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LAS PIERNAS DE PALACIO

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Salvador Muñoz

Los Políticos

La mañana de este martes, mientras preparábamos el desayuno, la plática no giró en torno a mi cumple, la inseguridad o el desastre del chapopote en el Golfo de México… no. La plática se concentró, como corresponde a un país serio y ocupado, en las piernas de Palacio Nacional.

Porque mientras medio México discutía si eran reales, producto de la Inteligencia Artificial o parte de alguna campaña de la oposición, la presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que salir a confirmar que sí, que las piernas existían y que no eran un montaje. Como si no bastara con gobernar un país, ahora también le toca fungir como perito en pantorrillas.

No pude evitar el debate que se armó en la cocina entre la Mujer y un servidor. Ella, convencida por algún columnista de la sospecha, juraba que aquellas piernas pertenecían a Annie Pardo, mami de Sheinbaum. Incluso me aseguró que alguien, auxiliado por ChatGPT –esa nueva ouija digital a la que ya le preguntan desde quién ganará las elecciones hasta quién dejó la taza sucia en el fregadero– había confirmado la especie.

Tuve que rebatir con tres argumentos irrefutables:

Uno: no porque lo diga fulanito tiene que ser cierto.

Dos: el análisis del columnista era tan anti morena, que veía conspiraciones hasta en las piernas de una mesa.

Y tres: con todo el respeto que merece Annie Pardo… ¡ya quisiera tener esas piernas!

Debo reconocer que me sorprendió el argumento de la Mujer, sobre todo porque en sus años mozos ganó más de un concurso de “piernas bonitas” allá en la secundaria… distinción que, a fuerza de honestidad matrimonial y supervivencia doméstica, debo decir que aún conserva.

Al final terminó cediendo. Y apenas unos minutos después, los medios nacionales revelaban a la presunta propietaria de las piernas más famosas de México: Florencia Franco Fernández, funcionaria de la Secretaría de Hacienda, directora general de Coordinación, esposa de Gabriel Yorio y, para acabarla de amolar, sobrina política del italopapanteco Domingo Yorio Saqui.

El nombre no nos decía nada. Pero al ver la fotografía, había que admitirlo: Florencia cuadraba mucho más que Annie. Y ahí fue cuando el morbo nacional hizo lo suyo. Durante casi una semana, esas piernas fueron tendencia. Casi una semana llamaron más la atención que las de los seleccionados nacionales jugando contra Portugal. Casi una semana nos hicieron recordar las piernas de Sarah Palin, de Silvia Pinal, de Lilia Prado, de Sonia Furió… y sí, otra vez, las de la Mujer.

Pero más allá de la pierna, el tobillo o la rodilla, el tema era otro: Palacio Nacional.

Porque una cosa es estirar las piernas. Otra, estirar demasiado la idea de que Palacio Nacional es un departamento con balcón y vista al Zócalo.

Sheinbaum fue clara: no existe un reglamento específico que prohíba asolearse en una ventana del recinto. Es decir, no hay un apartado que diga: “queda estrictamente prohibido sacar las piernas al balcón como lagartija de domingo”. Pero también confirmó que hubo una sanción, porque el asunto no tiene que ver con las piernas sino con el respeto.

Y es ahí donde entra el Código de Ética de los servidores públicos. No por indecencia, no porque las piernas ofendan a la patria ni porque haya una policía de pantorrillas patrullando los corredores de Palacio. No. El punto está en el “comportamiento digno”, en el respeto a las instituciones y en el uso correcto de los espacios públicos.

Porque Palacio Nacional podrá tener balcones, ventanas y una vista formidable… pero sigue siendo Palacio Nacional, no un Airbnb de lujo con chapoteadero imaginario y servicio a la habitación.

Y mientras el país entero discutía de quién eran esas piernas, quizás se nos escapó lo más importante: en México basta un par de piernas en una ventana para paralizar la conversación nacional y el desayuno de la mañana.