María Luisa Bandala Pantoja
La voz de la inclusión
Como persona con discapacidad, durante años he escuchado frases que la mayoría considera halagos: «Eres una guerrera», «Qué inspiración», «Yo no podría vivir como tú». Casi siempre quienes las pronuncian lo hacen con buena intención. Sin embargo, pocas veces se detienen a pensar que esas palabras reflejan una manera de mirar la discapacidad que, aunque parezca inofensiva, termina alimentando la discriminación.
A esa forma de mirar se le conoce como capacitismo. No siempre nace de la mala fe; muchas veces surge de prejuicios que hemos normalizado durante años. Está presente cuando infantilizamos a una persona adulta llamándola «niño», «niña» o «angelito»; cuando hablamos con su acompañante en lugar de dirigirnos directamente a ella; cuando asumimos que necesita ayuda sin preguntarle; cuando creemos que un logro es extraordinario únicamente porque quien lo consiguió tiene una discapacidad o cuando reducimos toda una trayectoria a un «y además baila», «y además fue deportista» o «y además viaja sola».
No tiene nada de malo reconocer que alguien bailó, practicó un deporte o representó a su país. Lo preocupante es que, muchas veces, eso termina pesando más que la persona en la que se convirtió después.
Hay quienes han dedicado años a estudiar, dirigir organizaciones, impulsar causas, construir una carrera profesional y ocupar espacios de liderazgo. Sin embargo, con frecuencia, al momento de presentarlos, todo ese recorrido queda en segundo plano.
¿Por qué, cuando presentamos a una persona con discapacidad, seguimos destacando aquello que un día nos sorprendió y dejamos en segundo plano la trayectoria, el liderazgo y la autoridad que ha construido con los años?
El capacitismo también minimiza nuestros logros. Cuando alcanzamos un puesto de autoridad, dirigimos un proyecto o recibimos un reconocimiento, todavía hay quien supone que nuestros logros fueron posibles únicamente porque alguien nos ayudó. Como si la discapacidad fuera incompatible con el liderazgo, el criterio, la preparación o la capacidad de tomar decisiones.
Pero el problema no termina en un comentario incómodo. Cuando esa manera de pensar comienza a influir en las decisiones que tomamos como sociedad, hablamos de disabilismo.
Aparece cuando se nos niega un empleo porque dudan de nuestra capacidad; cuando se nos excluye de puestos de liderazgo; cuando otros deciden por nosotros porque creen saber lo que necesitamos; cuando se toman decisiones que afectan la vida de las personas con discapacidad sin escuchar su voz o cuando nuestros derechos siguen viéndose desde la caridad y el asistencialismo, en lugar de reconocerse como derechos que nos corresponden y cuyo cumplimiento no puede depender de la buena voluntad de nadie.
El capacitismo nos subestima; el disabilismo nos excluye. El primero nace en la manera de pensar; el segundo se refleja en la manera de actuar. Si creemos que una persona con discapacidad siempre necesitará que alguien decida por ella, terminaremos construyendo espacios donde nunca podrá decidir. ¿De verdad admiramos a las personas con discapacidad por todo lo que han logrado o simplemente porque tienen una discapacidad? ¿Qué estamos reconociendo realmente: su trayectoria o nuestra sorpresa? Por eso el famoso «Eres una guerrera» no siempre es un cumplido.
Si una persona es considerada extraordinaria por subir unas escaleras, el problema deja de ser que el edificio no sea accesible.
Lo verdaderamente indignante no es el esfuerzo de quien tuvo que adaptarse, sino la indiferencia de una sociedad que sigue esperando que las personas con discapacidad sean quienes venzan las barreras, en lugar de preguntarse por qué esas barreras siguen existiendo.
Mientras sigamos admirando a quien logra superarlas, seguiremos dejando intactas las causas que las generan. Mientras el aplauso sustituya a la exigencia, las barreras seguirán teniendo más reconocimiento que los derechos.
Las personas con discapacidad no necesitamos que nos coloquen en un pedestal ni que nos conviertan en inspiración por vivir nuestra vida. Necesitamos que se nos reconozca como personas capaces de decidir, liderar, aportar, equivocarse y transformar su entorno, exactamente igual que cualquier otra.
La inclusión no consiste en aplaudir a quien logra adaptarse a un mundo que sigue excluyéndolo. Consiste en construir una sociedad donde la discapacidad nunca sea un motivo para limitar las oportunidades, cuestionar la capacidad de una persona o impedirle acceder a los espacios que, como cualquier otra, se haya ganado con su preparación, trabajo y trayectoria.
¿Significa eso que no debemos admirar a una persona con discapacidad? Claro que podemos hacerlo, pero no por el simple hecho de tener una discapacidad. La discapacidad debe traducirse en igualdad de derechos y en su garantía, no en admiración por la discapacidad.a




