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Hay algo maravilloso en la política mexicana: un partido puede pasar años diciendo que representa al pueblo, a los pobres, a los indígenas y a los que menos tienen…

Hasta que el pueblo, los pobres y los indígenas necesitan algo tan básico como agua.

Entonces parece que se les acaba el amor.

En San Gregorio, Huixtán, Chiapas, mujeres tzeltales llevan meses enfrentando escasez de agua.

No pidieron una refinería.

No pidieron un Tren Maya.

No pidieron un avión presidencial.

Pidieron agua.

Y como el agua no llegaba, según denunciaron, consiguieron un generador de gasolina para poder extraerla de un pozo. Aseguran que no estaban utilizando la red eléctrica de la comunidad.

¿La respuesta?

55 mil pesos de multa y 22 rejas de refresco.

Sí.

Veintidós.

Porque aparentemente en la Cuarta Transformación hasta la sed tiene que cumplir con el debido proceso.

Y al hombre que ayudó a instalar el generador, otros 10 mil pesos de multa y la prohibición de entrar a la comunidad mientras no pague.

Pero aquí viene la parte interesante.

La autoridad comunitaria señalada pertenece al Partido del Trabajo.

Y el presidente municipal de Huixtán, Romeo Damián Huet Álvarez, también es del PT.

Las mujeres dicen que buscaron la intervención del alcalde.

Y, según su denuncia, en lugar de encontrar solución terminaron con más restricciones, incluyendo el corte de servicios.

Además, denunciaron agresiones, golpes, retenciones y el retiro de sus teléfonos.

Ojo: son denuncias de las afectadas y corresponde a las autoridades investigarlas y esclarecerlas.

Pero hay una pregunta política que nadie debería hacerse el desentendido para evitar:

¿Dónde está el PT?

Porque el PT no es precisamente un partido que pueda decir:

“Uy, nosotros no tenemos nada que ver con la Cuarta Transformación”.

En Chiapas, en 2024, el PT fue en coalición con MORENA y otros partidos bajo el nombre de Sigamos Haciendo Historia.

Es decir, cuando hay elecciones:

“Somos transformación”.

Cuando hay votos:

“Somos pueblo”.

Cuando hay indígenas:

“Son nuestras raíces”.

Pero cuando una mujer indígena pregunta por qué no tiene agua…

silencio administrativo.

Qué curioso.

El discurso siempre está lleno de pueblos originarios.

Las fotografías también.

Los mítines ni se diga.

Pero resulta que cuando una comunidad indígena señala a una autoridad emanada del mismo partido, ahí sí aparece la famosa prudencia institucional.

“Hay que esperar”.

“Hay que revisar”.

“Es un asunto comunitario”.

“Respetamos los usos y costumbres”.

Ah, pero para cobrar 55 mil pesos y 22 rejas de refresco, parece que sí hubo bastante claridad administrativa.

Y aquí está el verdadero problema.

Los usos y costumbres no pueden convertirse en una patente de corso para atropellar derechos.

Y tampoco puede utilizarse la palabra “indígena” únicamente cuando sirve para adornar un discurso político.

Porque representar a los pueblos originarios no significa tomarse la foto con ellos.

Significa escucharlos.

Protegerlos.

Resolverles.

Y, sobre todo, no darles la espalda cuando el problema involucra a gente del propio partido.

Así que a quienes llevan años diciendo que son los auténticos representantes del pueblo, quizá convendría recordarles algo:

El pueblo también observa.

El pueblo también recuerda.

Y el pueblo también vota.

A las comunidades indígenas les han pedido confianza.

Les han pedido apoyo.

Les han pedido votos.

Pues bien…

Nos vemos en las elecciones.

Porque como dice el viejo refrán:

Amor con amor se paga.

Y cuando el pueblo siente que lo traicionaron, también sabe cobrar.

No con violencia.

No con venganzas.

Con algo mucho más poderoso en una democracia:

una boleta electoral.

Porque una cosa es decir:

“Primero los pobres”.

Y otra muy diferente es explicarles a unas mujeres indígenas por qué, cuando tuvieron sed, la transformación les mandó una multa.

55 mil pesos.

Y 22 rejas de refresco.

Para que no digan que en la 4T no hay agua…

por lo menos para los refrescos sí hubo.