Salvador Muñoz
Los Políticos
Hay cifras que enamoran… y otras que marean. Y en Morena, parece que ya no distinguen entre unas y otras.
A ver: si en Veracruz ya iban en 600 mil afiliados allá por enero –palabra del dirigente estatal– y si la meta era un millón, entonces, en este país donde Pitágoras se mezcla con la fe ciega, habría que suponer que el “melón” ya está completo. Un millón de almas guindas listas para lo que se ofrezca: votar, aplaudir o, en su defecto, no estorbar.
Porque ésa es la otra: con ese número en la bolsa, ¿para qué demonios quieres alianzas? ¿Para qué compartir el pastel si, en teoría, ya compraste la pastelería?
Diecinueve curules federales… treinta locales… en total, 49 espacios que, bajo esa lógica de abundancia, deberían caer como fruta madura. De todas, todas. Sin sudar. Sin despeinarse. Sin pedirle permiso a nadie.
Y es que, si algo presume Morena hoy, además del poder, es el “titipuchal” de afiliados. Una especie de ejército que, en papel, alcanza para ganar elecciones, consultas, rifas… y hasta discusiones familiares.
Luego viene el otro ingrediente: los candidatos. Porque si militantes hay muchos, aspirantes sobran más. Hay para escoger, para reciclar, para premiar lealtades o para castigar rebeldías. Total, el catálogo es amplio y la fila larga.
Así que, en ese escenario, la alianza suena más a costumbre que a necesidad. Porque cuando te sientes invencible, lo último que quieres es compartir reflectores. “Más vale solo…”
Pero hay un pequeño detalle… uno mínimo… casi imperceptible: el electorado.
Porque éstas no son las elecciones del 24. No hay euforia, no hay ola, no hay ese aire de “cambio histórico” que tanto vendió. Éstas son Intermedias. Las de trámite. Las de bostezo largo. Las donde el ciudadano promedio prefiere Netflix que la casilla.
Y en ese terreno, el abstencionismo juega como aliado silencioso. Un millón de afiliados suena espectacular como para hacerle contrapeso a la hueva de la gente que poco le importa estas elecciones.
Además, la percepción no ayuda. El diputado –federal o local– sigue cargando esa etiqueta incómoda: caro, lejano, poco útil. El circo legislativo, las dietas, las peleas de micrófono… todo eso pesa. Y pesa parejo. No distingue colores.
Entonces, la apuesta parece clara: confiar en el número, en la marca, en la inercia… y en que el rival llegue dividido o, de plano, ni llegue.
Con esas condiciones, sí… tal vez ese “melón” alcance para llenar la canasta completa: 19 federales, 30 locales…
Pero como en todo misterio digno de resolverse, hay una pregunta que sigue flotando en el aire: Si todo está tan seguro… ¿Cuál sería el pretexto de no ganar 30 locales y las 19 federales? Habrá que esperar la respuesta hasta el próximo año.





