Salvador Muñoz
Los Políticos
Terminó el Mundial para México. Inglaterra nos regresó a la realidad y, en esta ocasión, olvidamos ser “buenos mexicanos”: ya no buscamos a quién tuvo la culpa… si el árbitro, el técnico, el VAR, el clima o la alineación de los planetas. Hoy no.
Pero, más allá de la eliminación, este Mundial deja varias lecciones dignas de archivarse junto a las promesas de campaña y las encuestas que siempre aciertan… después de la elección.
Los románticos aseguran que México volvió a unirse. Que durante unas semanas desaparecieron las ideologías, las filias y las fobias; que todos nos abrazamos bajo los mismos tres colores. Es cierto… aunque bastó el silbatazo final para volver a recordar que seguimos divididos entre chairos, fifís, morenistas, opositores y quienes únicamente querían que no subiera otra vez la gasolina.
Otros, en cambio, hicieron el negocio de su vida. Las camisetas de la Selección siguieron vendiéndose este domingo como pan caliente en cruceros y banquetas. Hay comercios que jamás habían visto una utilidad semejante. El Mundial también se juega en la caja registradora.
Hubo quienes recuperaron una vieja ilusión. Esa ingenua esperanza de que ahora sí las cosas podían salir diferentes. La misma sensación que muchos experimentaron en 2018 cuando depositaron su voto convencidos de que todo cambiaría… y luego descubrieron que el golpe de realidad también sabe vestir de guinda.
El torneo nos regaló frases memorables. El ya inmortal “¡Quiere volar! ¡Quiere volar!”, que terminó siendo una premonición porque los ingleses, con toda cortesía británica, fueron los que nos mandaron a volar. Y quedó aquella incómoda pregunta: “¿Y si sí?”. Aunque, a decir verdad, cualquiera de esas frases envejeció mucho mejor que el optimismo de “Imaginemos cosas chingonas”.
También dejó una mascota no oficial que terminó robándole cámara a la oficial. El Pato Merlín fue más viral que cualquier campaña institucional. Llegó a Palacio Nacional convertido en tendencia emplumada. Curioso… primero nos gobernó un Ganso —“me canso, ganso”— y ahora un pato se roba el protagonismo. La evolución de la fauna política mexicana merece un documental.
Y hablando de personajes, cómo cambian los tiempos. En 1970 tuvimos a Juanito; en 1986 a Pique; en 2026, el coprotagonista inesperado terminó siendo Zayu, un jaguar que acabó devorado por un pato. Darwin seguramente no contempló esa variante evolutiva.
Los mundiales celebrados en México también tienen una tradición política. En 1970, Gustavo Díaz Ordaz fue recibido entre rechiflas. En 1986, Miguel de la Madrid tampoco escapó al coro popular. Esta vez, siendo la primera mujer en ocupar la Presidencia, Claudia Sheinbaum no tuvo abucheo… por la sencilla razón de que decidió no estar presente. Estrategia impecable: donde no hay Presidenta, tampoco silbidos.
Pero si la Presidenta no fue figura del Mundial, hubo una mujer que en el 86 se hizo leyenda. La inolvidable Mar Castro y su “Chichitibum a la bim bom ba”, recordándonos que algunos himnos futboleros sobreviven mejor que muchos programas de gobierno.
Al final, el Mundial nos deja un grato sabor de boca en lo deportivo, una buena colección de memes y la eterna capacidad de creer que once hombres corriendo detrás de un balón representan el honor de una nación.
Lástima que seguimos dedicando más pasión a quienes juegan con los pies… que a quienes, desde el poder, llevan años metiéndonos la pata.




