Enrique Yasser Pompeyo
Mesa de Redacción
Las fiestas patronales y las celebraciones populares forman parte de la identidad de muchos municipios mexicanos. Sin embargo, hay costumbres que, a la luz del conocimiento actual, deben replantearse. La pirotecnia es una de ellas.
El reciente llamado de la asociación Educación y Protección Animal de Teocelo (EPAT) pone sobre la mesa un problema que va mucho más allá de los fuegos artificiales.
Su pronunciamiento advierte sobre un aparente retroceso en un municipio que durante años había logrado reducir significativamente el uso de cohetes.
Lo preocupante no es únicamente el regreso de la pirotecnia, sino el silencio de las autoridades del Ayuntamiento que encabeza la alcaldesa Daniela Villegas Olmos, frente a una problemática cuyos efectos son ampliamente conocidos.
La omisión también comunica. Cuando un gobierno no fija una postura ante una práctica que afecta a cientos de personas y miles de animales, el mensaje que recibe la ciudadanía es que todo está permitido. Esa percepción termina convirtiéndose en permisividad e impunidad.
Durante mucho tiempo se ha defendido la pirotecnia como una expresión cultural. Nadie cuestiona el valor de las tradiciones, pero ninguna tradición debe mantenerse cuando provoca sufrimiento evitable.
La sociedad cambia y las costumbres también deben hacerlo.
Los estruendos afectan a personas con trastorno del espectro autista, adultos mayores, bebés, pacientes hospitalizados y quienes padecen ansiedad o estrés postraumático.
Lo que para algunos representa unos minutos de diversión, para otros significa horas de angustia, miedo e incluso riesgos para su salud.
Pero quizá quienes pagan el precio más alto son los animales de compañía.
Perros y gatos poseen una capacidad auditiva mucho más sensible que la humana.
Cada explosión representa una experiencia de terror que puede desencadenar ataques de pánico, intentos desesperados de escapar, lesiones al golpearse contra puertas o ventanas, extravíos e incluso la muerte por infartos o accidentes.
Cada temporada festiva se multiplican los reportes de mascotas desaparecidas porque huyeron aterrorizadas por el ruido.
La ciencia ha documentado ampliamente estos efectos. No se trata de exageraciones promovidas por grupos animalistas, sino de un problema de bienestar animal respaldado por médicos veterinarios y especialistas en comportamiento.
Por ello resulta relevante el llamado de EPAT. Más allá de compartir o no el tono de su pronunciamiento, la organización plantea una exigencia legítima: que las autoridades asuman una posición clara.
Gobernar también implica prevenir daños y proteger a los sectores más vulnerables, incluidos aquellos que no tienen voz para defenderse.
Hoy existen alternativas para celebrar sin recurrir al estruendo: espectáculos de luces, iluminación arquitectónica, eventos culturales y actividades comunitarias que preservan el sentido de la fiesta sin generar sufrimiento.
La verdadera innovación consiste en demostrar que la alegría no necesita provocar miedo.
Teocelo tiene la oportunidad de decidir qué modelo de comunidad quiere construir.
Uno donde prevalezca la indiferencia frente a los efectos de la pirotecnia o uno donde las tradiciones evolucionen con responsabilidad, empatía y respeto por la vida.
El progreso no se mide por la cantidad de cohetes que iluminan el cielo, sino por la capacidad de una sociedad para proteger a quienes más resienten sus consecuencias.
Celebrar nunca debería significar que otros, humanos o animales, tengan que sufrir.
enriquepompeyo@hotmail.com




