“Las democracias no se construyen cuando cambia un gobierno. Comienzan cuando los ciudadanos descubren que el poder también les pertenece.”

Pepe Cortés

La historia suele recordar a las figuras públicas por los cargos que ocuparon, las elecciones que ganaron o las decisiones que tomaron desde el poder. Hay personajes, sin embargo, cuyo legado permanece en otro lugar: en las ideas que sembraron y en la manera en que ayudaron a transformar la cultura política de su tiempo. Luis Héctor Álvarez Álvarez fue uno de ellos.

Su nombre está ligado a la campaña presidencial de 1958, a la resistencia cívica de Chihuahua, a la presidencia nacional del Partido Acción Nacional y a las negociaciones que acompañaron la transición democrática mexicana. Pero reducir su trayectoria a una sucesión de cargos sería perder de vista la convicción que dio sentido a más de medio siglo de vida pública: la democracia no depende solamente de buenos gobiernos, sino de ciudadanos capaces de ejercer responsablemente su libertad.

Luis H. Álvarez no improvisó ese camino. Fue heredero de una tradición intelectual iniciada por Manuel Gómez Morín y enriquecida por Efraín González Luna, para quienes una transformación política duradera no podía construirse únicamente desde el centro. Había que fortalecer al municipio, crear instituciones capaces de limitar al poder y formar ciudadanos conscientes de que los asuntos públicos también eran responsabilidad suya.

Al recordar su encuentro con Gómez Morín, Luis H. Álvarez contó que éste había tratado de “hacerlo ciudadano”, pues antes, reconocía con humildad, había sido solamente “un habitante común”. La diferencia parece pequeña, pero contiene toda una concepción de la política: el habitante contempla y espera; el ciudadano participa, exige y se compromete con su comunidad.

Por eso aceptó competir cuando la posibilidad de victoria parecía remota. En 1958 fue candidato del PAN a la Presidencia de la República frente a un sistema en el que la alternancia resultaba prácticamente inimaginable. Aquella campaña no sólo disputaba votos. También recorría comunidades, difundía ideas, organizaba ciudadanos y demostraba que participar podía convertirse en una forma de transformar al país.

Casi tres décadas después, esa convicción encontró una de sus expresiones más intensas en Chihuahua. Tras las controvertidas elecciones de 1986, Luis H. Álvarez encabezó la resistencia cívica frente a lo que la oposición denunció como fraude electoral y emprendió una huelga de hambre que llevó la defensa del voto al debate nacional. Chihuahua dejó de ser solamente una disputa por una gubernatura para convertirse en uno de los episodios emblemáticos de la exigencia democrática mexicana.

Aquella movilización produjo además una imagen poco frecuente en nuestra política. Intelectuales y ciudadanos de distintas corrientes coincidieron en la defensa de elecciones auténticas, mientras Heberto Castillo, dirigente de izquierda y adversario ideológico del PAN, intervino para persuadir a Álvarez de levantar el ayuno. Podían discrepar profundamente sobre el rumbo económico o social del país, pero coincidían en algo esencial: el Estado de derecho, los derechos ciudadanos y la necesidad de que el voto fuera respetado.

Ahí aparece una de las lecciones más vigentes de Luis H. Álvarez: la democracia necesita adversarios, no enemigos. Quien piensa distinto no deja por ello de ser ciudadano ni pierde su dignidad política. La convivencia democrática comienza precisamente cuando las diferencias dejan de ser una excusa para destruir al otro.

Esa convicción sería puesta nuevamente a prueba cuando llegó a la presidencia nacional del PAN. El dilema ya no consistía únicamente en resistir al régimen, sino en decidir si era legítimo negociar con él para modificar las reglas del sistema. Luis H. Álvarez eligió dialogar, una decisión que contribuyó a abrir espacios institucionales, pero que también provocó una de las discusiones internas más intensas en la historia de Acción Nacional.

Sus críticos consideraban que el PAN se aproximaba demasiado al gobierno; quienes defendían esa estrategia sostenían que la apertura democrática necesitaba acuerdos capaces de convertirse en nuevas reglas. La controversia importa porque evita construir una imagen cómoda del personaje. Luis H. Álvarez tuvo que conciliar dos exigencias difíciles: preservar la independencia de la oposición y aprovechar las oportunidades existentes para abrir un sistema todavía poco competitivo.

La transición electoral mexicana tampoco fue producto de una sola negociación, un partido o un dirigente. Avanzó mediante presión ciudadana, reformas sucesivas, acuerdos entre adversarios y una competencia política cada vez mayor. Luis H. Álvarez fue uno de los protagonistas de ese proceso, pero quizá su aportación pueda resumirse de manera sencilla: resistir cuando los principios lo exigían y dialogar cuando el diálogo podía traducirse en instituciones.

También conoció el poder desde el gobierno municipal. Como presidente municipal de Chihuahua pasó de exigir buenos gobiernos a asumir la responsabilidad de construir uno. Esa experiencia conectaba directamente con la vieja intuición de Gómez Morín: la democracia debía comenzar cerca del ciudadano, allí donde éste puede observar las decisiones públicas, participar y exigir cuentas a sus autoridades.

Su trayectoria tendría todavía otra dimensión. En 1994 llegó al Senado de la República e integró la Comisión de Concordia y Pacificación, la COCOPA, en el contexto del conflicto de Chiapas. En diciembre de 2000, el presidente Vicente Fox lo designó responsable del diálogo para la paz.

La reacción del EZLN resulta reveladora. Su Comandancia General reconoció públicamente la seriedad, el respeto y la responsabilidad con que Luis H. Álvarez se había conducido, y señaló que, bajo determinadas condiciones, podía ser considerado un interlocutor válido. En un conflicto marcado por años de desconfianza, aquello decía mucho más que cualquier nombramiento.

La autoridad política puede provenir de un cargo. La autoridad moral sólo puede construirse.

Cuando recibió la Medalla Belisario Domínguez en 2010, Luis H. Álvarez resumió su pensamiento con una frase que parece recorrer toda su trayectoria: “El mejor garante para elevar el nivel de la política es una ciudadanía responsable y actuante”. Después de décadas de campañas, resistencia, gobierno, negociación y diálogo, regresaba al mismo punto de partida: el ciudadano.

Para Luis H. Álvarez, la democracia no terminaba al depositar una boleta en una urna. Comenzaba después, cuando el ciudadano vigila al poder, exige cuentas, participa en los asuntos públicos, dialoga con quien piensa distinto y está dispuesto a defender las instituciones incluso cuando hacerlo resulta incómodo.

La transición democrática mexicana fue una construcción colectiva en la que participaron millones de ciudadanos, organizaciones civiles, periodistas, académicos, partidos políticos y distintas generaciones de reformadores. Sería históricamente incorrecto atribuírsela a Luis H. Álvarez, pero también sería injusto explicar aquella transformación sin reconocer a quienes dedicaron décadas a construir la cultura cívica que terminó haciéndola posible.

Luis Héctor Álvarez Álvarez no cambió a México porque conquistara el poder. Contribuyó a cambiarlo porque dedicó su vida a demostrar que, antes que el poder, está el ciudadano.

@pepecortesmx

Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Es consejero estatal y miembro de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz, y ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la SEFIPLAN.