Salvador Muñoz
Los Políticos
Familias democráticas y católicas… hasta que el Diablo mete la cola del poder… En Veracruz la democracia no solo empieza en casa: se reza, se ora, se implora.
Aquí no basta con decir que hay pluralidad familiar; ahora también hay intervención divina. Porque cuando la política se vuelve incómoda, no se discute, se encomienda. El caso Nahle es ya un subgénero.
Rocío, gobernadora, Morena, 4T con casco y verbo duro.
Arturo, hermano mayor, exmagistrado, priista confeso, decidido a “dar la batalla” y a “quitar del poder a Morena”.
¿Pleito? No.
¿Ruptura? Tampoco.
Solo esa frase que en Veracruz sonó como campanazo de misa mayor:
“Que Dios lo ayude!”
Y ahí quedó todo.
Ni deslinde, ni respaldo, ni discusión política de fondo. Oración corta y vámonos! Democracia familiar con escapulario incluido. Porque en esta tierra el conflicto no se niega: se espiritualiza. Pero eso no es novedad. Veracruz tiene tradición en estas familias plurales… pero estratégicas.
Los Yunes lo demostraron antes de que Morena se pusiera de moda. Primos enfrentados, apellido intacto. Miguel Ángel contra Héctor. PAN contra PRI. Pleito de alto voltaje pero con regla no escrita: el apellido no se quema, solo se dobla. Nada que no sacara la abolladura, aunque el estado quedara con la carrocería torcida.
Luego vino la diáspora yunista. Cuando el clan ya no alcanzó para todos, algunos sobrinos buscaron aire en otros colores. Tato Vega Yunes se enfrentó a su tío y del PAN pasó al PRI para saltar a Morena. ¿Convicción ideológica o supervivencia política? En Veracruz no se traiciona: se reubica.
En el PRI clásico también hubo familias que entendieron el arte de no mezclarse.
Silvio y Erick… Los Lagos: mismos apellidos, mismo partido, ninguna corriente compartida. Aguas separadas, silencios prudentes, cada quien cuidando su charco. En ese PRI se sabía que pelear en familia era torpeza; ignorar era elegancia. Enfrentarse era en vano pero mezclarse, era ahogarse.
Y luego están los casos raros, casi ofensivos para el drama local: hermanos en partidos distintos que se llevan bien, no se tiran indirectas, no se usan como munición. Aquí la política no rompe sobremesas ni arruina cumpleaños. Extraños, sí… pero existen en Rodrigo y Ricardo García Escalante.
Todo esto confirma una verdad incómoda: en Veracruz, la pluralidad familiar no es virtud democrática, es estrategia de cobertura. Tener a alguien en cada partido no es apertura: es seguro de vida.
Y llegamos al fondo del asunto.
La frase “hay democracia en mi familia” suena bonita… hasta que se completa con “que Dios lo ayude”.
Ahí la democracia deja de ser política y se vuelve teológica. No se debate, no se confronta, no se argumenta: se encomienda.
Porque cuando no quieres cargar con el costo político del pariente incómodo, lo mandas a competir… con Dios de coordinador de campaña.
Así, la democracia familiar en Veracruz ya no se ejerce con votos, sino con rosarios.
No se discute en la mesa, se despide con bendición.
No se confronta en público, se deja en manos del Altísimo.
Y al final, como siempre, el mensaje es claro: en este estado puedes ser plural, siempre y cuando no me mezcles.
Puedes ser opositor, siempre y cuando no me salpiques.
Y puedes ser hermano… pero si te sales del guión, que Dios te ayude!



