Hay algo fascinante en Diego Ruzzarín: el hombre puede pasar horas explicándonos las contradicciones del capitalismo, cuestionando la propiedad, señalando las desigualdades del sistema y hablando de la necesidad de construir una sociedad distinta.

Y ahora resulta que una administración pública emanada de la 4T lo invita como conferencista estelar al Festival del Mar 2026, en Coatzacoalcos.

No es un rumor. El propio Gobierno de Veracruz anunció que Diego Ruzzarín forma parte de la programación académica del festival, junto con Farid Dieck y Dalila Aldana. El evento es organizado por el Gobierno del Estado, a través de la Secretaría de Cultura, y la gobernadora Rocío Nahle lo presentó como parte de la “revitalización del sur” de Veracruz.

Y aquí aparece la pregunta incómoda:

¿Dónde termina la convicción ideológica y dónde empieza la comodidad que proporciona aquello que se critica?

Porque es muy fácil explicar las bondades del socialismo desde un escenario financiado por un gobierno, utilizando tecnología producida por corporaciones capitalistas, comunicándose a través de plataformas privadas y cobrando —si así ocurrió— por el privilegio de explicar al público que el capitalismo es el problema.

Y aclaremos algo: dar una conferencia patrocinada por un gobierno no convierte automáticamente a nadie en hipócrita. Lo verdaderamente interesante sería saber cuánto costó la contratación, bajo qué concepto se realizó y qué se le pidió exactamente al conferencista.

Porque si solamente fue contratado para hablar de filosofía, pensamiento crítico o desarrollo humano, perfecto.

Pero si el objetivo fue utilizar a una figura con enorme influencia entre jóvenes para construir una narrativa favorable al gobierno, entonces ya no estamos hablando solamente de una conferencia.

Estamos hablando de propaganda con micrófono, escenario y presupuesto público.

Y hay una imagen que me cuesta muchísimo imaginar:

A Ruzzarín explicándonos las virtudes del socialismo… pero desde La Habana o Caracas, sin su iPhone, sin Instagram, sin YouTube, sin Spotify, sin Patreon, sin empresas privadas alrededor y sin la infraestructura tecnológica creada precisamente por ese capitalismo que tanto cuestiona.

Porque criticar al capitalismo desde el capitalismo es perfectamente legítimo.

Lo que no debería ser tan cómodo es vender la crítica como si uno estuviera fuera del sistema que le permite vivir de ella.

La verdadera prueba de cualquier ideología no está en lo bien que suena en un escenario.

Está en qué tanto estás dispuesto a sacrificar cuando la teoría deja de ser discurso y se convierte en forma de vida.

Y esa, curiosamente, es una pregunta que ningún iPhone puede contestar.