Salvador Muñoz
Los Políticos
La renuncia de Héctor Yunes al PRI vuelve a poner sobre la mesa, por enésima ocasión, un tema que no por viejo deja de ser sabroso: el “agandalle curulero”.
Porque si se trata de congruencia –esa palabra tan bonita que en política suele usarse como flor de discurso y no como regla de vida– Héctor Yunes tendría que pedir licencia al cargo que hoy ostenta, conferido por el partido del que ahora despotrica, para entonces sí, renunciar como Dios manda al PRI. Pintar su raya completa. No nomás de palabra.
Sería lo más lógico. Lo más congruente. Lo más honesto.
Pero, ya se sabe, la “dignidad” de muchos políticos alcanza para romper con el partido… pero no para soltar la curul.
Me explico:
¿Cuántos diputados no han renunciado a su partido llevándose por delante, eso sí, su dignidad como estandarte? ¡Cantidad! Salen indignados, ofendidos, profundamente decepcionados, casi con música de violines de fondo… pero a lo que no renuncian es a la dieta legislativa.
Ahí la dignidad se sienta, se acomoda, cobra y hasta pide viáticos.
Y aquí vale hacer una distinción.
Hay diputados que llegan por la vía de las urnas. Es decir, que caminaron, sudaron, gastaron suela y saliva, tocaron puertas, se chutaron mítines, saludaron niños, cargaron señoras, comieron garnachas frías y hasta fingieron que les gustaba el café recalentado de campaña.
Ese diputado uninominal, afiliado o no al partido que lo postuló, puede decir que buena parte de esa curul se la ganó a pulso… es suya.
Bueno… al menos en teoría.
Porque también hay que recordar que en los primeros años de Morena, desde 2018, la marca garantizaba triunfos aunque se postulara una vaca, parafraseando a Uriel Flores Aguayo.
Luego están los otros. Los plurinominales. Los que no llegaron por el voto directo del ciudadano, sino por obra, gracia, dedo, cálculo, cuota, negociación o capricho del partido.
Ahí el asunto cambia.
Porque se supone –se supone, no se rían– que cuando un instituto político designa a un plurinominal, manda al Congreso a su pensante, a su materia gris, a su ideólogo, al que trae la doctrina, el credo, la defensa de la camiseta, el manual bajo el brazo y el discurso aprendido.
Es decir, el partido coloca ahí a alguien que represente sus ideas, sus causas, su historia y su rumbo.
Ahora bien, de acuerdo con las propias palabras de Héctor Yunes, eso ya no ocurre en el PRI. O al menos, él ya no se reconoce ahí. Y está en su derecho.
Ha dicho, en términos generales, que Alejandro Moreno fracturó las fuerzas internas para mantener secuestrado al partido; ha dicho que tiene desacuerdos profundos con la dirección priista, especialmente sobre su rumbo político, su gestión interna y la pérdida de identidad; ha dicho que el PRI vive una crisis de liderazgo y desgaste, que ha perdido influencia; y que ya no representa sus valores ni sus aspiraciones políticas.
Válido. Respetable. Hasta entendible.
Pero entonces viene la pregunta incómoda, esa que ningún político quiere escuchar porque le arruina el cafecito: si el PRI ya no lo representa, ¿por qué él sí sigue representando una curul que le dio el PRI?
Ahí es donde entra el agandalle curulero.
Porque la historia legislativa nos ha enseñado que muchos plurinominales renuncian al partido, al logo, al dirigente, a la ideología, al himno, al santo patrono y hasta al color de la corbata… pero no renuncian a la dieta. Su dignidad no llega a tales extremos.
Y claro, hay que decirlo: hasta donde se sabe, ni en los partidos ni en el Congreso existe reglamento, código, ley o estatuto que obligue a un diputado que abandona su partido a devolver la curul.
Por eso primero aparecen como “diputados independientes”, una especie de sala de espera política, muy cómoda por cierto, hasta que brincan a una nueva bancada, a otro proyecto o, como suele ocurrir con pasmosa puntualidad, al partido en el poder.
Independientes, sí… pero no tanto como para perder el sentido de dónde sopla el presupuesto.
La verdadera sorpresa sería que Héctor Yunes hiciera lo que casi nadie hace: renunciar también a la diputación que obtuvo por el PRI.
Eso sí sería un golpe de autoridad moral.
Eso sí sería digno de reconocerse.
Eso sí sería pintar la raya con plumón permanente y no con gis de banqueta.
Porque romper con el partido que, según él, perdió rumbo, identidad y liderazgo, pero conservar la posición que ese mismo partido le dio, suena menos a congruencia y más a mudanza con muebles ajenos.
Y mire que en política veracruzana ya hemos visto de todo: conversos, arrepentidos, iluminados, perseguidos, resucitados y hasta náufragos que descubren la dignidad justo cuando ya tienen salvavidas nuevo.
Por eso, si Héctor Yunes quiere que su salida del PRI sea leída como un acto de principios, la vara es clara: que renuncie también a la curul. Si lo hace, habrá que reconocerle el gesto. Si no, simplemente estaremos ante otro caso más de lo que ya conocemos demasiado bien:
El agandalle curulero.



