Valentín Herrera Alarcón


Veracruz con corazón

La “crisis renal” mexicana no comenzó en los servicios de nefrología, ni en las salas de hemodiálisis, ni en los quirófanos de trasplante. Comenzó décadas antes, silenciosamente, en consultorios de atención primaria insuficientes, en campañas preventivas inexistentes, en escuelas donde nunca se enseñó nutrición básica y en un sistema sanitario obsesionado con reparar cuerpos destruidos en lugar de evitar que se destruyan.

La mayoría de los pacientes que terminan dependiendo de diálisis peritoneal, hemodiálisis o trasplante renal no desarrollaron enfermedad renal por fatalidad genética inevitable, sino por años de diabetes e hipertensión mal controladas, es decir; por enfermedades potencialmente prevenibles o, al menos, controlables. El problema no es únicamente médico; es político, económico y cultural.

México lleva décadas figurando entre los países con mayor prevalencia de diabetes mellitus y obesidad del mundo. Sin embargo, la respuesta institucional sigue siendo profundamente reactiva. Se actúa cuando el riñón ya colapsó, cuando el paciente ya perdió la visión, cuando el pie ya requiere amputación o cuando el infarto ya ocurrió.

El sistema sanitario mexicano continúa privilegiando la espectacularidad tecnológica de la medicina hospitalaria sobre la lentitud menos vistosa —pero infinitamente más efectiva— de la prevención comunitaria. Las cifras ilustran el tamaño de la situación que enfrentamos en el país.

De acuerdo con datos recientes del IMSS, en 2025 se identificaron aproximadamente 2.3 millones de derechohabientes con algún grado de daño renal; cerca de 85 mil ya requerían terapia sustitutiva renal mediante hemodiálisis o diálisis peritoneal. Esas cifras probablemente representan apenas una fracción del problema real, porque millones de mexicanos carecen de diagnóstico oportuno o acceso regular al sistema de salud.

El contraste entre necesidad y capacidad instalada es demoledor. El IMSS, que concentra más de la mitad de los trasplantes renales del país, efectuó alrededor de 1,429 procedimientos en 2024. Mientras, más de 15 mil personas permanecen oficialmente en lista de espera de un riñón, representan cerca del 82% de todos los pacientes que esperan un trasplante en México.

Y aún esas listas subestiman la magnitud real de la demanda: miles de pacientes jamás son registrados porque mueren antes, carecen de cobertura médica o nunca alcanzan siquiera la evaluación necesaria para ser candidatos.

La hemodiálisis, además, dista mucho de ser una solución integral. Es una terapia extraordinariamente costosa, física y emocionalmente devastadora, que consume enormes recursos humanos y financieros para sostener funciones fisiológicas básicas que pudieron preservarse durante años mediante prevención adecuada.

Cada paciente en hemodiálisis representa no solo una tragedia clínica individual, sino también el testimonio acumulado de múltiples fallas previas: ausencia de detección temprana, control metabólico deficiente, abandono nutricional, falta de seguimiento y una atención primaria estructuralmente debilitada.

La paradoja mexicana es grotesca: el país invierte cantidades crecientes en medicina de alta especialidad mientras descuida sistemáticamente el primer nivel de atención. La insuficiencia renal crónica se ha convertido en una de las expresiones más brutales de las fallas estructurales de la salud pública mexicana.

Políticamente resulta más rentable inaugurar unidades de hemodiálisis, comprar equipos sofisticados o presumir programas de trasplante que financiar médicos familiares suficientes, promotores comunitarios, nutricionistas, campañas permanentes de educación alimentaria o programas robustos de detección temprana.

La medicina reparativa produce fotografías, ceremonias, discursos y propaganda institucional. La prevención produce, sobre todo, ausencia de catástrofes y esta ausencia rara vez genera capital político.

El deterioro crónico de hospitales públicos, la fragmentación institucional y la precarización del personal sanitario no son accidentes administrativos, son consecuencias previsibles de un sistema que ha tratado la salud pública no como la prioridad nacional que debe ser.

Pero tampoco puede ignorarse el problema cultural. Existe una normalización social alarmante de hábitos profundamente destructivos: dietas hipercalóricas, consumo excesivo de bebidas azucaradas, sedentarismo, abandono terapéutico y una relación profundamente negligente con la enfermedad crónica.

Muchos pacientes llegan al nefrólogo después de años enteros sin control glucémico adecuado, sin apego farmacológico y sin monitoreo básico. La enfermedad crónica en México suele manejarse con resignación fatalista o postergación permanente, hasta que el cuerpo finalmente colapsa.

Sin embargo, sería intelectualmente deshonesto reducir el problema a una supuesta “falta de disciplina” individual. Las decisiones personales ocurren dentro de entornos sociales concretos.

México es un país donde la comida ultra procesada resulta frecuentemente más accesible que una dieta saludable; donde millones de personas trabajan jornadas incompatibles con seguimiento médico adecuado, y donde la educación sanitaria básica permanece profundamente deficiente. Culpar exclusivamente al paciente es una forma cómoda de absolver al Estado.

La verdadera solución no vendrá de multiplicar indefinidamente centros de diálisis. Ningún sistema sanitario puede sostener financieramente una epidemia creciente de insuficiencia renal terminal.

La única estrategia racional consiste en fortalecer radicalmente la atención primaria en salud: detección temprana agresiva de diabetes e hipertensión, seguimiento longitudinal efectivo, medicina comunitaria, educación nutricional obligatoria, regulación más severa de productos ultra procesados y acceso continuo a tratamiento básico antes de que aparezcan las complicaciones irreversibles.

La atención primaria no posee el dramatismo visual de un trasplante renal exitoso ni el prestigio tecnológico de una sala de hemodiálisis. Pero ahí se decide realmente el futuro epidemiológico de un país. Cada paciente que evita llegar a terapia sustitutiva renal representa una victoria sanitaria mucho más importante que cualquier trasplante espectacular.

México necesita dejar de celebrar únicamente la medicina que rescata cuerpos destruidos y comenzar, por fin, a construir un sistema capaz de impedir que se destruyan.

Durante toda mi carrera siempre he impulsado la atención oportuna para evitar que el daño sea irreversible, es un trabajo arduo y poco espectacular, pero es necesario y requiere el esfuerzo de todos. Con compromiso y paciencia se puede avanzar… un día a la vez, claro que podemos.