Ana Rosa Valdés Salazar
En Mi Opinión
Por fin, en su conferencia mañanera del viernes 27 de marzo, la Presidenta Claudia Sheinbaum reconoció que una posible falla en instalaciones de Pemex en el complejo Cantarell sería la causa del derrame de hidrocarburos en el Golfo de México, aunque también dijo que puede ser una emanación natural.
Casi cuatro semanas después del primer avistamiento de crudo en playas del sur de Veracruz surge un atisbo de información creíble, tras las versiones del fantasmal barco causante de esa contaminación y otros intentos de explicaciones no menos disparatadas que sólo alimentaron las especulaciones y rumores que se han desbordado desde entonces.
Y uno se pregunta de qué sirve a los mexicanos que el artículo 6º de su Constitución federal disponga: “El derecho a la información será garantizado por el Estado… Toda persona tiene derecho al libre acceso a información plural y oportuna, así como a buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole por cualquier medio de expresión”, si los gobernantes lo ignoran o, a sabiendas, lo incumplen contra la protesta formal que realizan al asumir el cargo de guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes que de ella emanan. ¿Pensarán que ese guardar significa meter en un cajón y no observar o cumplir?
Porque esa información debió darse a conocer desde que las autoridades supieron lo ocurrido, hace poco más de un mes y medio, si nos atenemos a lo que diversos medios y comentaristas han revelado ante el hermetismo oficial que, como siempre en estos casos, se impone como norma para ocultar errores o ilícitos cometidos al amparo del poder, o bien para ganar tiempo mientras se elabora un discurso orientado a minimizar los hechos.
Según el columnista Salvador García Soto (Serpientes y Escaleras, El Universal, 26 de marzo), “grupos de ambientalistas como el Centro de Derecho Ambiental, Carto Crítica y Conexiones Climáticas… analizando imágenes satelitales determinaron que el derrame de petróleo que hoy contamina 650 kilómetros de litorales y los sistemas arrecifales del Golfo de México, habría ocurrido entre el 6 y 10 de febrero pasado en una zona cercana a la Plataforma Abkatún, frente a las costas de Campeche”.
Y eso lo supieron las autoridades a los pocos días de ocurrido, porque la “mancha que se ve en las imágenes de febrero del satélite era de aceite o crudo y al principio se veía pequeña pero comenzó a crecer el 11 de febrero y para el día 13 de ese mes ya era totalmente visible y se observa a unos cinco barcos tratando de hacer la contención del hidrocarburo”, agrega García Soto.
Lo que dice la columna mencionada también lo comentan otros medios y algunos se asombran, como nosotros, de que con tanta tecnología al alcance el gobierno siga elucubrando sobre el origen del chapopote que tanto daño está causando a la flora y a la fauna marinas, a pescadores de Campeche, Tabasco y Veracruz y a los prestadores de servicios turísticos de la enorme zona afectada que, desolados, ven llegar la Semana Santa -la mejor temporada del año para ellos- con bajas expectativas de visitantes, desanimados los vacacionistas de venir a nuestras costas por todo lo que ven y oyen en los noticieros.
Preocupante, muy preocupante que se oculte al pueblo la información, sobre todo de un asunto que tanto impacta en la seguridad, la salud y la economía populares y que, si el pueblo que tanto dicen amar y respetar lo hubiera sabido antes, se habrían podido adoptar medidas de prevención conjuntamente entre autoridades, especialistas, académicos y quienes ahora se ven más afectados por el desastre que desafortunadamente no podremos superar en corto plazo, porque largos años pasarán para medio remediar el daño, no así para recuperar lo que se está perdiendo y lo que todavía se perderá. Aunque se limpien hoy las playas, el petróleo sigue en el mar y volverá a ensuciarlas.
Por eso hablo de derrames y regadas, porque a la desgracia que nos traen los derrames (Jorge Fernández Menéndez, en su columna Razones, publicada el 26 de marzo en Excélsior, dice que son más de doce) se suman las regadas de quienes piensan que se puede tapar el sol con un dedo y ponen en problemas a la Presidenta que se ve mal, muy mal, primero repitiendo lo que declaró nuestra gobernadora de que fue un barco de una empresa privada el responsable del desastre y luego teniendo que admitir, con mes y medio de retraso, la posibilidad de que el problema se haya originado en las instalaciones de Pemex.
Pero qué necesidad, decía el llamado Filósofo de Ciudad Juárez, Juan Gabriel. Frase muy socorrida por ilustrativa y que -como dicen los de la 4T- cae como anillo al dedo ante el desolador panorama que contemplamos los mexicanos en estos que, para muchas personas en nuestro país, son días de guardar.
Lo que resulta impostergable es investigar para determinar de una vez por todas de dónde está emanando el petróleo, porque ya hasta alguien “sospecha de que -si el barco del discurso oficial realmente existe- puede tratarse de una historia más de huachicoleo en un mar lleno de turbiedades” (Miguel Molina, Diario de un Reportero, Al Calor Político, 27 de marzo).
Así pues, es urgente aclarar, deslindar responsabilidades y proceder a indemnizar a los miles de afectados por los daños, daños que perdurarán por largo tiempo y que en algunos casos son irreversibles. Y hay que pagarles antes que las manchas de chapopote lleguen a Texas (ya están muy cerca) y Donald Trump se dé vuelo demandando indemnizaciones a México por ello.
Vaya primer trimestre de 2026…





