Julio Vallejo
La delgada línea entre mi opinión y la tuya
Como una llama encendida directamente en el corazón, los aficionados mantenemos vivas las emociones que nos causa cada mundial de fútbol. Decidimos creer una vez más en nuestra selección, entregándonos a un espectáculo donde rueda mucho más que un balón por el césped, sin importar que afuera dejemos atrás a un país colectivamente roto. Cada ciclo empieza igual: con ánimo, ilusiones y expectativas, para terminar chocando con la amarga realidad de la derrota y la descalificación. Al final, siempre nos queda el dolor de habernos aferrado al «sí se puede» o al «ya merito», mientras otros se llenan los bolsillos y no precisamente de ilusiones.
Aún no nos reponemos del balde de agua fría. Vivimos una especie de amnesia colectiva y voluntaria que veíamos venir desde lejos y que, aun así, decidimos mantener. El «¡Sí se puede!» es un mantra que cruza la frontera del optimismo para convertirse en un acto de fe ciega. Cuando se rompe por dentro, no es una ruptura limpia: es un nudo emocional que se nos acumula año con año, torneo tras torneo.
El fútbol no es solo un deporte, es un espejo social. Por eso el «ya merito» duele tanto: no es solo perder, es la frustración de quedarnos a las puertas de la gloria, suspendidos en el limbo de lo que pudo haber sido si México tan solo hubiera avanzado a la siguiente ronda.
De este modo, nos quedamos con toda esa energía bloqueada. Psicológicamente hablando, vivimos en un estado de tensión contenida que se alimenta de tres etapas muy claras: el optimismo ciego (¡Ahora sí!), la fe desesperada (¡Sí se puede!) y el refugio en la especulación (¿Y si sí?). Estas etapas dejan un clavo ardiendo en nuestro corazón, un dolor que durará hasta que dejemos de ilusionarnos a ciegas.
Este acontecimiento que ocurre cada cuatro años se ha vuelto un rasgo de nuestra identidad cultural. Si nos descuidamos, nos acostumbraremos a jugar como nunca y perder como siempre, transformando la «derrota digna» en una zona de confort. La eliminación de la selección nacional no solo vacía los estadios o apaga los televisores: nos vacía anímicamente tras haber entregado nuestra pasión de manera incondicional para recibir a cambio el mismo guion reciclado.
Los verdaderos culpables de este bucle no son únicamente los directivos u organizadores que operan un negocio multimillonario basado en nuestra fe; los cómplices somos nosotros mismos al soñar sin ser realistas, sosteniendo con nuestra lealtad ciega la negligencia de los de arriba. Por eso, es momento de salir de nuestra zona de confort, dejar los sueños pasivos y empezar a transformarlos en exigencias reales. Con orden y disciplina, aprendamos a canalizar esa frustración, exigiendo verdaderos cambios estructurales en el fútbol nacional en lugar de conformarnos con el próximo ¿y si sí?. Cambiemos y luchemos, porque si no, seguiremos atrapados en este ciclo de conformismo mediocre.
Al final, la pelota rodará de nuevo y la maquinaria volverá a empezar. La pregunta es si la próxima vez seremos capaces de procesar la realidad con madurez o si preferiremos volver a anestesiados con la misma vieja ilusión.




