MÉXICO, BAJO ESCRUTINIO

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Carlos Miguel Acosta Bravo
Impronta

La visita del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, no es un acto protocolario ni una gira diplomática de rutina. Es, en esencia, un momento de definición política para México, un punto donde convergen la presión internacional, el dolor de las víctimas y la disputa por la narrativa oficial.
El país llega a este encuentro en una posición incómoda, casi defensiva. Por un lado, el gobierno ha descalificado el informe del Comité contra la Desaparición Forzada, señalándolo como parcial y cuestionando su metodología. Por otro, el propio sistema de Naciones Unidas insiste en que México enfrenta una crisis estructural con más de 133 mil personas desaparecidas. Una cifra que no solo refleja una tragedia humana, sino que se ha convertido en un campo de batalla político.
Ahí radica el núcleo del problema, no se discuten únicamente números, se disputa la verdad. El gobierno sostiene que el debate es técnico, depuración de registros, verificación de casos, precisión estadística. En esa lógica, reducir la cifra implica acercarse a una “verdad más exacta”.
Pero para organismos internacionales y colectivos de víctimas, la discusión es de otra naturaleza. No es metodológica, sino humanitaria. No se trata de cuántos casos pueden comprobarse con certeza, sino de reconocer la magnitud de una crisis que ha desbordado instituciones.
En otras palabras, para el Estado, el problema es cómo medir, para las víctimas, el problema es que sigue ocurriendo, y esa diferencia cambia todo. Una visita sin resoluciones… pero con consecuencias.
Nadie debería esperar anuncios espectaculares al término de esta visita. No habrá sanciones inmediatas ni acuerdos definitivos. Sin embargo, eso no la hace irrelevante. Al contrario, su impacto será más profundo y menos visible.
Primero, porque pondrá a prueba la capacidad del Estado para reconciliar su narrativa con la de las víctimas. Si no hay coincidencia, quedará documentada la ruptura.
Segundo, porque eleva el nivel de escrutinio internacional. El hecho de que el caso México pueda escalar dentro de los mecanismos de la ONU no es menor, implica pasar de la observación a la presión política global.
Y tercero, porque desplaza el centro de gravedad del debate. Al priorizar reuniones con colectivos, el mensaje es claro, la legitimidad no se construye solo desde el poder, sino desde el dolor. El mayor costo para México no será una sanción formal. Será algo más complejo y duradero, la erosión de su credibilidad.
Durante décadas, el país cultivó una imagen de apertura y cooperación en materia de derechos humanos. Pero el choque frontal con organismos internacionales, sumado a la persistencia de la crisis, puede cambiar esa percepción.
El riesgo es que México deje de ser visto como un país que enfrenta un problema… para convertirse en uno que lo minimiza o lo discute.
Y en el escenario global, eso pesa.
Sin embargo, este momento también abre una puerta. La posibilidad de transitar de una postura defensiva a una estrategia de cooperación.
Aceptar acompañamiento internacional no implica ceder soberanía, sino fortalecer capacidades, mejorar sistemas forenses, depurar registros con mayor rigor y, sobre todo, reconstruir confianza institucional.
Porque al final, el problema no es solo de cifras. Es de Estado.Más allá del informe.
La visita de Volker Türk no definirá por sí sola el rumbo del país en materia de desapariciones. Pero sí marcará un punto de inflexión en cómo México decide enfrentar —o evitar— el problema.
La discusión sobre si son 132 mil o 133 mil desaparecidos es, en el fondo, secundaria. Lo verdaderamente relevante es si existe una política capaz de responder a una crisis de esa magnitud.
Porque en estos casos, los números no son solo datos. Son historias, ausencias y deudas pendientes.
Y lo que está en juego no es solo una cifra.
Es la credibilidad del Estado frente a sus ciudadanos… y frente al mundo.
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cacostabravo@yahoo.com.mx
Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte del cuerpo académico en comunicación en la Ibero y en la Universidad Anáhuac, campus norte CDMX.