Jorge Arturo Rodríguez

Tierra de Babel

Dicen por ahí, en una película comedia o algo así, que “la vida es corta y ser feliz es lo que importa”. Pero me pregunto cómo vivir feliz en una vida corta, en un tiempo en que los pronósticos no son alentadores casi pa’ nadie, a no ser que cuentes con tu dinerito, poco o mucho pero que lo tengas, o seas pariente -¿pedante?- de los ricos, o allegado -¿arrimado?- político; vaya, dentro del círculo de los ricos de antaño o de los nuevos ricos, o de plano felizmente te hayas convertido en cuate de los afortunados de la tómbola, de los acordeones, de las consultas, de “lo que diga mi dedito”, del dedazo contemporáneo simulado de democracia, de los designios de Dios.

Como lo señaló Ricardo Raphael, en su columna “Democracia con partidos autoritarios”: “Mejor que hayan sido políticos que médicos. Cada vez aciertan en el diagnóstico, pero se equivocan en el remedio. La propuesta de reforma electoral presentada el día de ayer atiende un tema muy relevante: los partidos mexicanos no son entidades de interés público sino propiedad, casi privada, de unos cuantos.” (milenio.com, 05/03/2026).

Porque lo que importa, para muchos, no es la felicidad auténtica, sino la vida feliz arrastrada por el dinero y el poder. Pero ojo, no cerremos los ojos y hagamos como que no pasa nada. Seamos realistas: desde casa los problemas de todo tipo nos acorralan, sobre todo ese miedo a lo peor, la violencia en su infinidad de manifestaciones, pasando por la destrucción de la naturaleza, contaminación tras contaminación, “accidentes tras accidentes” -¿qué somos tan “pénjamos”?- y, desde luego, hasta la guerra y el fuego aterrador que se extiende. Ante esto, las autoridades -no todas, claro-, hacen como que hacen y lo dejan al tiempo, al olvido.

¿Qué hay detrás de todo esto? No se necesita ser erudito para contestar: poder económico. Tener y mantener un poderío económico o una economía poderosa, dueña del mundo, del cielo, del infinito y más allá… Y se da a nivel mundial y, desde luego, aquí mismito en México. No hay de qué preocuparse: los pobres son eternos. No como “el amor es eterno mientras dura”, de no recuerdo qué escritor.

Porque no por madrugar amanece más temprano. O lo que es lo mismo: “Pepito, conjuga el verbo andar. -Yo… yo ando… Tú… tú andas. -¡Más deprisa! -Él corre, nosotros corremos, ellos corren…”

Bien, así sin más: “¿Cuál es la diferencia entre un ladrón y un político? El ladrón te elige para robarte, ¡al político tú lo eliges para que te robe!” Hay excepciones. Pero ya no se sabe ni a quien irle. Yo prefiero que luchemos por eliminar la ignorancia; apostemos por la educación de caaaliiidaaad -nada de simulaciones-, la vida creativa, la acción reflexiva, la libertad, la integridad y el compromiso con uno mismo y con los demás, la ayuda mutua, el amor asentado en la verdad. No son palabrerías; piénselo bien. Saben bien quiénes son los merolicos, las marionetas, los títeres, los fantoches… El dueño del circo.

De otra manera, continuaremos en las mismas. Como el chiste: “Pepito, ¿qué has aprendido hoy en clase? -Pues no lo suficiente mamá, ya que tengo que volver a ir mañana.”

Por lo pronto -mañana quién sabe-, no tiremos por la borda las palabras de la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI)Kristalina Georgieva, durante una conferencia en Tokio hace unos días: “Mi consejo a los responsables políticos de todo el mundo en este nuevo entorno global: piensen en lo impensable y prepárense para ello”.

Ahí ‘ta.

Los días y los temas

Carissa Véliz, filósofa defensora de la privacidad en la era de Internet, autora del libro Privacidad es poder, expresa: “Si quieres tener una buena fiesta, pide a tus amigos que no hagan fotos”. ¡Uf! ¡En estos tiempos!

Me recordó a mi estimada amiga Irene Vallejo, en su artículo “Días volcánicos”: “Se ha desatado una nueva fiebre: el espectáculo de las malas noticias. Tensos, impacientes y fascinados, nos conectamos minuto a minuto a la retransmisión desde el borde del precipicio. Cada vez es más difícil pensar, hablar, trabajar y dormir en calma. A través de los móviles y ordenadores, obtenemos dosis instantáneas de catástrofe. Consumimos la actualidad como las temporadas veloces de una serie adictiva. Tras el hartazgo de posverdad, fervor y plazas abarrotadas, no es extraño que suframos una sed atrasada de monotonía política.” (milenio.com, 25/02/2026).

¡Imagínense a nuestros jóvenes y a los que vienen detrás!

¿O acaso le harán caso al papa León XIV? Él expresó, palabras más, palabras menos que demos “espacio al silencio, apaguemos un poco los televisores, la radio y los teléfonos móviles”. Y pidió que “escuchémonos unos a otros, en las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Dediquemos tiempo a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos”.

En estos tiempos, creo que es mucho pedir, ¿no?

De cinismo y anexas

Y como la vida es corta: “Oye, se murió Amparo. -Vaya, lo siento mucho. ¿Y cómo está su marido? -Desamparado.”

Y como ser feliz es lo que importa, ahí se las dejo.

Un senador dice a sus electores: “¡Prometo que si salgo elegido construiré un puente donde no hay río!”. Un votante, grita: “¡Pero si no hay río!”. El senador responde: “¡Pues también prometo ponerles un río!”.

“Austeridad: Un político anuncia: “En mi gobierno, 15% menos de sueldo, cero secretarios y cero guardias”. La gente aplaude, y él añade: “…a menos que los necesite, claro”.

Hasta la próxima.