
Severo Francisco Mar Morales
Banquillo Político
Hoy, con el respeto que impone la historia y con la solemnidad que exige la memoria de la patria, conmemoramos un aniversario luctuoso más de don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte Villaseñor, Padre de la Patria.
Nacido el 8 de mayo de 1753 en la Hacienda de Corralejo, Pénjamo, hoy Guanajuato, Miguel Hidalgo se formó en las ideas ilustradas de su tiempo. Como párroco de Dolores, entendió que su ministerio no se limitaba al púlpito, sino que debía extenderse a la defensa de la dignidad humana.
Sus padres fueron Cristóbal Hidalgo y Costilla, administrador de la Hacienda de Corralejo, y Ana María Gallaga Mandarte, quien murió cuando Miguel era aún un niño. Fue el segundo de cuatro hermanos. Su hermano José Joaquín también fue sacerdote y lo acompañó en la lucha.
Miguel Hidalgo nunca se casó oficialmente por ser sacerdote, pero tuvo cinco hijos reconocidos: Agustina, Mariano, Lino, Micaela y Dominga. Les dio su apellido y se hizo cargo de ellos, lo cual era mal visto en esa época.
Fue el primero en decretar la abolición de la esclavitud y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, casi un siglo antes de que estas medidas se consolidaran plenamente.
Propuso devolver las tierras despojadas a los pueblos indígenas, una idea que retomaría años después Emiliano Zapata. Asimismo, introdujo en México los ideales de libertad, igualdad y razón propios de la Ilustración europea.
Cultivó oficios, impulsó la industria y, sobre todo, enseñó a su pueblo a no temer a la libertad.
La madrugada del 16 de septiembre de 1810, al llamado de su voz y al repique de la campana, México despertó.
El Grito de Dolores no fue un acto de rebeldía sin rumbo; fue el acto fundacional de nuestra nación. Representó la decisión de un hombre justo de romper tres siglos de dominio colonial y devolver a este suelo la potestad de decidir su propio destino.
Miguel Hidalgo y Costilla murió fusilado el 30 de julio de 1811 en la ciudad de Chihuahua, en el edificio que hoy alberga el Centro Cultural. Posteriormente fue decapitado y su cabeza enviada a Guanajuato. Sus verdugos pensaron que con ello acallarían la insurrección. Se equivocaron. Con su muerte, Hidalgo se convirtió en símbolo. Su sangre fortaleció la causa que más tarde consumarían José María Morelos y Pavón y Vicente Guerrero.
Sus restos descansan en el Ángel de la Independencia, en la Ciudad de México. Fueron trasladados a este monumento en 1925, después de haber permanecido primero en Chihuahua y posteriormente en la Catedral Metropolitana.
A 215 años de su sacrificio, el legado de Hidalgo nos recuerda que la independencia no es una fecha en el calendario, sino una tarea permanente. Es la obligación de construir un México con justicia social, instituciones sólidas y unidad en la pluralidad. Es el deber de honrar a la patria no solo con discursos, sino con hechos: con trabajo, legalidad y servicio a los demás.
Los ideales que enarboló Hidalgo fueron la libertad, la igualdad y la soberanía nacional. No solo inició una guerra: sembró la idea de que México podía ser un país libre y justo para todos.
Hoy afirmamos con certeza que don Miguel Hidalgo vive en cada escuela donde se enseña nuestra historia, en cada obra pública que lleva progreso y en cada ciudadano que ejerce sus derechos con responsabilidad. Vive en todos los mexicanos.
Que este aniversario luctuoso convoque a la reflexión y a la acción. Que cada mexicana y cada mexicano, desde su trinchera, sea digno continuador de la obra iniciada por el Cura Hidalgo.
@pamar0712



