Jorge Viveros Pasquel
Para 2040 por lo menos California, Texas, Nuevo México y Arizona tendrán mayorías latinas de origen mexicano, este escenario demográfico no solo se puede analizar estadísticamente, si no también en el campo político, donde ha generado resistencias en algunos sectores conservadores blancos, que se expresan en discursos políticos y narrativas públicas difundidas durante años con la idea de que este crecimiento representa una amenaza a su seguridad nacional, cuando claramente no lo es. Ese mismo lenguaje ha servido a ciertos liderazgos políticos contemporáneos, convirtiendo el tema en eje central de su discurso, describiendo reiteradamente la migración mexicana como una amenaza estructural para Estados Unidos, popularizando entre audiencias masivas anglosajonas la noción de que existe un proceso deliberado (originado en México) de reemplazo demográfico, llegando inclusive al extremo del Gobernador de Florida; Ron DeSantis quien ha promovido políticas restrictivas bajo el argumento de que el crecimiento migratorio alterará la identidad nacional. Más allá de las diferencias ideológicas entre estos actores, lo que los une es una percepción común, el reconocimiento implícito de que la transformación demográfica del sur estadounidense no es una hipótesis lejana, sino una tendencia imparable y ya en marcha.
Si las dinámicas actuales continúan con los ritmos observados durante las últimas cuatro décadas, de 2040 a 2050 se marcará un punto de inflexión histórico para México y Estados Unidos. Entonces, la población latina, mayoritariamente de origen mexicano, será con alta probabilidad el grupo demográfico dominante en el conjunto de los cuatro estados fronterizos del suroeste estadounidense (y quizá en algunos más). Las proyecciones demográficas, para esa década, sitúan a la población latina de esos territorios, por lo menos, entre 45 y 50 millones de personas. Esa cifra por sí sola equivale a la población total de muchos países del mundo y representa no solo una masa poblacional significativa, sino un sistema cultural, económico y social con capacidad propia de elegir a su conveniencia. No se trata únicamente de crecimiento numérico, sino de consolidación de redes comunitarias, religiosas, continuidad lingüística y permanencia en el territorio. A todo lo anterior, hay que considerar que ya no sólo están presentes en USA trabajadores mexicanos del campo o empleados del sector restaurantero, ahora también hay ingenieros, abogados, etc. y un importante sector del empresariado mexicanos, todos ellos con alto potencial de liderazgo.
En el ámbito político también hay que tener en cuenta que hoy, los cuatro estados fronterizos concentran más de cien escaños en la Cámara de Representantes federal y ocho senadores dentro del Congreso de Estados Unidos. Eso significa aproximadamente 24% de todos los diputados federales y 8% de todos los senadores del país. Y si el suroeste continúa expandiéndose más rápido que el resto del país, como ha ocurrido durante décadas, el número de representantes federales provenientes de esa región aumentará, por lo que para mediados del siglo XXI, es razonable proyectar que esos estados podrían concentrar entre 110 y 120 escaños de la Cámara de Representantes, es decir, más de una cuarta parte del total nacional. En términos políticos reales, esto significará que una porción sustancial del poder legislativo de la principal potencia mundial será elegida en territorios donde la población de origen mexicano sea el componente social dominante, entendiendo que esto no será una reconquista militar, si no algo más profundo y duradero, la reconstrucción demográfica de un espacio histórico y la permanencia cultural que sobrevivió hace más de un siglo a una guerra de invasión, a procesos deliberados de desplazamiento, a migraciones provenientes del norte de USA o de Europa y que hoy se adapta al cambio político con una nueva capacidad de expansión.
Hay decenas de millones de personas, en esa zona, descendientes de mexicanos y migrantes compartiendo memoria cultural, religión, identidad histórica y presencia territorial. En ese escenario la geografía permanecerá intacta, pero la realidad política ya no será la misma. Las fronteras administrativas seguirán siendo las que hasta hoy, pero el contenido social que las habita será radicalmente distinto. La transformación no será visible en un solo momento, sino silenciosa y estructural, como ocurre con los procesos históricos de largo plazo.
Irónicamente, el propio Karl Marx escribió que los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, sino bajo circunstancias que existen y han sido legadas por el pasado. Y precisamente eso es lo que parece estar ocurriendo en el suroeste estadounidense, una continuidad histórica que no responde a decisiones instantáneas, sino a procesos demográficos prolongados que, con el paso del tiempo, terminan reconfigurando el equilibrio del poder, la identidad colectiva y la dirección misma de la historia.



