Mara I. Cruz Pastrana
En el mapa político y social de Veracruz existe una región que pocas veces ocupa titulares nacionales, pero que refleja con crudeza muchas de las contradicciones de México. Es la Sierra de Zongolica, una franja montañosa donde conviven la pobreza más profunda, una identidad cultural vigorosa y una capacidad de organización comunitaria que muchas ciudades envidiarían.
Hablar de la sierra es hablar de municipios como Mixtla de Altamirano, Tehuipango, Astacinga o Soledad Atzompa. Lugares que suelen aparecer en los estudios sobre pobreza extrema en México. En algunos de ellos, más del 90 por ciento de la población vive con carencias profundas: viviendas precarias, caminos difíciles, acceso limitado a servicios de salud y educación.
Pero reducir la sierra únicamente a sus cifras de pobreza sería cometer una injusticia. Porque si algo caracteriza a esta región es su enorme fortaleza social.
En estas montañas vive una de las poblaciones indígenas náhuatl más grandes del país. La lengua sigue viva en las casas, en los mercados, en las escuelas y en las asambleas comunitarias. En muchos pueblos, el náhuatl no es solo una lengua ancestral: es el idioma cotidiano con el que se construye la vida pública.
Esa identidad cultural ha dado origen a una forma de organización comunitaria profundamente arraigada. En muchos pueblos de la sierra, las decisiones importantes no se toman únicamente en las oficinas municipales. Se discuten en asambleas abiertas donde participan vecinos, autoridades comunitarias y líderes tradicionales.
Estas asambleas son herederas de una larga tradición de autogobierno indígena. Ahí se discuten obras públicas, conflictos locales, gestiones ante el gobierno estatal e incluso decisiones políticas que marcarán el rumbo electoral de la región.
Quizá por eso, la Sierra de Zongolica es también una región políticamente estratégica.
A simple vista, podría pensarse que se trata de municipios pequeños y dispersos que poco influyen en el tablero político del estado. Sin embargo, cuando se suman sus votos dentro del distrito con cabecera en Zongolica, la historia cambia. Miles de votos organizados pueden inclinar el resultado de una diputación local, una diputación federal o incluso contribuir a definir elecciones estatales.
Los partidos políticos lo saben bien. Por eso cada proceso electoral trae consigo campañas en español y náhuatl, recorridos por comunidades alejadas y una intensa búsqueda de alianzas con liderazgos locales.
Durante décadas, esta región fue un bastión del viejo sistema político mexicano. El control territorial del partido en el poder dominó la vida pública de la sierra por generaciones. Sin embargo, como en muchas partes del país, los cambios políticos de las últimas décadas transformaron ese panorama.
La apertura democrática permitió la llegada de nuevas fuerzas políticas. Con el tiempo, partidos como el Partido de la Revolución Democrática y el Partido Acción Nacional comenzaron a disputar espacios que durante años parecían inamovibles.
El cambio más visible llegó después de 2018, cuando el avance de Movimiento Regeneración Nacional modificó nuevamente el mapa político de la región. Municipios que habían sido gobernados durante décadas por los mismos grupos políticos comenzaron a experimentar alternancias.
Sin embargo, en la sierra los partidos no lo son todo. Muchas veces el verdadero peso político recae en los liderazgos comunitarios: maestros rurales, gestores sociales, líderes ejidales o promotores comunitarios que han construido confianza con la gente durante años.
Ese tejido social explica por qué la Sierra de Zongolica también ha sido escenario de importantes movimientos comunitarios.
Cuando una carretera prometida tarda demasiado en construirse, cuando una clínica no llega o cuando una comunidad se siente ignorada, la respuesta no suele ser el silencio. En más de una ocasión, habitantes de la región han viajado hasta la capital del estado, Xalapa, para exigir atención a sus demandas.
A veces lo han hecho mediante protestas pacíficas, otras mediante bloqueos carreteros que obligan a las autoridades a escuchar.
No se trata únicamente de reclamos materiales. Muchas movilizaciones también han tenido como objetivo la defensa del territorio, de la cultura indígena y del derecho a decidir sobre el futuro de las comunidades.
Por supuesto, la historia reciente de la sierra también ha tenido episodios dolorosos. El asesinato de autoridades municipales, conflictos políticos internos y disputas locales han recordado que gobernar en contextos de alta marginación no es una tarea sencilla.
Aun así, la región sigue mostrando una capacidad de resiliencia admirable.
Mientras en muchas ciudades la participación ciudadana parece debilitarse, en numerosos pueblos de la Sierra de Zongolica la vida comunitaria sigue siendo intensa. Las fiestas patronales, el trabajo colectivo, las asambleas y la lengua compartida mantienen viva una identidad que ha resistido siglos de marginación.
Quizá esa sea la gran paradoja de la sierra: uno de los territorios con mayores carencias materiales del país es también uno de los espacios donde la comunidad, la cultura y la organización social siguen teniendo mayor fuerza.
En un país marcado por profundas desigualdades regionales, la Sierra de Zongolica nos recuerda que el desarrollo no puede medirse solo en infraestructura o ingresos económicos. También se construye con identidad, participación y dignidad.
Mirar hacia estas montañas debería ser, para Veracruz y para México, algo más que un ejercicio estadístico. Debería ser una invitación a comprender mejor las raíces de nuestra desigualdad y, al mismo tiempo, a reconocer la enorme riqueza cultural y social que vive en sus comunidades.
Porque en esas montañas, donde muchas veces parece faltar todo, todavía sobra algo fundamental: la voluntad de una sociedad que se organiza, resiste y sigue defendiendo su lugar en la historia.



