Pepe Cortés
Hay ciudades donde el transporte público dejó de ser un problema para convertirse en una de sus mayores fortalezas. Montreal, por ejemplo, construyó un sistema en el que autobuses y Metro funcionan como una sola red. Una misma tarjeta permite pagar un viaje, un día completo o un mes; los horarios se cumplen con puntualidad, el usuario conoce en tiempo real la llegada de las unidades y el transporte forma parte de la calidad de vida de la ciudad, no de sus preocupaciones.
México también ofrece ejemplos que vale la pena estudiar. León, Guanajuato, transformó su movilidad con un Sistema Integrado de Transporte basado en rutas troncales, alimentadoras, estaciones de transferencia y un esquema tarifario unificado. Más recientemente, Mérida ha apostado por un modelo que incorpora tecnología, información en tiempo real y nuevas formas de organizar el servicio. Cada ciudad tiene sus propias características, pero todas comparten una misma visión: entendieron que la movilidad no cambia cuando se compran autobuses nuevos; cambia cuando se construye un sistema.
Ésa es la reflexión que hoy merece Xalapa. La incorporación de una nueva flota representa, sin duda, una buena noticia. Después de muchos años de rezago, renovar los autobuses era una necesidad impostergable. Sin embargo, sería un error pensar que la modernización comienza y termina con la sustitución de las unidades. Los autobuses son únicamente una herramienta. El verdadero reto consiste en construir un sistema capaz de responder a las necesidades presentes y futuras de una ciudad que no ha dejado de crecer.
Durante décadas, el transporte urbano en Xalapa evolucionó conforme aparecían nuevas colonias y aumentaba la demanda, pero no necesariamente como resultado de una planeación integral. Se agregaron rutas, se incorporaron unidades y se atendieron problemas inmediatos sin modificar el modelo de fondo. El resultado es conocido por todos: largos tiempos de espera, rutas que se traslapan, transbordos poco eficientes, congestionamientos y una incertidumbre permanente sobre cuánto tiempo tomará llegar al destino. El problema nunca ha sido únicamente la antigüedad de los autobuses. El verdadero problema ha sido la ausencia de un sistema.
Un verdadero Sistema Integrado de Transporte significa mucho más que autobuses modernos. Significa rutas diseñadas técnicamente, horarios confiables, integración tarifaria, una tarjeta única de pago, información en tiempo real, infraestructura para facilitar los transbordos, accesibilidad universal, mantenimiento permanente y una autoridad capaz de evaluar continuamente la calidad del servicio. Pero, sobre todo, significa entender que el transporte público existe para servir a las personas y no para que las personas terminen adaptándose a las deficiencias del sistema.
En realidad, éste no es un debate sobre autobuses. Es un debate sobre la forma de concebir la ciudad. Durante muchos años el transporte público ha girado alrededor de rutas, concesiones, intereses económicos y decisiones administrativas. Un verdadero proceso de modernización exige invertir esa lógica. La persona humana debe ocupar el centro de la política de movilidad. El éxito de un sistema de transporte no se mide por el número de unidades en circulación, sino por el tiempo que devuelve a las familias, por la seguridad que ofrece a mujeres, adultos mayores, estudiantes y personas con discapacidad, y por la dignidad con la que millones de ciudadanos pueden trasladarse todos los días.
Por ello, el debate no debería concentrarse únicamente en la marca de los autobuses o en la tecnología que incorporan. La verdadera pregunta es otra. ¿El proyecto que hoy inicia permitirá que dentro de algunos años los xalapeños sepan exactamente a qué hora llegará su autobús? ¿Podrán planear sus traslados con la misma certeza con la que hoy consultan el clima o el tráfico desde su teléfono? ¿Existirá una integración tarifaria que facilite los transbordos y reduzca los costos para quienes utilizan varias rutas cada día? Si esas preguntas encuentran una respuesta afirmativa, entonces estaremos frente a una transformación auténtica. Si no, únicamente habremos cambiado una flotilla por otra.
Para financiar esa transformación, el Gobierno del Estado decidió crear un fideicomiso cuyo patrimonio tendrá como fuente inicial los recursos provenientes de la verificación vehicular. Es decir, dinero que aportan miles de veracruzanos y que, por su naturaleza pública, debe administrarse con absoluta transparencia y rendición de cuentas. Posteriormente, ese patrimonio podrá fortalecerse con otras fuentes previstas por el propio decreto.
Aquí surge una reflexión que el propio Gobierno debería responder con hechos. Durante años, la Cuarta Transformación sostuvo que los fideicomisos eran instrumentos asociados a la opacidad, la discrecionalidad e incluso la corrupción. Con ese argumento impulsó la desaparición de 109 fideicomisos federales y defendió que los recursos regresaran al presupuesto para garantizar un mayor control público. Hoy, ese mismo instrumento financiero fue elegido para desarrollar uno de los proyectos de movilidad más importantes del sexenio en Veracruz.
La pregunta es inevitable. ¿Los fideicomisos no eran tan malos como se dijo? ¿Se descubrió que, bien administrados y transparentes, pueden ser herramientas útiles para financiar proyectos públicos? ¿O simplemente ahora se considera válido utilizar la misma figura que durante años fue presentada como ejemplo de opacidad?
La respuesta no estará en los discursos.
Estará en los hechos.
Si este fideicomiso publica periódicamente sus estados financieros, transparenta sus contratos, informa cuánto dinero recibe, cómo lo ejerce, cuáles son sus indicadores de desempeño y qué resultados obtiene, demostrará que un fideicomiso puede administrarse bajo los principios del gobierno abierto. Si no ocurre así, la contradicción dejará de ser financiera para convertirse en política.
Xalapa tiene hoy una oportunidad que difícilmente volverá a repetirse. Puede conformarse con estrenar autobuses nuevos o puede construir un verdadero Sistema Integrado de Transporte que cambie la forma en que vivimos la ciudad durante las próximas décadas. La diferencia entre una y otra decisión no dependerá del fabricante de las unidades. Dependerá de la capacidad para planear con visión de futuro, administrar con responsabilidad y colocar a la persona humana en el centro de cada decisión.
Porque los autobuses tienen una vida útil.
Pero un buen sistema de transporte puede transformar una ciudad durante generaciones.
Y los xalapeños no recordarán quién fabricó los autobuses. Recordarán si, gracias a esta decisión, dejaron de perder horas de su vida para llegar a su trabajo, a la escuela o a su hogar.
@pepecortesmx
Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Es consejero estatal y miembro de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz, y ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la Sefiplan.




