Pepe Cortés

Una cifra puede ser cierta y, aun así, contar una historia incompleta. Ese es el riesgo cuando los datos económicos se convierten en discurso político: no siempre es necesario falsearlos, basta con escoger cuál presentar, cómo presentarlo y qué dejar fuera. El Segundo Informe ofrece un buen ejemplo. México recibió 34 mil 968 millones de dólares de Inversión Extranjera Directa durante el primer semestre de 2026. Es un récord y el dato es correcto. Pero una cosa es alcanzar una cifra histórica de IED y otra muy distinta estar recibiendo cantidades históricas de nuevas inversiones.

Abramos el dato. De esos casi 35 mil millones de dólares, 30 mil 957 millones corresponden a reinversión de utilidades, 1,285 millones a cuentas entre compañías y solamente 2 mil 726 millones a nuevas inversiones: 88.5%, 3.7% y 7.8%, respectivamente. La reinversión es positiva y sería absurdo minimizarla: significa que empresas extranjeras que producen y obtienen ganancias en México encuentran razones para mantener recursos en el país. Pero no representa la misma decisión económica que colocar capital nuevo. Una empresa que ya tiene fábricas, trabajadores y cadenas logísticas construidas enfrenta una realidad distinta a la de quien todavía puede escoger dónde invertir. Una cosa es quedarse y otra decidir llegar.

Y aquí no hablamos de una proporción estructural del capital extranjero en México, sino de un deterioro reciente y medible. Según un análisis de Banco BASE, la inversión nueva promedió 26% del total entre 2018 y 2022; en los últimos tres años ese promedio cayó a apenas 6.82%. La evolución reciente confirma la debilidad: la inversión nueva representó 9.2% en el primer semestre de 2025, 16% al cierre del tercer trimestre, 18% al cierre del año completo, 7.2% en el primer trimestre de 2026 y 7.8% en el semestre más reciente. No es una fotografía aislada: es una tendencia que retrocedió justo cuando debía acelerar.

La diferencia importa porque México debería estar ganando muchas de esas nuevas decisiones. Tenemos más de tres mil kilómetros de frontera con Estados Unidos, acceso preferencial mediante el T-MEC, décadas de experiencia manufacturera y cadenas productivas integradas con la economía más grande del mundo. La reorganización internacional de las cadenas de suministro agregó una oportunidad extraordinaria: el nearshoring. Si algún país tenía condiciones para beneficiarse de ese proceso era México. Por eso la pregunta no es si recibimos inversión, sino por qué, teniendo semejantes ventajas, la participación de la inversión nueva se encuentra muy por debajo de los niveles observados hace apenas unos años.

No existe una explicación única. Hay incertidumbre internacional, tensiones comerciales y la revisión del T-MEC genera cautela. Sería incorrecto atribuir todo al gobierno mexicano, pero también sería equivocado ignorar nuestros problemas internos. El capital necesita electricidad, agua, infraestructura, seguridad y trabajadores capacitados, pero sobre todo necesita certeza. Quien arriesga capital para operar durante décadas necesita saber que sus contratos serán respetados, que las instituciones funcionarán y que las reglas no cambiarán arbitrariamente. Nuestra geografía puede colocarnos entre las opciones; la confianza es la que puede convertirnos en la elección.

Hay una señal adicional. En agosto, ninguno de los especialistas consultados por Banco de México consideró que la coyuntura fuera un buen momento para invertir en México: 49% respondió que era mal momento y 51% dijo no estar seguro. Gabriela Siller, directora de Análisis Económico de Banco BASE, ha señalado que la debilidad de la nueva inversión y el predominio de la reinversión son señales de cautela e incertidumbre. Esto no significa que las empresas estén huyendo del país. Una compañía puede seguir operando y reinvirtiendo utilidades mientras pospone una ampliación o coloca su siguiente proyecto en otro país. Ese es precisamente el problema: la inversión que no llega es invisible. No veremos cerrar una fábrica que nunca se construyó ni podremos contar los empleos que nunca fueron creados, pero su ausencia termina reflejándose en menor crecimiento, productividad y oportunidades.

México conserva fortalezas extraordinarias y precisamente por eso debemos exigir más. El objetivo no puede limitarse a que quienes ya invirtieron permanezcan y reinviertan. Tenemos que lograr que quienes todavía pueden elegir encuentren en México el destino de su siguiente inversión. La ubicación geográfica es una ventaja, pero no sustituye la certeza; el T-MEC abre puertas, pero no garantiza que el capital las cruce; el nearshoring representa una oportunidad, pero aprovecharla depende de las condiciones que seamos capaces de ofrecer.

Y aquí regresamos al Informe. Los casi 35 mil millones de dólares de IED son reales y constituyen una buena noticia. El problema aparece cuando una cifra verdadera se utiliza para construir una conclusión que por sí misma no demuestra. IED récord no significa inversión nueva récord. Los números muestran que el capital nuevo representa hoy una proporción considerablemente menor que la observada años atrás.

Ese es el punto que trasciende esta cifra y alcanza al Informe completo. No basta revisar si los números que presenta un gobierno son verdaderos. También debemos preguntar qué miden, cómo están construidos, contra qué se comparan y qué información queda fuera. Porque una cifra correcta, presentada sin contexto, puede construir una percepción muy diferente de la realidad que pretende describir.

El dato puede ser cierto. La narrativa construida alrededor de él puede ser otra cosa.

Por eso, frente a cualquier Informe de Gobierno, no basta preguntar si sus cifras son verdaderas.

Hay que preguntar qué significan.

@pepecortesmx

Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con posgrados en Administración Pública y Control y Fiscalización. Consejero estatal y miembro de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz; ex director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la SEFIPLAN.