Pepe Cortés

Hoy la presidenta Claudia Sheinbaum presenta su Segundo Informe de Gobierno. Por mandato constitucional, el gobierno debe informar al país sobre el estado que guarda la administración pública. Informar. Esa es la palabra importante, porque existe una enorme diferencia entre informar sobre la realidad y seleccionar cuidadosamente aquellas partes de la realidad que sirven para construir una narrativa. Un Informe debería decirnos qué funcionó y qué no, cuánto se avanzó y cuánto falta, dónde estuvieron los resultados y dónde los fracasos. El poder también puede desinformar sin necesidad de inventar una sola cifra.

Lo acabamos de comprobar con la economía mexicana. Durante los últimos días circuló una noticia aparentemente extraordinaria: el Producto Interno Bruto de México había crecido 3.4% y alcanzado los 35.5 billones de pesos en el primer trimestre de 2026. Sonaba bien. Demasiado bien.

El problema es que México no creció 3.4% en términos reales. Ese porcentaje corresponde a la variación anual del PIB medido a precios corrientes, el PIB nominal, que el propio INEGI reportó en alrededor de 35.5 billones de pesos. El dato existe y es correcto. La desinformación comienza cuando ese aumento nominal se utiliza para hacer creer que la economía produjo 3.4% más bienes y servicios.

Ahí está la diferencia que importa. El PIB nominal se calcula a precios vigentes, por lo que mezcla los cambios en la producción con los cambios en los precios. El PIB real usa precios constantes precisamente para aislar ese efecto y medir cuánto creció de verdad lo producido. Y ahí desaparece el milagro: de acuerdo con el Sistema de Cuentas Nacionales, el crecimiento anual del PIB a precios constantes en el primer trimestre de 2026 fue de apenas 0.2%. Cero punto dos por ciento. Dicho de manera sencilla: que México produzca algo cuyo valor en pesos es mayor no significa que haya producido mucho más si los precios también subieron.

La realidad resulta todavía menos cómoda cuando abrimos el dato. Las actividades secundarias retrocedieron 1.2% anual en términos reales; las manufacturas cayeron 2.0% y la construcción, 0.7%. Las terciarias crecieron apenas 1.0% y las primarias, 0.4%. ¿Dónde está entonces ese México creciendo vigorosamente al 3.4%? No en las cifras reales. Lo que aparece es una economía prácticamente estancada, con sectores fundamentales en franca contracción.

Este ejemplo anticipa algo que conviene tener presente mientras escuchamos el Informe presidencial: un dato verdadero no necesariamente produce una imagen verdadera de la realidad. Todo depende de qué dato se escoge, contra qué se compara, qué periodo se usa, qué se omite y, sobre todo, qué conclusión se pretende construir con él.

Aquí está lo verdaderamente preocupante: la propaganda moderna ya no necesita inventar cifras. Le basta tomar un dato verdadero, arrancarlo de su contexto, cambiar su significado y ponerlo a circular. Cuando alguien descubre la manipulación, siempre hay una defensa aparentemente impecable: «el dato es verdadero». Y, en efecto, puede serlo. Lo que no necesariamente es verdadero es lo que se pretende hacernos creer con él. No falsificaron la cifra. Falsificaron su significado.

Ese mecanismo funciona porque la administración pública es compleja, y lo mismo puede ocurrir con la deuda, el empleo, la pobreza, los homicidios o el abasto de medicamentos: escoger el año de comparación más conveniente, hablar de cantidades nominales en vez de reales, presumir cifras acumuladas o elegir solo la variable que luce mejor. Cada número puede ser correcto y, aun así, el conjunto puede producir una fotografía profundamente distorsionada del país.

Por eso el problema de los informes de gobierno no está solo en verificar si cada cifra es correcta, sino en preguntar qué significa, contra qué se compara y qué quedó fuera del discurso. Informar no consiste en acumular datos, sino en dar los elementos necesarios para comprender la realidad. Cuando el gobierno selecciona únicamente lo que favorece su narrativa, dejamos de estar frente a una rendición de cuentas y entramos al terreno de la propaganda, no porque todo lo dicho sea falso, sino porque una colección de verdades cuidadosamente seleccionadas también puede construir una percepción falsa.

El ciudadano no tiene por qué convertirse en especialista en cuentas nacionales o estadísticas sociales cada vez que escucha un Informe. Precisamente por eso el poder tiene una responsabilidad mayor: no aprovechar la complejidad de los datos para fabricar una realidad conveniente.

Hoy escucharemos muchas cifras. Algunas mostrarán avances reales y habrá que reconocerlos; otras necesitarán contexto, y seguramente habrá problemas que reciban apenas unas palabras o ninguna. Frente a cada número conviene hacerse tres preguntas sencillas: ¿qué mide?, ¿contra qué lo comparan? y ¿qué dejaron fuera?

El poder puede mentir inventando una cifra. Pero también puede hacer algo más sofisticado: decirnos solo aquellas verdades que necesita para que lleguemos a una conclusión equivocada. Eso también es desinformar. Y cuando el poder desinforma, el problema no es solo que terminemos creyendo una mentira, sino que terminemos confundiendo propaganda con realidad.

@pepecortesmx


Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Consejero estatal del PAN en Veracruz.

Nota: Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva del autor. Los datos económicos utilizados corresponden a información publicada por el INEGI y al Sistema de Cuentas Nacionales de México.