Ana Rosa Valdés Salazar

En mi Opinión

​Esta cuesta de enero será recordada tal vez como una de las más empinadas en muchos años.

​La cuesta de enero es una expresión acuñada desde hace largo tiempo por los mexicanos, que describe fielmente las penurias que sufren muchas familias en cada principio de año, por los gastos que se acumulan y contra los cuales el esfuerzo de estirar el presupuesto en casa termina por reventar la liga cuando ya no da para más.

​Y es que pagar el impuesto predial, que en muchos municipios veracruzanos se cobra a la par de los derechos por recolección de basura; el servicio anual de agua potable si se opta por esta posibilidad; los requerimientos de útiles de los hijos en edad escolar; la tenencia o los derechos de control vehicular y los impuestos adicionales; y, sobre todo, afrontar el incremento en el costo de la canasta básica, que según el INEGI alcanzó un 5.1 por ciento, resulta una pesada carga sobre los hombros de padres y madres de familia que todavía no ven, como se acostumbra decir, la luz al final del túnel.

​El aumento al salario mínimo en poco ayuda frente al elevado costo de la vida, que en México se origina por factores diversos, como la inflación general, los costos de producción y de transporte de los productos, factores climáticos como las sequías, el tipo de cambio en los casos de productos importados y hasta los problemas que causa la delincuencia organizada, porque el monto de sus extorsiones se traslada a los consumidores.

​Las alzas en el precio de la gasolina, que ya no costó ni va a costar 10 pesos como lo ofreció la 4T, del gas y de la luz, provocan que todo suba de precio y, al final, los que pagan son los que menos recursos tienen y que por lo mismo son más vulnerables.

​Lo malo es que, ante la andanada de aumentos en los precios, autoridades como la PROFECO brillan por su ausencia. En Xalapa, por ejemplo, no hay representación de esa procuraduría. Si usted quiere presentar una queja o denuncia ante ese organismo tendrá que hacerlo en línea -si le entiende a las computadoras- o, en su defecto, trasladarse a la ciudad de Veracruz, donde está la delegación.

​Desolador panorama, ¿verdad?