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5 METROS PARA MARÍA ENRIQUETA

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Salvador Muñoz
Los Políticos

La idea de colocar a la entrada del Pueblo Mágico una estatua de cinco metros de alto de una mujer cortadora de café, no es mala… imagine llegar por Xalapa a Coatepec, y en esa glorieta que le da la bienvenida, erguida, ese monumento… insisto, la idea no es mala, pero tampoco original.

Desde el 2002, Huatusco puso en manos del escultor Javier Ortiz la creación de este ya símbolo de uno de los más relevantes productores de café en el estado. Su ubicación, en la glorieta de entrada a ese municipio, rinde homenaje a las mujeres dedicadas a la selección y corte del grano, esas manos que entre cafetales determinan buena parte de la calidad del aromático veracruzano.

Hay que presumirlo: A ojo de buen cubero, tenemos más de 80 municipios dedicados a la cafeticultura, diez regiones cafetaleras y más de 80 mil productores. Y aunque somos segundo lugar nacional en producción, el orgullo veracruzano insiste –con ese desparpajo que nos caracteriza por sabernos dueños de la razón– en que el mejor café del país se da aquí. Porque una cosa es producir… y otra muy distinta es saber a gloria.

Pero en medio de ese orgullo cafetalero hay una glorieta en Coatepec que ya tiene historia. Ahí está el busto de María Enriqueta Camarillo y Roa, que me han de perdonar los impulsores de la recolectora, pero el peso histórico de esta mujer –nativa del Pueblo Mágico– pesa bastante más que una estatua monumental con canasto y granos.

María Enriqueta nació en Coatepec en 1872 y fue poeta, novelista, cuentista, traductora y pianista. En un país donde la literatura era terreno dominado por hombres, ella decidió abrirse paso… aunque para lograrlo tuviera que recurrir a un viejo truco que muchas mujeres del siglo XIX y principios del XX utilizaron: esconderse detrás de un seudónimo masculino.

Sí… para que sus textos fueran tomados en serio en un mundo de letras para caballeros, firmó algunos de sus escritos como Iván Moszkowski. Cosas de la época: a veces la pluma femenina necesitaba bigote literario para que la leyeran. Y aun así, con o sin disfraz editorial, su obra terminó imponiéndose.

Su libro Rosas de la infancia marcó generaciones enteras de estudiantes mexicanos. Durante décadas, fue lectura obligada en las escuelas del país. Sus textos se tradujeron a otros idiomas, su obra circuló en Europa y su nombre incluso fue considerado para el Premio Nobel de Literatura a mediados del siglo pasado. Nada mal para una mujer nacida en un pequeño pueblo cafetalero de Veracruz.

Por eso el asunto de la glorieta en Coatepec tiene algo de ironía histórica. Mientras se discute levantar una recolectora de café monumental, ahí mismo permanece el busto –modesto, discreto– de una mujer que llevó el nombre del pueblo mucho más lejos que cualquier costal de pergamino.

Y ojo: nadie está peleado con el café. ¡Faltaba más! Coatepec vive de él, respira café, presume café… y lo sirve hasta en la conversación política. Pero los pueblos también viven de sus símbolos, de sus historias y de sus personajes.

Álamo tiene a su ColoteroPapantla a sus VoladoresCatemaco a su PescadorOrizaba presume su Palacio de Hierro (y no es comercial)… Huatusco tiene su recolectora de café… Y Coatepec ya tiene a María Enriqueta.

Así que si el alcalde Nacho Luna insiste en la estatua… ¡sea pues! Que se haga, pero que sea de María Enriqueta Camarillo y Roa.

Cinco metros de altura para una mujer que rompió moldes en la literatura mexicana, que se impuso –con seudónimo incluido– en un mundo dominado por hombres y que puso el nombre de Coatepec en los anaqueles de la cultura.

Y si alguien insiste en que el café esté presente… pues pónganle en la mano una taza del aromático. Total… cinco metros de estatua alcanzan perfectamente para sostener una taza.

Pero sobre todo, para sostener un pedazo de historia que Coatepec no debería cambiar por una idea que no tiene nada de original.