Raúl Contreras Zubieta Franco*

 Frontera Universitaria…

Las universidades suelen defender, con razones fundadas, la importancia de la investigación que realizan, pero, lo que no siempre enfrentan con la misma claridad es una pregunta que, eventualmente les resulta algo incómoda, ¿qué ocurre cuando ese conocimiento no encuentra formas de circulación pública comprensibles, confiables y sostenidas?

La respuesta no es abstracta, pues, ocurre que una parte del valor social de la investigación se reduce, no porque el conocimiento sea irrelevante, sino porque queda encerrado en códigos, circuitos o formatos que no facilitan su apropiación más allá de comunidades expertas.

Tomando como base lo anterior conviene precisar que divulgar el conocimiento generado en una institución de educación superior, no significa simplificar hasta vaciar. Mucho menos convertir toda investigación en un espectáculo, si no, más bien traducir sin traicionar, contextualizar sin trivializar y abrir puentes entre producción académica y conversación pública.

Ese trabajo exige oficio y disciplina, pero también un conjunto de decisiones institucionales. Y me atrevo a afirmar lo anterior, porque estoy convencido de que la divulgación del conocimiento no puede seguir tratándose como un simpático apéndice de la investigación científica, humanística y tecnológica que realiza el ecosistema universitario mexicano, sino que debería asumirse como una función universitaria ligada a su legitimidad y responsabilidad pública.

La UNESCO (2021), en su Recomendación sobre Ciencia Abierta, impulsa lo anterior justamente en esa dirección al plantear la necesidad de hacer la ciencia más accesible, inclusiva y conectada con la sociedad. Pero no es suficiente con producir conocimiento de calidad si las condiciones de acceso, comprensión y participación siguen siendo limitadas o lejanas. En ese mismo sentido, el debate contemporáneo sobre ciencia abierta ha dejado de girar solo alrededor de repositorios abiertos, sino que se ha desplazado hacia la relación entre la ciencia, sus múltiples públicos, su valor e impacto social.

Sin embargo, el problema cambia de parámetros cuando se observa cómo se reflexiona hoy día entorno al involucramiento público con la ciencia. Por ejemplo, Potochnik y Jacquart (2025) proponen entender el “public engagement with Science” como interacciones intencionales y significativas entre la ciencia y sus públicos, subrayando su carácter multidireccional, colaborativo y orientado por objetivos.

La idea resulta atractiva, además de útil porque rompe con un modelo demasiado vertical de divulgación en la que el experto es el que emite y el público quien recibe. La conversación contemporánea exige mucho más que eso, por ejemplo, diseño, escucha, colaboración y lectura de contextos.

Y es este punto el que considero resulta especialmente relevante para las universidades, porque no pocas veces se confunde la divulgación de la ciencia con la publicación ocasional de notas sobre hallazgos o premios. Eso ayuda, desde luego, pero está lejos de agotar la tarea, pues, un complejo ecosistema universitario de divulgación debería incluir capacidades de traducción narrativa, identificación de agendas públicas relevantes, relación con los medios, formatos multimodales, diálogo efectivo con públicos y criterios editoriales claros para distinguir entre novedad, pertinencia y evidencia.

Cortassa, Wursten, Andrés y Legaria (2020) refuerzan esa lectura al plantear que la comunicación pública de las ciencias en las universidades exige estrategias institucionales, pero también una comunidad académica involucrada en ese proceso, con reglas, mediaciones e incentivos suficientes para sostenerlo.

Sin esa base, la divulgación se vuelve episódica y dependiente del entusiasmo individual.

Y no hay duda de que la formación también es decisiva para el tema, pues tanto las universidades como diversos frentes financiadores esperan cada vez más que los equipos de investigación incluyan iniciativas de involucramiento público, aunque el desarrollo de habilidades específicas para el ejercicio de la comunicación y la divulgación de la ciencia sigue enfrentando una oferta limitada de formación. Vasquez-Guevara et al. (2025), por ejemplo, documentan una experiencia de talleres de aprendizaje-acción orientados a fortalecer habilidades de comunicación científica para el involucramiento público. La consecuencia es conocida: investigadores con hallazgos valiosos, pero sin el acompañamiento institucional suficiente para traducirlos de manera rigurosa y atractiva a audiencias no especializadas.

Science Europe (2024) refuerza ese diagnóstico al señalar, entre otros desafíos, la necesidad de desarrollar enfoques estratégicos para comunicar a públicos como tomadores de decisión y de fortalecer habilidades de comunicación frente a la desinformación. La advertencia vale también para América Latina. La crisis de confianza en instituciones, la sobreabundancia de información y la circulación veloz de falsedades vuelven más importante, no menos, la capacidad de las universidades para intervenir en la esfera pública con conocimiento bien explicado.

Además, en las universidades mexicanas (principalmente en las públicas) el tema tiene una dimensión política y cultural muy concreta: cuando la investigación sólo permanece o circula internamente, la sociedad a la que se deben percibe con mayor dificultad por qué debería defenderlas, por qué importa financiarlas o por qué resulta conviene defender y robustecer su autonomía si la institución no le es próxima, cercana y transparente.

También es justo decir que la divulgación del conocimiento no sustituye a la política científica, pero sí ayuda a construir un terreno de inteligibilidad pública sin el cual, la universidad corre el riesgo de ser percibida como una estructura opaca y costosa antes que como institución abierta, trasparente y productora de bienes públicos.

Por eso hace falta tomarse en serio el periodismo de ciencia y la divulgación de la ciencia como capacidades institucionales. No como pasatiempos de un gabinete de comunicación institucional. No como piezas aisladas para fechas emblemáticas. Y no como un ejercicio unilateral donde la universidad se limita a “bajarle dos rayitas” al lenguaje especializado. Se trata, más bien, de construir mediaciones, de enseñar a investigadores, directivos y equipos de comunicación a trabajar juntos en los distintos niveles de la traducción pública del conocimiento.

Una universidad que investiga bien, pero que no logra explicar con claridad lo que hace y produce, deja una parte de su potencia fuera de alcance social. Y en estos tiempos aciagos de desinformación, polarización y sospecha hacia lo experto, ese desperdicio pesa demasiado. No es un problema menor. Es una renuncia silenciosa a disputar el sentido público de la ciencia.

* Doctorando en Ambientes y Sistemas Educativos Multimodales; Premio Nacional de Periodismo 2024; CAMPUS Consulting.

Referencias

Cortassa, C., Wursten, A., Andrés, G., & Legaria, J. I. (2020). Comunicar las ciencias desde las instituciones: dos modelos de análisis aplicados al caso UNER. Ciencia, Docencia y Tecnología, 31(61). https://doi.org/10.33255/3161/783

Potochnik, A., & Jacquart, M. (2025). Public engagement with science: Defining the project. Cambridge University Press. Recuperado de: https://doi.org/10.1017/9781009475105

Science Europe. (2024). High-level conference: Science communication: Event report. https://scienceeurope.org/media/qs3efuig/202407_report_high_level_conference_science_communication.pdf

UNESCO. (2021). Recomendación de la UNESCO sobre la Ciencia Abierta. UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000379949_spa

Vasquez-Guevara, D. H., Lazzarini Moscoso, D. A., Bermeo, S. J., Seade, C., & Ochoa-Aviles, A. (2025). Action learning workshops for scientists: Science communication for public engagement skills for the VLIR-Teams Active Parks research group. Journal of Science Communication, 24(5), N01. Recuperado de: https://doi.org/10.22323/144720250729092032