Pepe Cortés

El resultado del PAN en Coahuila es desastroso y no hay manera de maquillarlo. En la elección de diputados locales de 2026 obtuvo apenas 27 mil 819 votos, equivalentes al 2.29 por ciento de la votación válida emitida. Quedó por debajo del umbral del 3 por ciento, perdió su registro estatal y se quedó sin representación en el Congreso local. Pero hay algo que hace todavía más importante entender lo ocurrido: esta vez el PAN tuvo que medirse con su propia fuerza. Resulta fácil mirar hacia el CEN y señalar a Jorge Romero, pero el desplome no comenzó con él ni con la decisión de terminar la alianza con el PRI. Cuando el PAN volvió a caminar solo, descubrió cuánto se había debilitado durante los años en que dejó de hacerlo.

Durante décadas, una parte importante de la fuerza política del PAN en Coahuila tuvo como base el antipriismo. Acción Nacional representaba una alternativa frente al partido que había gobernado el estado durante generaciones. Esa diferencia construía identidad, movilizaba militantes y daba al ciudadano una razón muy clara para votar por el PAN. Cuando Acción Nacional decidió aliarse con el PRI, esa frontera comenzó a desaparecer. Para muchos electores que habían votado durante años contra el priismo, resultaba difícil entender que ahora debían acompañarlo. Y mientras PAN y PRI compartían proyecto electoral, Morena encontró espacio para presentarse como la nueva oposición.

La paradoja merece atención. La alianza se construyó para enfrentar a Morena, pero terminó ayudando a que Morena ocupara parte del espacio político que durante años había pertenecido al PAN. Acción Nacional dejó de ser para muchos ciudadanos la referencia natural del voto opositor al PRI. El problema fue también de identidad. Cuando un partido deja de representar con claridad aquello que lo distinguía, el elector comienza a preguntarse para qué votar por él.

La elección de 2023 permite observar el problema. PAN, PRI y PRD participaron formalmente coaligados tanto para la gubernatura como para las 16 diputaciones locales. En la elección legislativa, el PAN obtuvo 88 mil 967 votos, equivalentes al 6.92 por ciento de la votación efectiva. Tres años después obtuvo 27 mil 819. No son elecciones idénticas y sería incorrecto compararlas mecánicamente, pero la magnitud del deterioro resulta imposible de ignorar.

A ese costo electoral se sumó el efecto interno de las alianzas. Para entregar candidaturas al aliado hubo que quitar espacios a los propios. Una candidatura cedida significó un liderazgo panista que dejó de competir, pero también una voz menos durante meses de campaña hablando del PAN, promoviendo su doctrina, defendiendo sus principios y construyendo identidad frente al electorado. Un distrito entregado significó cuadros que dejaron de crecer y estructuras que dejaron de movilizarse alrededor de candidatos propios. Los candidatos también construyen partido: recorren colonias, forman equipos, incorporan ciudadanos, defienden ideas y mantienen activa a la militancia. Incluso perdiendo una elección pueden dejar organización y liderazgos capaces de volver a competir.

Elección tras elección, el PAN fue cediendo algo más importante que candidaturas: fue cediendo presencia política. Mientras el PRI conservaba gobiernos, candidatos y una estructura territorial propia, Acción Nacional tenía menos voces explicándole a los ciudadanos por qué votar por el PAN. Algunos liderazgos encontraron oportunidades fuera del partido y otros simplemente dejaron de competir. El deterioro comenzó a retroalimentarse: menos candidatos propios significaron menos liderazgos, menos estructura, menor presencia pública y finalmente menos votos.

El episodio más revelador ocurrió después de la elección de 2023. El acuerdo político entre las dirigencias del PRI y del PAN terminó exhibido públicamente por el propio Marko Cortés. El documento incluía posiciones políticas y administrativas e incluso seis notarías. Toda alianza supone negociación y reparto de espacios de poder; eso no debería sorprender a nadie. El verdadero problema aparece cuando los beneficios obtenidos mediante esa negociación terminan siendo menores que el costo que paga el partido en identidad, liderazgos y estructura. El costo de una alianza no puede medirse únicamente por las posiciones obtenidas en una elección, sino también por aquello que el partido deja de construir para la siguiente.

Por eso el 2.29 por ciento de 2026 no puede leerse simplemente como la factura de haber competido sin el PRI. Esa explicación confundiría la causa con el síntoma. La pregunta importante es otra: ¿En qué condiciones llegó el PAN a competir nuevamente por sí mismo? Los 27 mil 819 votos muestran un partido profundamente debilitado. La alianza podía ocultar temporalmente esa fragilidad porque permitía compartir candidatos, estructura y competitividad electoral, pero el día que esa protección desapareció quedó expuesta la verdadera dimensión del problema.

El 2.29 por ciento no significó solamente perder una elección. Significó quedarse sin diputados y perder el registro estatal. Culpar exclusivamente a Jorge Romero resulta cómodo porque permite encontrar un responsable inmediato, pero impide entender cómo se llegó hasta aquí. Su dirigencia tendrá que asumir la responsabilidad de reconstruir al partido y los resultados con los que será evaluada en adelante. Pero reconstruir significa precisamente corregir aquello que se deterioró durante años: volver a formar liderazgos, recuperar presencia municipal, abrir espacios a nuevas generaciones y regresar al territorio.

¿Y qué vamos a aprender de Coahuila? Esa es la pregunta que realmente importa porque el problema trasciende las fronteras del estado. Las alianzas pueden ser instrumentos electorales útiles en circunstancias excepcionales. Pueden sumar votos, ganar gobiernos e incluso impedir que un adversario llegue al poder. Pero ninguna alianza puede sustituir permanentemente la identidad, la organización y el crecimiento propio. Cuando un partido depende de otro para conseguir candidatos, estructura o competitividad electoral, tarde o temprano tendrá que descubrir cuál es su verdadera fuerza.

Reconstruir al PAN significa volver a tener candidatos propios recorriendo las calles, defendiendo su doctrina, hablando de sus principios y explicándole al ciudadano por qué votar por Acción Nacional. Significa aceptar incluso el riesgo de perder elecciones mientras se construyen nuevos liderazgos. Porque también las derrotas construyen partido cuando existen candidatos que dejan equipos, militantes, presencia territorial y ciudadanos convencidos. Lo verdaderamente peligroso es ganar elecciones en las que tu aliado crece mientras tú desapareces.

Coahuila ya pagó el precio, pero estamos a tiempo de evitar que la historia se repita en el resto del país. El suicidio político no se firma el día que se rompe una alianza. Se firma años antes, cada vez que un partido deja de apostar por sus liderazgos, renuncia a su identidad y pierde la confianza en su capacidad para convencer a los ciudadanos con sus ideas.

A México no se le salva solamente ganándole una elección a Morena. Se le salva siendo congruentes, sin demagogia y sin populismo. Y eso comienza por volver a apostar por nosotros mismos. El PAN no necesita parecerse al PRI para sobrevivir ni depender de él para competir. Necesita ser auténtico.

El pragmatismo puede ganar una elección, pero puede perder al partido.

@pepecortesmx

Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Consejero Estatal y miembro de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz. Ex Director General de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la SEFIPLAN.

Nota del autor: Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva del autor y se realizan a título personal. No representan la postura oficial del Partido Acción Nacional, de sus órganos de dirección ni de institución alguna de la que el autor forme parte.