Mara Iliana Cruz Pastrana

En los últimos meses, el término therian ha comenzado a circular con mayor fuerza en redes sociales. Videos de jóvenes usando máscaras de animales o realizando movimientos cuadrúpedos se viralizan rápidamente, acompañados casi siempre de burlas o comentarios despectivos. La reacción inmediata suele ser la risa. La reflexión, en cambio, casi nunca llega.

Un therian es una persona que experimenta una identificación interna, psicológica o espiritual, con un animal no humano. No se trata de creer que el cuerpo físico se transforma ni de vivir en una fantasía literal. Sin embargo, en la cultura digital actual, la simplificación manda: un fragmento de video parece suficiente para dictar sentencia pública.

Plataformas como TikTok e Instagram han amplificado este fenómeno, como amplifican cualquier expresión que resulte llamativa. Pero la viralidad no equivale a comprensión. La pregunta que deberíamos hacernos no es si nos parece extraño, sino qué revela este fenómeno sobre nuestra sociedad.

Vivimos en una época marcada por la búsqueda constante de identidad. Las categorías tradicionales se transforman, se amplían o se cuestionan. Las generaciones jóvenes, particularmente, exploran formas de autodefinición que para muchos adultos resultan desconcertantes. Sin embargo, cada época ha tenido sus expresiones incomprendidas.

La identificación animal no es, en esencia, tan ajena como parece. Desde siempre utilizamos metáforas para describirnos: alguien es “león” por su valentía, “zorro” por su astucia o “águila” por su visión. En el caso de los therians, esa metáfora adquiere una dimensión más profunda y se integra en su narrativa personal. ¿Es eso suficiente para ridiculizar?

Por supuesto, toda construcción identitaria merece equilibrio. Cuando cualquier identidad genera aislamiento severo, sufrimiento o desconexión con la realidad cotidiana, requiere acompañamiento profesional como sucedió con los Emos. Pero convertir automáticamente la diferencia en patología suele ser una forma cómoda de evitar el diálogo.

Hay también un elemento que pocas veces se menciona: la desconexión contemporánea con la naturaleza. En sociedades urbanizadas, hiperconectadas y cada vez más aceleradas, identificarse con un animal puede simbolizar un anhelo de libertad, instinto o autenticidad. Quizá no se trate de querer “ser un animal”, sino de recuperar cualidades que sentimos perdidas en medio de estructuras sociales rígidas.

Lo que resulta preocupante no es la existencia de los therians, sino la rapidez con la que descalificamos lo que no entendemos. La cultura digital premia la reacción inmediata y la ironía, pero rara vez incentiva la reflexión profunda. Y sin reflexión, no hay convivencia plural posible.

No todos estamos obligados a compartir cada expresión identitaria. Pero sí estamos llamados a ejercer respeto. La diversidad no se defiende únicamente cuando es cómoda o familiar; se defiende, sobre todo, cuando desafía nuestras categorías mentales.

El fenómeno therian, más allá de lo anecdótico, nos confronta con una pregunta incómoda: ¿por qué nos inquieta tanto que alguien construya su identidad de manera distinta? Tal vez la respuesta no esté en quienes se identifican con un animal, sino en nuestra dificultad para aceptar que la identidad humana es, y siempre ha sido, compleja.

En tiempos donde el juicio es inmediato y la escucha escasa, quizá el verdadero acto de madurez social sea detenernos antes de reír y preguntarnos qué historia hay detrás de aquello que no comprendemos.

Porque, al final, la forma en que tratamos lo diferente dice mucho más de nosotros que de quienes decidimos señalar.