Pepe Cortés

Después de casi ocho años de gobiernos de Morena, la oposición enfrenta una oportunidad que hace apenas unos años parecía lejana: volver a competir seriamente por el poder. Pero esa posibilidad abre una pregunta mucho más importante que cualquier encuesta: ¿Qué tendría que hacer la oposición para volver a convertirse en una verdadera alternativa de gobierno?

Existe una idea profundamente arraigada en la política: creer que el desgaste del gobierno fortalece automáticamente a quienes aspiran a sustituirlo. La historia demuestra que no siempre ocurre así. Los ciudadanos pueden perder la confianza en quienes gobiernan sin que, por ello, decidan confiar en quienes buscan ocupar su lugar. Entre una cosa y la otra existe una diferencia fundamental: la credibilidad.

La confianza constituye el patrimonio más valioso de una democracia. Los ciudadanos no depositan únicamente un voto; depositan la esperanza de que quienes aspiran a gobernar actuarán con mayor honestidad, responsabilidad y congruencia que quienes los antecedieron. Por ello, la mayor responsabilidad de cualquier fuerza política no consiste solamente en ganar elecciones, sino en construir la credibilidad necesaria para merecer esa confianza.

La pregunta no es nueva. Aristóteles entendió que la política sólo encontraba sentido cuando buscaba el bien común. Siglos después, Alexis de Tocqueville advirtió que las democracias también podían debilitarse cuando los ciudadanos dejaban de exigir responsabilidades al poder. Max Weber completó esa idea al recordar que los gobernantes no debían juzgarse únicamente por sus intenciones, sino por las consecuencias de sus decisiones. Más de dos mil años de pensamiento político conducen a la misma conclusión: el poder termina revelando la congruencia —o la incongruencia— de quienes lo ejercen.

Ése es el criterio con el que deberían evaluarse todos los partidos políticos. La pregunta decisiva no es si una organización enfrenta errores o crisis; ninguna está exenta de ellos. La verdadera pregunta es otra: ¿Qué hace un partido cuando los hechos ponen a prueba los principios que durante años afirmó defender? Es ahí donde aparece la diferencia entre un proyecto político y una estrategia de comunicación. La propaganda intenta convencer a los ciudadanos de que una organización es distinta; la ética exige demostrarlo cuando el poder deja de ser una promesa y se convierte en una responsabilidad.

Vista desde esa perspectiva, la coyuntura mexicana adquiere un significado distinto. En los últimos años, Movimiento Ciudadano ha construido su identidad política alrededor de la promesa de representar una alternativa frente a la política tradicional. Precisamente por ello, hoy enfrenta una exigencia mayor. Quien promete hacer política de manera distinta también acepta ser evaluado con un estándar ético más alto. Los acontecimientos recientes, relacionados con investigaciones y procesos iniciados contra diversos alcaldes emanados de Movimiento Ciudadano por presuntos hechos delictivos, han colocado esa narrativa frente a su primera gran prueba. No sólo someten al escrutinio a las personas involucradas; también ponen a prueba la credibilidad de un proyecto político que prometió representar una nueva forma de hacer política.

Como corresponde a un Estado de Derecho, serán las autoridades competentes quienes determinen las responsabilidades jurídicas que, en su caso, existan. Pero las responsabilidades jurídicas y las responsabilidades políticas no siempre coinciden. Las primeras corresponden a los tribunales; las segundas pertenecen al juicio de los ciudadanos. Ningún partido puede garantizar que todos sus integrantes actuarán siempre correctamente. Lo que sí puede decidir es a quién postula, qué estándares exige para ejercer el poder y cómo responde cuando alguno de los suyos compromete los valores que afirma representar. Es ahí donde termina la mercadotecnia política y comienza la verdadera ética pública.

Sin embargo, sería un error pensar que ésta es una prueba exclusiva de Movimiento Ciudadano. Es la misma prueba que enfrentará cualquier fuerza política que aspire a convertirse en una verdadera alternativa de gobierno. El desgaste de Morena no garantizará, por sí mismo, el fortalecimiento de la oposición. La confianza de los ciudadanos nunca cambia de manos por inercia. Siempre tiene que volver a ganarse.

Las primeras mediciones rumbo al proceso electoral de 2027 muestran un cambio de escenario. El PAN y el PRI encabezan las preferencias en varias de las gubernaturas que estarán en disputa y varios de sus gobiernos estatales figuran entre los mejor evaluados del país. La oposición vuelve a tener una oportunidad real de competir por el poder. Pero competir no es lo mismo que convencer. Las encuestas sólo registran una instantánea del momento; no sustituyen la construcción de credibilidad. La verdadera prueba consistirá en demostrar que esa competitividad electoral puede convertirse en una confianza ciudadana duradera.

La oposición no volverá a convertirse en una verdadera alternativa solamente señalando los errores del gobierno. Tendrá que demostrar, desde ahora, que aprendió las lecciones que hoy exige a los demás. La confianza no se hereda. Se gana. Y la credibilidad se construye.

Ésa es la prueba de fuego rumbo a 2027. Movimiento Ciudadano la enfrenta hoy. Mañana la enfrentarán el PAN, el PRI y cualquier otra fuerza política que aspire a gobernar México. Los ciudadanos exigirán a todos exactamente lo mismo: congruencia entre el discurso y la conducta; coherencia entre lo que prometen y lo que hacen.

La historia no recordará a los partidos por la creatividad de sus campañas, por la popularidad de sus dirigentes ni por la eficacia de sus estrategias de comunicación. Los recordará por las decisiones que tomaron cuando el poder puso a prueba sus principios.

La oposición tiene una prueba de fuego. Los ciudadanos también tienen un criterio muy claro para evaluarla: menos mercadotecnia, más congruencia; menos eslóganes, más resultados. Porque, al final, México no se gobierna a ritmo de «fosfo, fosfo». Se gobierna con responsabilidad y resultados.

Porque los ciudadanos no terminan creyendo en los discursos. Terminan creyendo en la conducta de quienes los pronuncian.

@pepecortesmx

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Economista y Abogado por la Universidad Veracruzana. Maestro en Administración Pública. Maestro en Control y Fiscalización. Consejero Estatal y miembro de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz. Ex Director General de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la Secretaría de Finanzas y Planeación del Estado de Veracruz.