Pepe Cortés

Durante meses, el debate económico en México giró alrededor de la inflación. Era natural. Después de varios años de fuertes presiones sobre los precios, cualquier señal de moderación representaba un alivio para las familias y para la política monetaria. Sin embargo, mientras la inflación comenzaba a ceder, otros indicadores empezaron a contar una historia distinta: el crecimiento perdió impulso, la inversión comenzó a desacelerarse y el mercado laboral empezó a reflejar ese cambio.

El mercado laboral comienza a enviar una señal que conviene tomar en serio. No porque el empleo se haya desplomado, sino porque empieza a confirmar una desaceleración que la economía venía anticipando desde hace meses. No son fenómenos aislados; son distintas manifestaciones del mismo ciclo económico.

El empleo: un indicador rezagado

En economía existe un principio ampliamente aceptado: el empleo es un indicador rezagado. Las empresas no modifican sus plantillas laborales al primer signo de incertidumbre. Antes de reducir contrataciones o ajustar su personal, suelen disminuir inversiones, posponer proyectos de expansión, aprovechar mejor su capacidad instalada y esperar una recuperación de la demanda.

Sólo cuando concluyen que la desaceleración será más persistente cambian sus decisiones de contratación. Por ello, cuando el empleo pierde dinamismo, la economía normalmente lleva varios meses haciéndolo.

Las cifras respaldan este diagnóstico. Al cierre de junio de 2026, el IMSS registró 22.78 millones de empleos formales, la cifra más alta para un mes de junio. Sin embargo, la creación acumulada en el primer semestre fue de 262 mil 628 puestos de trabajo, un ritmo moderado frente a las necesidades del mercado laboral mexicano. En paralelo, las expectativas de crecimiento económico para 2026 se ubican alrededor de 1.1 %, insuficientes para absorber a los cientos de miles de jóvenes que cada año buscan incorporarse a la actividad productiva. 

El empleo no está anticipando el problema.

Está confirmando el diagnóstico que la economía venía construyendo desde hace meses.

El capital por trabajador: la clave de la productividad

Detrás de estas cifras existe un concepto que rara vez forma parte del debate público: el empleo es una demanda derivada. Las empresas no contratan trabajadores simplemente para aumentar su plantilla. Lo hacen porque esperan producir más, vender más y obtener mayores ingresos. En consecuencia, el mercado laboral no puede analizarse de manera aislada; es el resultado de decisiones de inversión tomadas meses, e incluso años, antes.

Existe otro concepto igualmente importante: el capital por trabajador.

Imaginemos dos carpinteros con la misma experiencia y el mismo talento. Uno dispone de maquinaria moderna y herramientas de precisión; el otro trabaja únicamente con herramientas manuales. Ambos trabajan la misma jornada y ponen el mismo empeño. Sin embargo, uno producirá mucho más que el otro.

La diferencia no está en el esfuerzo.

Está en el capital que acompaña al trabajo.

Exactamente lo mismo ocurre con una economía.

Cuando las empresas invierten en maquinaria, tecnología, infraestructura, capacitación e innovación, cada trabajador dispone de mejores herramientas para generar más valor. Esa mayor productividad permite elevar salarios, ampliar la producción y contratar más personal sin comprometer la rentabilidad.

El proceso inverso también existe. Cuando el crecimiento del capital por trabajador se detiene, la productividad comienza a estancarse, la rentabilidad esperada disminuye y las contrataciones se vuelven más cautelosas.

Mucho antes de que aumente el desempleo, la economía ya dejó de crear las condiciones para generar nuevos puestos de trabajo.

Sin inversión no hay riqueza que distribuir

Éste es, probablemente, el principal desafío de la economía mexicana.

Durante los últimos años, buena parte del debate público se ha concentrado en la distribución del ingreso. Es una discusión legítima. Sin embargo, toda política redistributiva parte de una condición ineludible: primero debe existir riqueza para poder distribuirla.

Si la inversión pierde dinamismo, también lo hacen la productividad, los salarios reales y las oportunidades de movilidad social. Ningún país ha logrado repartir de manera sostenida aquello que dejó de producir.

Por ello, la discusión ya no debería centrarse únicamente en cuántos empleos existen hoy, sino en las condiciones que permitirán crear los próximos millones. Eso exige fortalecer el Estado de derecho, ofrecer certeza jurídica, reducir la carga regulatoria, garantizar infraestructura y energía suficientes, mejorar la seguridad y construir un entorno donde invertir vuelva a ser una decisión racional.

Los empleos no son el motor del crecimiento.

Son su consecuencia más visible.

La inversión comienza con confianza

El empleo no está anunciando una crisis.

Está describiendo una economía que ha perdido dinamismo.

Los mercados laborales rara vez cambian de dirección de un día para otro. Primero se debilitan las expectativas. Después disminuye la inversión. Más tarde se desacelera la producción. Finalmente, el empleo confirma el cambio de tendencia.

Al final, cada empleo formal es, en realidad, un voto de confianza en el futuro.

Mucho antes de aparecer en los registros del IMSS, ese empleo comenzó como una decisión. La decisión de un empresario de abrir una sucursal, ampliar una planta, adquirir una máquina, desarrollar un nuevo producto o arriesgar el patrimonio construido durante años.

Ninguna de esas decisiones ocurre por casualidad.

Todas parten de una misma convicción: que el futuro será mejor que el presente.

Cuando esa confianza comienza a desaparecer, el empleo deja de crecer.

No porque falten trabajadores.

Sino porque empiezan a faltar inversionistas dispuestos a apostar por el futuro.

Recuperar el crecimiento pasa, necesariamente, por recuperar la confianza para invertir. Porque los empleos no nacen cuando se publica un decreto ni cuando se anuncia un programa gubernamental.

Nacen cuando alguien decide invertir su patrimonio, generar valor y crear oportunidades para otros.

Antes de existir en las estadísticas, todo empleo existió primero en la imaginación de alguien dispuesto a invertir.

Mientras México no recupere esa confianza, difícilmente recuperará el dinamismo económico que hoy tanto necesita.

¿Qué opinas sobre el rumbo del mercado laboral en México? 

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