Julio Vallejo
La delgada línea entre mi opinión y la tuya
Hay momentos que condensan la esperanza de una familia. Ver a un hijo concluir el preescolar es uno de ellos. Entre sonrisas, fotografías y aplausos, celebramos el cierre de una etapa y el inicio de otra que estará llena de nuevos aprendizajes. Sin embargo, detrás de esa alegría surge una pregunta inevitable: ¿qué futuro les espera a estos niños y qué estamos haciendo, como sociedad, para ayudarles a construirlo?
El ingreso a la primaria representa mucho más que un cambio de escuela. Es el comienzo de un proceso en el que los conocimientos serán importantes, pero no suficientes. La educación auténtica no se limita a enseñar a leer, escribir o resolver problemas matemáticos; también forma el carácter, fortalece la empatía, cultiva el respeto y enseña a convivir con los demás. Es ahí donde comienza la construcción de una ciudadanía responsable.
Con frecuencia depositamos toda la responsabilidad en la escuela, cuando la primera aula sigue siendo el hogar. Los valores no aparecen en los libros de texto ni pueden evaluarse con un examen. Se aprenden observando a los adultos, escuchando la manera en que resolvemos los conflictos y comprendiendo que el respeto no es una obligación escolar, sino una forma de vivir. La familia y la escuela no pueden caminar por separado; cuando una falla, la otra difícilmente logra compensarlo.
La educación enfrenta hoy desafíos que hace apenas unas décadas parecían impensables. La tecnología ha transformado la manera de aprender y comunicarnos, pero también ha reducido los espacios para el diálogo, la concentración y la convivencia. A ello se suman problemas que preocupan cada vez más: la salud mental, el acoso escolar, la violencia entre estudiantes, la pérdida de autoridad de los docentes y un entorno social que, en ocasiones, normaliza la falta de límites y la descalificación del esfuerzo.
Sería un error atribuir estas dificultades únicamente a las escuelas. Los planteles son, en gran medida, el reflejo de la sociedad que hemos construido.
Los maestros reciben cada mañana a niños y adolescentes que llegan con las fortalezas, pero también con las heridas, los vacíos y las tensiones que existen fuera del aula. Pretender que la escuela resuelva por sí sola aquello que la familia y la comunidad han dejado de atender resulta profundamente injusto.
Por ello, fortalecer la educación exige una responsabilidad compartida. Las autoridades deben generar políticas públicas que respalden a los docentes, promuevan ambientes seguros y regulen el uso de los dispositivos electrónicos cuando estos interfieran con el aprendizaje. Pero también corresponde a las familias recuperar el tiempo de calidad con sus hijos, acompañar su formación y reconocer que educar implica mucho más que garantizar su asistencia a clases.
Cada generación deposita en la siguiente la posibilidad de construir un país mejor. Los niños que hoy cruzan la puerta de la primaria serán quienes mañana tomen decisiones en nuestras instituciones, atiendan nuestros hospitales, impartan justicia o dirijan nuestras empresas. La calidad de esa sociedad dependerá, en buena medida, de la educación que reciban hoy.
Proteger la escuela significa proteger el futuro. Si aspiramos a una sociedad más justa, más segura y más humana, debemos comprender que la educación no puede seguir siendo un tema secundario. Educar no consiste únicamente en preparar a un niño para aprobar un examen; consiste en formar personas capaces de pensar, de respetar, de dialogar y de asumir con responsabilidad su lugar en el mundo. Ahí comienza, verdaderamente, la reconstrucción de una sociedad fracturada.




