. Ese aprendizaje lingüístico no es inocente, es una de las primeras formas en que el machismo se filtra. Hablar “como hombre” suele asociarse con firmeza, autoridad, racionalidad y control. Hablar “como mujer” con sensibilidad, cuidado o suavidad, pues antes de comprender el mundo, ya hemos aprendido cómo debemos ocuparlo.

Ese molde se proyecta después en los espacios donde se decide el destino económico de países enteros; la geopolítica, los foros financieros internacionales (como Davos), los organismos de crédito, los bancos multilaterales, los consejos económicos globales y las grandes transnacionales siguen siendo territorios abrumadoramente masculinos a diferencia de algunas presidencias, gobernaturas y muchos parlamentos, donde la paridad se ha convertido casi en una exigencia democrática mínima, el poder financiero global permanece anclado en una lógica masculina y eso no es solo un problema de sobrerepresentación porque cuando una mujer logra entrar en esos círculos, inconscientemente se le exige adaptarse. La neutralidad del discurso económico es una ficción, lo que vuelve evidente que la economía actual no es fría, ni es objetiva.

Esta estructura coincide con la visión de la derecha política y económica, que sigue defendiendo un orden donde el poder se justifica como tradición, mientras que, la exclusión y la desigualdad como consecuencia natural. La derecha no necesita declararse machista, lo es en la arquitectura misma de sus espacios de decisión. Ahi donde el poder es más concreto y más rentable, la paridad desaparece y esa desaparición no es casual, es ideológica.

La derecha habla de libertad y libertarios, pero administra sus jerarquías de acuerdo al género, habla de competencia, pero protege primordialmente las herencias, habla de modernidad, pero conserva en unos cuantos con corbata y traje, la mayoría de sus privilegios. Y en ese esquema, la presencia femenina no es vista como un derecho, sino como una concesión. Por eso las mujeres ocupan cargos políticos, pero siguen ausentes en donde se definen la deuda, los intereses, los rescates financieros y las reglas del comercio global. El machismo visible de estas élites ya no grita, no insulta, no prohíbe. Más bien organiza, diseña consejos directivos, redacta contratos, selecciona perfiles y decide quién habla. Es un tipo de machismo más discreto, silencioso, profundamente eficiente y por eso mismo también se percibe mucho más estructural.

Todo regresa al lenguaje, a esa infancia donde aprendimos que la autoridad tenía voz grave y la empatía voz suave. Mientras esa gramática siga intacta, el dinero seguirá hablando en masculino. Y mientras la derecha siga defendiendo ese idioma como si fuera natural, seguirá siendo, aunque lo niegue, el rostro más pulido del machismo contemporáneo.