Manolo Victorio

Carpe Diem

En el aula universitaria, cuando los sueños juveniles se nutrían de una ensoñación quimérica, novelesca, cinematográfica del periodismo, el catedrático Luis Velásquez Rivera, manoteaba al aire mientras desempeñaba el papel de abogado del diablo, desmontando la versión idílica, romántica de los periodistas en formación en las aulas de la Facico.

El periodista, como ser humano falible, proclive a los siete pecados capitales remarcados en las enseñanzas bíblicas —decía con pasión casi enfermiza— protagoniza tres vidas.

Una vida pública reflejada en sus crónicas, reportajes, notas informativas, artículos de opinión, editoriales, infografías y foto reportajes, donde deja la mayor parte de sus horas de labor, entre la redacción —que ahora se circunscribe al teléfono celular o la laptop—, el ejercicio de reportear las fuentes y la actividad, solitaria por antonomasia, de darle forma a una declaración, hecho publico o hallazgo que se considere noticia, filtrada por el colador implacable de la certificación.

Una vida privada. Escasísimo tiempo donde el periodista se quita el chaleco, deja a un lado la grabadora, cámara fotográfica, micrófono, pluma y demás bártulos necesarios para el oficio del periodismo, para encamisarse en un hombre o mujer comunes y ordinarios que atienden el reclamo de la pareja —siempre relativa al  breve lapso que se deja a la familia—, los hijos, padres y demás parentela que en vez de dar la bienvenida a la mesa, siempre exigen cual editores furibundos un resumen informativo del día, un teaser radiofónico o una síntesis de la realidad allá afuera.

Y finalmente, una vida oculta que sale a flote en gacetillas, comunicado oficiales que tienen machote encuadrado y ensayado, cuando el periodista, la reportera, el comunicador tiene un percance como individuo, ciudadano o persona.

Casi siempre desde las oficinas gubernamentales se trata de minimizar cuando un miembro de este oficio es atropellado en sus garantías o peor aún, cuando desaparece sin dejar rastro y es encontrado muerto, con una bala en la cabeza, tirado en una cañada, en un cañaveral o un lote baldío.

«Seguramente andaba en malos pasos» se dice a manera de epitafio perenne a la muerte de un compañero reportero, de una compañera periodista.

Y ahí se queda en la impronta de la opinión publica la perniciosa duda que corroe, lacera y erosiona la imagen del periodista, sobre todo en el entorno familiar, el mismo que el periodista abandonó por perseguir la chuleta, por suministrar lo esencial en la mesa, casi siempre frugal por usar un eufemismo elegante y evitar escribir mísera.

La cita de esta trilogía en la vida periodística reflexiona sobre la dualidad que enfrentan quienes ejercemos el periodismo. Esta labor exige una vocación que a menudo los obliga a sacrificar su vida privada y a operar en las sombras para —El dilema de la vida privada y oculta del periodista se manifiesta en tres dimensiones fundamentales:

La vida oculta (El trabajo de investigación): Muchas veces, el periodista debe operar bajo el anonimato, infiltrarse o mantener un perfil bajo para investigar casos de corrupción o crimen organizado. Esta faceta conlleva un alto riesgo personal para proteger su integridad y la de sus fuentes.

La vida privada (El sacrificio personal): El oficio periodístico implica horarios extenuantes, guardias impredecibles y una exposición pública constante. Esto suele limitar el tiempo de calidad que pueden dedicar a su familia, amigos y descanso.

La vida propia (La identidad más allá de la profesión): Es el espacio íntimo que cada periodista preserva para mantener su salud mental y sus convicciones. Es donde construyen su criterio independiente, el cual es vital para no ceder ante presiones políticas o económicas.

Organismos dedicados a la defensa del periodista, como la Fundación Gabo, destacan que el periodista auténtico debe mantener su vida privada al margen para priorizar siempre su compromiso ético con la verdad y la sociedad.

En un mundo donde algunos intentan ocultar la verdad, el periodismo libre es un pilar de la democracia, un guardián de la justicia y un aliado del pueblo, dice el extracto de la Inteligencia Artificial.       

Lo cierto es que las definiciones no son chalecos antibalas cuando el periodista enfrenta los riesgos de la profesión, intrínsecamente incómodos para quienes detentan —y ostentan— los poderes institucionales como gobernantes y políticos y fácticos donde antes se escondían los individuos dedicados a las actividades ilícitas, llámese crimen organizado, carteles u organizaciones que trasiegan personas, drogas tradicionales como mariguana o cocaína y sintéticas como el fentanilo y metanfetaminas, combustible robado al estado, influencias, cobro de piso y toda la variedad de delitos de alto impacto como secuestro y extorsiones.

El periodista lo único que tiene es su palabra.

El único chaleco antibalas del reportero, de la periodista es su fama pública, trayectoria y prestigio acuñado hora tras hora hasta contabilizarse en años.

No más.

El martes 2 de junio, con una irrupción a mazo limpio, escena casi ensayada a priori, como se difundiera un mensaje semiológico en las redes sociales de la advertencia grabada «esto les puede pasar», hombres encapuchados echaron abajo una puerta metálica que resguardaba el hogar de la reportera Roxana Berenice Guzmán Ramírez, directora del portal informativo Pulso Nanchiteco, en esa cabecera petrolera del sur veracruzano.

Roxana fue privada de la libertad por sujetos armados que portaban armas largas.

Transcurren las horas y nadie sabe dónde está la reportera.

La fiscal veracruzana Lisbeth Aurelia Jiménez Aguirre, tuvo sus quince minutos de fama Warholiana en La Mañanera echada a andar desde el recinto portuario de Coatzacoalcos.

Dijo la fiscal que el análisis de videograbaciones permitió ubicar la unidad que tripulaban quienes se llevaron a la periodista y establecer posibles rutas de desplazamiento, por lo que se mantienen recorridos en Nanchital, Moloacán e Ixhuatlán del Sureste

Confirmó la titular de Fiscalía General del Estado (FGE) que ya se identificó un vehículo relacionado con la privación de la libertad de la comunicadora.

La presidenta Claudia Sheinbaum añadió que, por el momento, no se sabe «cuál es la causa» del secuestro de la periodista porque las investigaciones siguen en curso, destacó que «lo más importante en este momento es encontrarla».

En la narrativa presidencial, se insertó el término «levantón», que los reporteros de la fuente policiaca ingresaron a la jerga redaccional cuando se referían a las acciones de la delincuencia organizada, que se llevaban a las personas en la oscuridad de la impunidad.

«Y una vez que se encuentre, pues ya la investigación de cuál fue la razón por la cual fue levantada (plagiada, sustraída, extraída) por estas personas que todos vimos en un video», dijo la presidenta.

Claudia Sheinbaum Pardo afirmó que hay «mucho trabajo» por delante, encaminado a garantizar la protección de los periodistas en México, uno de los países más peligrosos del mundo para los comunicadores.

«Está trabajando muy bien la gobernadora y estamos trabajando con ella para garantizar la paz y la seguridad para los periodistas y para toda la población de Veracruz», dijo en respaldo a la gobernadora Rocío Nahle García.

Las cifras entristecen al mas bragado. Según Reporteros Sin Fronteras (RSF), al menos 28 periodistas se encuentran actualmente desaparecidos en México, una de las manifestaciones más extremas de la violencia contra el derecho a informar.

Además, el país ocupa el puesto 122 de 180 países en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa 2026 de RSF. (Aristegui Noticias).

Aun en medio de la desesperanza, el periodista acude a la protección inasible de la fe, como el salmista que reza en el Salmo 46 de las Escrituras, que nos recuerda que, incluso en medio del caos y las mayores tormentas de la vida, no hay lugar para el temor y celebra su trabajo con sus pares cada 7 de junio como un necio recordatorio de la sobrevivencia.

¡Salud! gritarán los compañeros en la celebración festiva o la conmemoración tristísima del día de la libertad de expresión en un oficio lastimado, vilipendiado, repudiado, despreciado por los dos poderes que se mueven en el plano terrenal.

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