Julio Vallejo
La delgada línea entre mi opinión y la tuya
Antes de que nos alcanzara la «Cuarta Transformación», era común escuchar en las calles el rumor de que terminaríamos como Cuba, Venezuela: a oscuras y con apagones constantes. En ese entonces, con la luz funcionando y el aire acondicionado encendido, me parecía una tontería irrisoria. ¿Cómo iba a pasar eso en la era de la tecnología y la inversión millonaria en México?
Pero claro, no contábamos con el pasado y la astucia del expresidente Andrés Manuel López Obrador y su flamante director de la CFE, Manuel Bartlett. Mira que poner a cargo al hombre más famoso por «tirar el sistema» en unas elecciones fue una genialidad; si alguien tenía experiencia en interrupciones abruptas, era él. Supuestamente, su gestión iba a lograr el «rescate financiero y operativo» de la empresa del Estado. Hoy, lo único que no se apaga es el paso del tiempo, pero la luz… esa se transforma en oscuridad con una frecuencia alarmante, especialmente en el estado de Veracruz. Tampoco hay que ser extremistas, un apagón mundial es falso, pero el folclor local ya lo sufrimos.
Y si de transformaciones hablamos, qué tiempos aquellos cuando la rebeldía era barata. En los noventa, cierto líder tabasqueño nos enseñó que la mejor forma de protestar contra las tarifas de luz era, simplemente, no pagarla. Un genio. Décadas después, consumado el milagro de su llegada al poder, perdonó la deuda histórica de su estado natal y decretó la tarifa más baja del país. Acto seguido, con una sonrisa redentora, nos pidió al resto volver a pagar porque la patria necesitaba ingresos. Cumplimos como buenos ciudadanos, pero parece que el dinero se fue a un agujero negro. O peor aún: a las arcas de la CFE.
Hoy presumimos cifras astronómicas: casi 20,000 millones de dólares invertidos en comprar plantas a Iberdrola para inflar el orgullo nacional. Ahora somos los soberanos dueños de una energía que nadie puede usar. El gobierno compró el Ferrari de la generación eléctrica, pero olvidó que no tenemos carreteras para correrlo. Priorizaron la producción y dejaron que los cables, los postes y los transformadores de las colonias se volvieran piezas de museo.
Ahora, cuando el calor azota a más de 20 estados y el termómetro explota, los transformadores viejos truenan como palomitas de maíz. En Veracruz nos quedamos a oscuras mientras los informes oficiales brillan con números impecables. Al final del día, la transformación resultó literal: transformamos miles de millones de dólares en románticas noches a la luz de las velas. Celebrar la soberanía energética mientras se te pudre la carne en el refrigerador descompuesto es el verdadero triunfo del folclor nacional y de una empresa de clase mundial.
¡Que viva la luz… si es que regresa! ¡Que viva! Aquel que no conoce su historia y este condenado a repetirla.




