Mara I. Cruz Pastrana

La democracia mexicana ha dado pasos importantes hacia la igualdad política entre mujeres y hombres. La incorporación del principio de paridad en nuestra Constitución no fue una concesión, sino el resultado de décadas de lucha de miles de mujeres que, desde distintos espacios, exigieron el reconocimiento de un derecho fundamental: participar en igualdad de condiciones en la vida pública del país.
Hoy, ver a mujeres encabezando gobiernos, integrando congresos, impartiendo justicia o dirigiendo instituciones ya no es una excepción. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos no es cuántas mujeres ocupan un cargo público, sino qué está ocurriendo una vez que llegan a esos espacios de decisión. ¿Estamos transformando la manera de ejercer el poder o simplemente estamos ocupando lugares que antes pertenecían exclusivamente a los hombres?
La paridad fue, sin duda, una conquista histórica. Pero la igualdad sustantiva sigue siendo una tarea pendiente. Existe una diferencia profunda entre acceder a un cargo y ejercer plenamente el liderazgo que ese cargo implica. No basta con estar presentes; es indispensable participar en la toma de decisiones, influir en las políticas públicas y contribuir a construir instituciones más justas, transparentes y cercanas a la ciudadanía.
Hablar de «paridad sin simulación» significa precisamente eso: dejar atrás aquellas prácticas que cumplen formalmente con la ley, pero que en los hechos limitan la participación efectiva de las mujeres. La simulación puede manifestarse cuando una mujer ocupa un cargo, pero las decisiones importantes se toman sin ella; cuando se le asignan responsabilidades sin recursos suficientes para cumplirlas; cuando enfrenta resistencia por ejercer autoridad o cuando la violencia política pretende inhibir su participación.
La democracia pierde fuerza cuando la igualdad se reduce a una cifra. La representación política debe medirse también por la capacidad de incidir, de construir acuerdos y de responder a las necesidades de la sociedad.
En este contexto, también resulta necesario reflexionar sobre el tipo de liderazgos que estamos construyendo. Durante muchos años, el objetivo fue abrir las puertas para que más mujeres pudieran participar. Ese propósito sigue siendo válido, pero hoy el reto es mayor: consolidar liderazgos preparados, éticos y comprometidos con el servicio público.
Las cuotas de género fueron una herramienta indispensable para corregir una desigualdad histórica. Sin ellas, difícilmente habríamos alcanzado los niveles de representación política que hoy observamos. Sin embargo, las cuotas nunca fueron un fin en sí mismas. Su propósito fue crear condiciones para que el talento femenino pudiera desarrollarse y demostrar que la capacidad no tiene género.
Por ello, hablar de liderazgo femenino no significa afirmar que las mujeres gobiernan mejor que los hombres por el simple hecho de ser mujeres. Significa reconocer que la diversidad enriquece la toma de decisiones y fortalece la democracia. Mujeres y hombres aportan experiencias, perspectivas y formas distintas de comprender la realidad. Cuando ambas voces participan en igualdad de condiciones, las instituciones se vuelven más representativas y las decisiones públicas responden de mejor manera a la complejidad de la sociedad.
A lo largo de mi trayectoria profesional he tenido la oportunidad de impartir cientos de cursos, talleres y conferencias sobre derechos humanos, perspectiva de género y fortalecimiento institucional. Esa experiencia me ha permitido conocer mujeres extraordinarias en comunidades, universidades, instituciones públicas y organizaciones sociales. He comprobado que el talento existe en todos los ámbitos; lo que muchas veces hace falta son oportunidades, formación y confianza.
Por eso sigo convencida de que la capacitación es una de las herramientas más poderosas para transformar la vida pública. Las instituciones cambian cuando cambian las personas que las integran. Una servidora pública preparada toma mejores decisiones; una representante popular con conocimiento de los derechos humanos legisla con mayor sensibilidad; una funcionaria que comprende la perspectiva de género diseña políticas públicas más incluyentes.
La capacitación no debe entenderse como un requisito administrativo, sino como una inversión en democracia.
Otro aspecto fundamental es la responsabilidad que tenemos quienes hemos ocupado espacios de participación pública. Ninguna mujer llega sola. Cada avance que hoy disfrutamos fue posible gracias al esfuerzo de generaciones anteriores que enfrentaron barreras mucho más difíciles. Reconocer esa historia implica asumir un compromiso con las mujeres que vienen detrás.
Abrir camino significa compartir conocimientos, acompañar procesos, impulsar la formación de nuevas lideresas y generar oportunidades para que otras puedan desarrollar su potencial. El verdadero liderazgo no se mide únicamente por los logros personales, sino por la capacidad de formar nuevos liderazgos y fortalecer el trabajo colectivo.
Las nuevas generaciones observan con atención el ejemplo que les damos. Las niñas y jóvenes necesitan referentes que les demuestren que la política puede ejercerse con honestidad, preparación, sensibilidad y profundo compromiso con la sociedad. Necesitan saber que el servicio público es una responsabilidad, no un privilegio.
México ha avanzado significativamente en materia de igualdad política, pero todavía enfrentamos desafíos importantes. La violencia política contra las mujeres, los estereotipos de género, las brechas en el acceso a espacios de decisión y la necesidad de fortalecer la participación de las mujeres en los ámbitos local y comunitario nos recuerdan que la democracia es una construcción permanente.
La igualdad no termina con una reforma constitucional. Comienza cuando esa reforma transforma la vida cotidiana de las personas.
Más allá de las cuotas, el verdadero desafío consiste en construir una cultura democrática donde el liderazgo femenino sea reconocido por su preparación, su ética y su capacidad para generar resultados. Una democracia madura no pregunta si una mujer puede ejercer el poder; reconoce que el talento y el compromiso no dependen del género.
Estoy convencida de que el futuro de nuestra democracia dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para formar mujeres y hombres comprometidos con el bien común, respetuosos de los derechos humanos y conscientes de que el servicio público exige preparación permanente.
La paridad abrió las puertas. Ahora nos corresponde mantenerlas abiertas. No sólo para que más mujeres lleguen, sino para que puedan ejercer plenamente sus derechos, aportar su talento y contribuir a construir un México más democrático, más incluyente y más justo.
Porque el mayor legado de una mujer que ocupa un espacio de decisión no es el cargo que desempeña, sino las oportunidades que deja abiertas para quienes habrán de continuar el camino.