Pepe Cortés
Hay indicadores económicos que llegan tarde a la conversación de las familias. El PIB puede tardar meses en confirmar una desaceleración, mientras algo ya empieza a cambiar silenciosamente en millones de hogares. Pero existe un lugar donde las estadísticas económicas se convierten todos los días en decisiones concretas: la caja del supermercado.
Y las cajas están empezando a contar una historia.
Durante el segundo trimestre de 2026, las ventas comparables de algunas de las principales cadenas de autoservicio perdieron velocidad. Walmart pasó de crecer 3.1 por ciento en el primer trimestre a 1.8 por ciento en el segundo; Chedraui, de 2.1 a 1.3 por ciento; La Comer, de 5.5 a 2.9 por ciento. Soriana registró una caída de 4.5 por ciento. Walmex atribuyó parte de la debilidad del trimestre a las lluvias y señaló que el impulso del Mundial fue acotado y desigual entre regiones. Son factores que deben considerarse. Pero la desaceleración ya era visible desde el primer trimestre, antes de que esos elementos temporales entraran plenamente en la ecuación.
ANTAD amplía la fotografía. En julio, las ventas de las cadenas afiliadas a tiendas iguales crecieron apenas 1 por ciento anual en términos nominales. El dato parece positivo hasta considerar que la inflación de ese mes fue de 3.12 por ciento: descontando el aumento de los precios, las ventas registraron una contracción aproximada de 2.1 por ciento. La diferencia es importante. Las cajas registraron más pesos, pero esos pesos compraron menos.
La teoría económica ayuda a entender lo que ocurre. Cuando el presupuesto pierde holgura, las familias no dejan de consumir de inmediato: reorganizan. Comparan precios, sustituyen marcas, buscan promociones, reducen cantidades o posponen compras. Es el efecto ingreso y sustitución llevado al carrito del supermercado. El consumidor puede seguir entrando a la misma tienda, pero salir con una canasta diferente. La desaceleración del consumo puede comenzar mucho antes de que las familias dejen de consumir.
Los hábitos también han cambiado. Hoy se comparan precios desde el teléfono, se compra por internet, se buscan tiendas de descuento y se aprovechan promociones bancarias, puntos o cashback. Que una cadena venda menos no significa necesariamente que ese consumo haya desaparecido; puede haberse trasladado a otro establecimiento, otra marca o una plataforma digital. Pero esa búsqueda constante del mejor precio también puede revelar a un consumidor que intenta obtener más de un presupuesto que comienza a sentirse más estrecho.
El pequeño comercio ofrece otra perspectiva. México tiene más de un millón de tiendas de abarrotes y, para muchas familias, esos establecimientos representan una fuente directa de ingreso. La ANPEC ha advertido sobre las presiones que enfrentan estos negocios por costos, inseguridad y menor dinamismo de las ventas. No todos los problemas de una tiendita pueden atribuirse al consumo, pero si las grandes cadenas pierden velocidad mientras el pequeño comercio también enfrenta dificultades, conviene observar el panorama completo.
Los datos de INEGI agregan otra pieza. El consumo privado continúa creciendo, pero con un comportamiento moderado. La pregunta no es si los mexicanos consumen, porque siguen haciéndolo. Lo importante es observar cuánto compran, dónde lo hacen, qué sustituyen y cuánto margen conserva el presupuesto familiar después de cubrir sus necesidades esenciales.
El empleo formal ofrece uno de los contrastes más interesantes. Julio cerró con 22.76 millones de puestos registrados ante el IMSS, el nivel más alto para ese mes en la serie histórica. A primera vista es un dato sólido. Pero el crecimiento anual fue de 1.5 por ciento y, al excluir a los trabajadores de plataformas digitales incorporados recientemente a la medición, se reduce a alrededor de 1 por ciento. Los últimos meses muestran además una pérdida de impulso: en mayo se perdieron casi 30 mil puestos, junio recuperó 61 mil y julio volvió a registrar una disminución cercana a 20 mil. Parte de esos movimientos responde a factores estacionales, pero la tendencia reciente merece atención: el empleo formal está por encima del año pasado, aunque ha perdido tracción.
La inflación ofrece un contrapeso favorable. En julio se ubicó en 3.12 por ciento anual, por debajo del nivel observado un año antes. El empleo formal permanece elevado y los salarios registrados ante el IMSS han seguido creciendo. México no está frente a una economía en crisis. El punto es distinguir entre una crisis y una pérdida de dinamismo, porque esta última puede comenzar mucho antes de aparecer claramente en los grandes agregados.
La señal que merece especial atención está en el crédito.
La cartera vencida del crédito al consumo alcanzó 64 mil 505 millones de pesos en junio. En tarjetas de crédito llegó a alrededor de 25 mil 852 millones. Banco de México ha señalado que el deterioro de la morosidad permanece lejos de representar un riesgo generalizado para el sistema financiero. Ese matiz es fundamental: no estamos frente a una crisis bancaria. Lo relevante para esta discusión es más cotidiano: hay crédito que los hogares están teniendo mayores dificultades para pagar.
Las tarjetas requieren además una interpretación cuidadosa. Los hábitos de pago cambiaron. Hoy una familia puede cargar a la tarjeta el supermercado, la gasolina, el teléfono, internet, la luz, el gas y otros servicios que antes pagaba en efectivo. Los bancos incentivan ese comportamiento mediante promociones, puntos y devolución de dinero. Para quien liquida completamente el saldo cada mes, utilizar la tarjeta puede ser una decisión financiera racional.
El problema no es pagar con tarjeta. El problema empieza cuando ya no se puede pagar la tarjeta.
El crédito introduce una variable fundamental: el tiempo. Permite trasladar capacidad de compra del futuro hacia el presente. Mientras la tarjeta se liquide completamente, funciona principalmente como medio de pago. Cuando el saldo comienza a trasladarse de un mes a otro, la ecuación cambia: una parte del ingreso futuro queda comprometida antes de recibirlo.
Entonces el consumo de ayer empieza a competir con las necesidades de hoy. Una parte del ingreso del nuevo mes debe destinarse a pagar compras anteriores e intereses, dejando menos recursos disponibles para el gasto presente. Si nuevamente se utiliza la tarjeta para cubrir supermercado, gasolina o servicios, el siguiente mes comienza otra vez con una parte del ingreso comprometida. El crédito que inicialmente amplió el margen de maniobra termina estrechándolo.
Las estadísticas no permiten afirmar que quienes pagan el supermercado con tarjeta sean las mismas personas que posteriormente caen en mora. Hacerlo sería ir más allá de la evidencia. Pero tampoco podemos ignorar la coincidencia: la morosidad del crédito al consumo aumenta mientras las ventas reales pierden dinamismo y el empleo formal muestra menor impulso.
Ahí es donde las piezas empiezan a encajar. Cuando disminuye la holgura presupuestaria, el consumidor compara, sustituye y reorganiza. Después puede reducir cantidades o posponer compras. El crédito permite suavizar temporalmente ese ajuste trasladando consumo del futuro hacia el presente. El foco de atención aparece cuando también comienza a agotarse ese margen.
Ninguno de estos indicadores anuncia por sí mismo una crisis. El empleo formal sigue en niveles elevados y la inflación ha cedido. Pero cuando supermercados, pequeño comercio, consumo, empleo y crédito empiezan a moverse en una dirección semejante, dejan de parecer datos aislados. Empiezan a dibujar la fotografía de un consumidor que todavía compra, pero que necesita hacer cada vez más cuentas antes de hacerlo.
Cambiar de supermercado es una estrategia. Buscar una promoción también. Pagar con tarjeta para obtener cashback puede incluso ser una decisión inteligente. Pero cuando cambiar de tienda ya no basta y el crédito comienza a sostener permanentemente el gasto corriente, la historia cambia.
México no está en una crisis de consumo. Pero algunas luces amarillas ya están encendidas.
Y quizá uno de los mejores termómetros de la economía mexicana durante los próximos meses no esté en una estadística trimestral, sino en algo mucho más cotidiano: en la caja del supermercado y en la tarjeta con la que estamos pagando.
@pepecortesmx
Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Es consejero estatal y miembro de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz, y ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la Sefiplan.




