Salvador Muñoz
Los Políticos
Pues ya que la Presidenta y la Gobernadora nos metieron de lleno a la cancha del Mundial FIFA 2026, mandándonos prácticamente al “home office” este jueves para ver la inauguración y, de paso, fomentar el patriotismo a punta de balón, no queda de otra más que ponernos la camiseta.
Y ya encarrerados, vamos por partes, como diría el VAR antes de arruinarle el festejo a medio estadio.
Primero: no hay nada más exquisitamente absurdo que creer que es racismo recibir a la selección de Sudáfrica con el Son de la Negra.
Los Bafana Bafana están más curtidos en temas de racismo que Bola 8 indignado por ese apodo. Acá, más que racistas, habría que aceptar que somos clasistas de cepa, de abolengo y de sobremesa. Si no, ahí están nuestras expresiones: para lo indígena solemos reservar el desprecio y para lo negro, de pronto, hasta el cariño. No decimos “mi indio” con ternura, pero “mi negro” puede ser compadre, primo, novio, amigo del alma o el que fiaba en la tienda.
Así somos: un país que puede bailar cumbia con enorme alegría mientras se tropieza con sus propios prejuicios. Qué bonito es México cuando no se analiza, diría algún filósofo de cantina con pantalla gigante.
Segundo: el segundo partido de México será contra Corea del Sur. Y ahí también hay cercanía, aunque a veces nuestra geografía sentimental sea tan precisa como brújula de tianguis: para muchos mexicanos, japonés, coreano y chino entran en el mismo cajón de “chinos”, así, parejitos, sin andar discriminando con tanta exactitud internacional.
Pero no se diga que no hay afinidad. Nuestro Gobierno ha sido promotor entusiasta de BTS —que no debe confundirse con VHS ni con ETS, aunque en política a veces todo se contagia—. Tan bien recibidos han sido los muchachos del K-Pop, que llegaron más rápido a Palacio Nacional que las Madres Buscadoras o que Xóchitl Gálvez en su momento. Bueno, siendo justos, a ellas ni siquiera les abrieron la puerta; más bien les pusieron el equivalente institucional de “ahorita no joven”.
Y para los ruquitos que no conectan con BTS, ahí está el antecedente honorable: muchos bailaron “Oppa Gangnam Style” como si no hubiera mañana, boda, bautizo o ligamento de rodilla que se opusiera.
Y si usted no baila porque luego con dos pasos invoca estos pinches aguaceros que nos han caído en los últimos días, seguro al menos vio frente al televisor El juego del calamar, esa serie que nos enseñó que la deuda, la desesperación y los juegos perversos también pueden ser entretenimiento global. Casi como una licitación pública, pero con mejor fotografía.
Tercero: nos toca contra Chequia.
Sí, la primera vez que escuché “Chequia” pensé que alguien se había comido media República Checa. Pero no. Resulta que Chequia es la forma corta de decir República Checa, algo parecido a decir México en vez de Estados Unidos Mexicanos, porque tampoco vamos a estar sacando el acta de nacimiento del país cada vez que juega la selección.
Y mire usted qué cosas: quizá tenemos más años de relación simbólica con los checos que con los Bafana Bafana o con nuestros queridos “chinos” coreanos. Una de las avenidas más famosas y fifís de la Ciudad de México lleva el apellido del primer presidente de Checoslovaquia: Masaryk.
Sí, Masaryk, esa avenida donde hasta las banquetas parecen cobrar mantenimiento y donde uno siente que si respira muy fuerte ya debe tres mensualidades. La rúa fue nombrada así en 1936 por decreto del entonces presidente Lázaro Cárdenas, como homenaje a Tomás Garrigue Masaryk, filósofo, estadista, fundador y primer presidente de Checoslovaquia.
O sea que, de algún modo, con Sudáfrica, Corea del Sur y Chequia tenemos historia, simpatía, confusiones, canciones, prejuicios, avenidas elegantes y hasta suficiente material para sentirnos hermanos futboleros durante 90 minutos.
Así que este jueves, muchos verán la inauguración desde casita, con permiso patriótico y café recalentado; otros, más sinceros con la patria y con el estómago, lo harán desde el botanero de su preferencia, siempre y cuando el establecimiento tenga contratado el servicio correspondiente para la transmisión.
Porque una cosa es fomentar el amor a México y otra muy distinta que al dueño del restaurante le caiga la FIFA como defensa central en barrida criminal.
Así que a disfrutar el Mundial, la inauguración, el home office, la botana y el patriotismo televisado.
Total, si el país ya nos mandó a la cancha, mínimo que nos dejen ver el partido con botana, limón y una cerveza bien fría.




