Agustín Torres Delgado

Pa´vivir a gusto

La primera vez que de verdad uno entiende lo que es el Carnaval de Veracruz, no suele ser frente a un templete ni a través de un boletín, generalmente ocurre en una esquina cualquiera: el niño que persigue el confeti como si fuera tesoro, la señora que “ya no sale” pero no se pierde el desfile, el tambor que empieza a marcar el paso y, de pronto, el puerto entero parece respirar al mismo ritmo.

Esa es la esencia: una fiesta nacida de la calle, hecha para que la gente se vea, se abrace, se reconozca. Y por eso mismo, cuando el Carnaval se desvirtúa, no se daña un evento: se lastima nuestra identidad. Cuando la celebración deja de sentirse como patrimonio común y empieza a oler a administración de intereses: decisiones que no se explican, gastos que se vuelven opacos, proveedores que se repiten y un aparato oficial que parece más preocupado por el reflector que por la transparencia, entonces hay un problema.

Cuando se usan recursos públicos alrededor de un evento tan grande siempre hay que estar alerta, la transparencia no es un favor; es la condición mínima para que la gente confíe en sus gobernantes. Las dos administraciones estatales más recientes en Veracruz han tenido tiempo suficiente para blindar el Carnaval con reglas claras y rendición de cuentas. No lo hicieron, no lo han hecho.

Con discursos y estilos distintos, ambas administraciones dejaron que la organización se mantuviera en una zona gris: mucha promoción y poca explicación; mucha épica y poca factura. El resultado se siente en la calle: cada año crece la sensación de que el Carnaval es grande para la foto, pero pequeño para la ciudadanía cuando se trata de saber quién decide, cuánto cuesta, por qué se contrata así, porqué hay desorganización, porqué hay tantos incidentes. Este año hasta venta de gradas ha habido en eventos que se suponen gratuitos.

Es tal la necesidad de atención o desvío de la atención del gobierno estatal que, decidieron (a criterio no sabemos de quién) que plataformas digitales de secretarías tan relevantes como Salud, Seguridad Pública y Educación, transmitieran conciertos de diversos artistas, mejor eso que algo tan icónico y significativo como el desfile, esto incluyendo la página del gobierno estatal.

Reiteramos: lo que antes era una de las fiestas más bonitas, cuidadas y relevantes del país, un espacio cultural a donde todo mundo quería ir, una fiesta del pueblo, se ha convertido hoy en un espacio para el desastre, hasta la calidad de los espectáculos ha decaído y nuestra gente en Veracruz no merece eso.  

En estas fechas, se desarrolla también el Carnaval de Mazatlán, la comparación puede incomodar, pero en ocasiones es necesaria y nos muestra que otra conversación pública sí es posible. Allá también hay intereses y también hay retos, sin embargo, se habla de una derrama estimada de 1,209 millones de pesos y una asistencia superior a 1.26 millones de personas. No se trata de idealizar a nadie; se trata de notar la diferencia, exigir que haya métricas, mejor coordinación y que nuestro gobierno estatal se haga responsable, no queremos una fiesta que se defiende con propaganda y silencios.  

En Veracruz, la fiesta popular no necesita que la “produzcan” como si fuera franquicia; necesita que la respeten. Y respetarla, en términos sencillos, significa volver a poner a la gente en el centro y sacar a la discrecionalidad de la cabecera del desfile: contratos abiertos y fáciles de consultar, criterios públicos para elegir proveedores, costos desglosados, padrón verificable, auditorías visibles, control social efectivo, mejorar la organización, buscar una cartelera artística de alto perfil que ponga el nombre de nuestra entidad en alto y a la par de grandes espectáculos de nivel internacional.

Si esto ocurre, el negocio va a dejar de mandar y la tradición volverá a estar al centro. Y entonces sí: el Carnaval vuelve a ser lo que siempre debió ser, una celebración del pueblo, no una caja registradora con padrinos y además con espectáculos de baja calidad.

Nuestra gente en Veracruz da su trabajo, sus impuestos, su alegría, su tiempo, su paciencia, ya mucha tragedia vive en el día a día, lo mínimo que merecen a cambio es un gobierno que no confunda la fiesta con un negocio propio ni la comunicación institucional con un escenario. Veracruz no está peleado con celebrar; está cansado de que, detrás de la alegría, siempre parece haber alguien cobrando la cuenta sin enseñar el recibo.

Agustín Torres Delgado

Secretario General de Acuerdos

Movimiento Ciudadano