Mara I. Cruz Pastrana
Hay elecciones que repiten la historia, pero hay otras que la cambian.
Veracruz 2027 apunta a ser de las segundas.
Durante décadas, la disputa por el poder en México y muy particularmente en Veracruz, se concentró en un terreno para todos conocido: ayuntamientos, diputaciones locales y gubernaturas. Era ahí donde se medían las fuerzas, donde se construían los liderazgos y donde se definían los rumbos. Pero algo se ha movido y no es menor.
Hoy, el poder ya no solo se va a conquistar en las urnas tradicionales. También se va a disputar en otro espacio, uno que históricamente había permanecido fuera del alcance directo de la ciudadanía: el Poder Judicial. Si otra vez la elección judicial.
La reforma que abrió la puerta a la elección de magistrados y jueces no solo modifica un procedimiento, cambia la lógica completa del sistema. Y en un estado como Veracruz, donde la política nunca ha sido simple, el impacto será profundo. Porque seamos claros, no es lo mismo votar por quien promete, que votar por quien juzga.
La nueva forma del poder, el argumento oficial es potente: democratizar la justicia. Permitir que sea la ciudadanía quien decida quién imparte la ley. Acercar un poder tradicionalmente distante y técnico a la gente. En el papel suena bien, incluso necesario. Pero en la práctica, el escenario es más complejo.
Elegir a un diputado implica evaluar propuestas, trayectorias, afinidades. Es un ejercicio político. Pero elegir a un juez implica algo distinto, confiar en la capacidad técnica, la imparcialidad y el criterio jurídico de una persona que, idealmente, debería estar por encima de las presiones políticas. Y es ahí donde está la tensión.
¿Puede un juez ser electo por voto popular sin comprometer su independencia? ¿Puede la justicia mantenerse ajena a la lógica de campaña, de grupo, de estructura? No hay respuestas simples. Pero sí hay señales.
Nuestro Veracruz es el estado donde todo se intensifica
Si esta discusión se diera en cualquier otro estado, ya sería relevante. Pero en Veracruz adquiere otro nivel. Aquí, la política no es lineal, es territorial, es intensa, es profundamente marcada por liderazgos regionales y estructuras que operan con precisión. Aquí, las elecciones no solo se ganan con votos; se construyen con presencia, acuerdos y muchas veces, con control de territorio. Ahora imaginemos ese mismo escenario trasladado al ámbito judicial. Porque no nos engañemos: donde hay elección, hay competencia y donde hay competencia, hay intereses.
La posibilidad de que perfiles judiciales comiencen a vincularse de manera directa o indirecta con grupos políticos no es una exageración, es una consecuencia lógica del nuevo modelo. Y eso abre una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Estamos fortaleciendo la justicia o incorporándola al juego del poder?
Ahora el ciudadano tiene enfrente una decisión inédita
Durante años, el votante promedio ha tenido referentes claros: partidos, candidatos, campañas visibles, sabe más o menos por quién vota. Pero en el caso del Poder Judicial, la realidad es distinta.
¿Quién conoce a los aspirantes? ¿Quién entiende realmente sus perfiles, sus criterios, su trayectoria jurídica? La experiencia reciente lo dejó claro: baja participación, desinformación y, en muchos casos, decisiones tomadas sin elementos suficientes. No por falta de interés, sino por falta de herramientas. Y aquí hay un riesgo silencioso: cuando la información no fluye, otros factores ocupan su lugar: estructuras, líneas, recomendaciones, lo que en política ya conocemos bien.
La elección del próximo 2027 no será una elección más
En Veracruz, 2027 no solo se definirán diputaciones o posiciones políticas, se va a definir algo más profundo: el equilibrio entre dos poderes que, hasta ahora, operaban con cierta distancia. Porque si el poder político influye en quién llega al judicial, y el judicial tiene la capacidad de validar o frenar decisiones políticas, entonces estamos ante un nuevo tablero. Uno donde las piezas ya no están separadas.
Esto no es necesariamente negativo. Puede abrir espacios de mayor control ciudadano, de mayor legitimidad. Pero también puede generar concentraciones de poder más sutiles, menos visibles, pero igual de determinantes.
Y el verdadero reto no está en la ley, la reforma ya existe, el modelo ya está en marcha.
El verdadero reto no está en lo que dice la ley, sino en cómo se vive en la realidad.
¿Habrá perfiles preparados o perfiles convenientes? ¿Habrá campañas informativas o campañas disfrazadas? ¿Habrá ciudadanos participando o estructuras decidiendo?
Porque al final, más allá del discurso, el sistema siempre revela su verdadera forma en la práctica.
Oportunidad o advertencia
Veracruz tiene frente a sí una oportunidad histórica. Puede ser el estado que logre construir un modelo donde la justicia sea más cercana, más transparente, más legítima. Donde el ciudadano no solo vote, sino entienda lo que vota. O puede convertirse en el ejemplo de cómo una buena intención termina absorbida por las dinámicas de siempre. No es un destino escrito. Es una decisión colectiva.
El poder cambia de forma
Durante mucho tiempo, el poder en Veracruz se entendía de manera clara: quien ganaba la elección, gobernaba. Hoy, esa definición se queda corta. Porque en 2027, el poder no solo se va a ejercer desde un cargo público, también se va a interpretar desde un tribunal. Y eso cambia todo.
Cambia las estrategias. Cambia los equilibrios. Cambia las responsabilidades. Pero, sobre todo, cambia el papel de la ciudadanía. Porque ahora no solo elegimos quién decide por nosotros. También elegimos quién decide sobre nosotros. Y esa, aunque no lo parezca, es una diferencia enorme.



