Pepe Cortés

Hay cifras que tranquilizan y hay cifras que desenmascaran. Hoy, la inflación en México comienza a ceder y la estabilidad de los precios empieza a regresar tras varios años de presión. Es una buena noticia; sería absurdo negarlo. Lo preocupante, sin embargo, es que la economía sigue caminando con el freno de mano puesto.

La inversión privada pierde dinamismo, la creación de empleo formal se desacelera y el consumo muestra señales claras de agotamiento. El crecimiento permanece muy por debajo de lo que el país necesita para generar verdadera prosperidad.

Y es que la inflación era solo un síntoma, no la enfermedad. La enfermedad siempre fue la incertidumbre.

El capital no tiene ideología, tiene memoria

Ningún empresario invierte miles de millones de pesos donde las reglas del juego cambian constantemente. Nadie arriesga su patrimonio donde el Estado genera más dudas que certezas.

El capital no se mueve por filias políticas; se mueve por confianza. Recuerda dónde se respetan los contratos, dónde existe independencia judicial, dónde la propiedad privada está protegida y dónde producir resulta rentable. Sobre todo, recuerda dónde existe un futuro predecible.

Durante años se sostuvo la premisa de que bastaba con aumentar el gasto social para impulsar el bienestar. Pero el bienestar no se reparte: primero se crea. Los programas sociales pueden aliviar carencias de forma inmediata, pero nunca sustituirán a la inversión privada, nunca reemplazarán a la productividad y nunca generarán, por sí mismos, empleos bien pagados.

La riqueza no nace del presupuesto público. Nace del trabajo, del ahorro, del emprendimiento y de la innovación. Nace de un gobierno que entiende que su tarea no es competir con quienes producen, sino crear las condiciones para que produzcan más.

El costo invisible de competir en incertidumbre

Por eso, la discusión pública ya no debería centrarse únicamente en el índice de precios. La verdadera pregunta que debemos hacernos es otra: ¿Por qué, si los precios comienzan a estabilizarse, la economía sigue sin despegar? La respuesta está en la confianza. O, mejor dicho, en su ausencia.

Mientras otros países compiten ferozmente por atraer inversiones globales, México ha decidido competir en incertidumbre. Cada reforma que debilita los contrapesos institucionales, cada mensaje que enfrenta al gobierno con el sector productivo y cada decisión que convierte la inversión en una apuesta política, tiene un costo.

Este costo no aparece inmediatamente en las conferencias de prensa matutinas. Aparece meses después, silencioso, reflejado en menos empleos, menos proyectos y menos oportunidades para los ciudadanos. A casi ocho años de la llamada Cuarta Transformación, esa sigue siendo la gran deuda de la política económica: no haber derrotado la inflación, sino haber debilitado la confianza. Y sin confianza, simplemente no hay crecimiento sostenible.

Administrar el estancamiento no es prosperidad

Quienes creemos en la libertad económica no defendemos privilegios; defendemos reglas claras, instituciones sólidas, competencia, Estado de derecho y libertad para emprender. La prosperidad nunca ha sido la obra monolítica de un gobierno; siempre ha sido el resultado de millones de ciudadanos que trabajan, invierten y arriesgan cuando saben que el esfuerzo valdrá la pena.

Controlar la inflación es importante, pero recuperar la confianza es indispensable. Los precios pueden bajar, pero si también bajan la inversión, el empleo y la esperanza de crecer, el problema sigue exactamente en el mismo lugar.

Ningún país se vuelve próspero administrando su propio estancamiento. La verdadera prosperidad comienza cuando la libertad vuelve a generar confianza.

@pepecortesmx

Abogado, economista, consejero estatal del PAN en Veracruz.