Julio Vallejo
La delgada línea entre mi opinión y la tuya
Tortillas de oro, la Dieta de la Risa
Hay que reconocerle al Gobierno Federal un talento único: tienen la capacidad de tratar la tragedia económica como si fuera una anécdota de café. La última ocurrencia de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, rosa lo místico. Mandar al Secretario de Hacienda y Crédito Público Édgar Amador Zamora; al mercado así, sin GPS «a ver qué tal» es como mandar a un astronauta a ver si el sol quema. No especificaron a qué mercado, claro; probablemente fue a uno de esos donde el kilo de carne cuesta tres «por favores» y las zanahorias te dan las gracias por comprarlas.
El Secretario, con una honestidad que desarma, volvió con el diagnóstico del siglo: «Así es, en mi recorrido vi que están caras las cosas”. ¡Párenlo todo! Denle un Nobel de Economía a ese hombre por semejante gestión a la miseria. Gracias, señor Secretario. Sin usted, el pueblo seguiría pensando que el alza en el precio de la tortilla era una alucinación colectiva provocada por el ayuno forzado. Es fascinante ver cómo el salario se queda tieso, como si le hubiera dado un calambre permanente, mientras los precios de la canasta básica corren un maratón olímpico impulsados por el precio de la gasolina. Pero ojo, la física oficial dice que la gasolina no influye en el costo de los alimentos. De seguro son las tortillas las que caminan solas desde el comal hasta su mesa para ahorrarse el flete.
Pero no se angustien, que el Paquete Contra la Inflación y la Carestía (PACIC) está aquí para salvarnos. Esa reunión con productores para pedirles un «esfuerzo» suena más a una invitación a un suicidio financiero colectivo que a una política pública. La respuesta del gobierno ante el abuso no es la ley, es el diseño gráfico.
La propuesta del PROFECO de colgar lonas de la vergüenza gigantes que dicen «No compre aquí, está caro». ¡Genial! es la cumbre del arte conceptual. Es el gobierno diciéndole al ciudadano: «Yo sé que te están robando, tú sabes que te están robando, pero mira qué bonita lona puse para que lo confirmes» . En lugar de regular, decoran. En lugar de frenar el abuso, nos dan consejos de «shopping». Ya me imagino que el ciudadano que se está quedando sin combustible a mitad de la avenida va a empujar su coche tres kilómetros más, cuesta arriba, solo porque vio un letrero “no cargues aquí se vuelan la barda con los precios”.
Mientras tanto, en las oficinas de gobierno las risas no faltan. Total, el cinturón que se aprieta no es el de ellos. Nosotros, los de a pie, seguiremos alimentándonos de optimismo gubernamental y de la esperanza de que, algún día, las lonas de la PROFECO también se puedan comer, porque al paso que vamos, será lo único barato que queda en la calle.



