Marco Aurelio Martínez
Crónicas de la Capital
Gracias a una tradición muy arraigada cultivada desde el seno familiar, cada 15 de septiembre representa una fecha muy significativa; desde pequeño la emoción de salir a la plaza pública para gritar ¡Viva México! se materializó en una pieza primordial, identitaria, plena y convincente, intacta hasta nuestros días; inicialmente mi padre siendo edil municipal de Ciudad Mendoza, y posteriormente maestro de ceremonia de la noche del grito durante casi dos décadas, convirtió la celebración en práctica casi religiosa, solemne, la cual disfrutábamos desde el balcón del Palacio Municipal de esta población ubicada en el valle de Orizaba. Es muy cierto, lo que bien se aprehende, se conserva en un rincón predilecto de la mente y el corazón.
Así crecimos en familia. Por esta razón, cada 15 de septiembre sigue siendo un día de culto al orgullo patrio, a nuestra identidad, y una convocatoria a la unidad.
Recuerdo que después de cada ceremonia del grito, nos sentábamos a la mesa matriarcal entorno al delicioso pozole elaborado por mi madre, y analizábamos lo que ocurría en cada emisión, lo que decían los presidentes en turno y las típicas anécdotas que salían a colación, que si Porfirio Díaz lo había declarado día de fiesta nacional por ser su onomástico; o aquella ocasión en que Carlos Salinas recitó a Zapata en un acto de provocación cuando sus políticas neoliberales alentaron el levantamiento armado del EZLN. El año en que Fox tuvo que dar el grito en Dolores Hidalgo, Guanajuato, por causa de la protesta de AMLO en el zócalo capitalino. También cuando Andrés Manuel dio el grito sin público debido a la pandemia del COVID-19; más reciente la Presidenta Sheinbaum reconociendo a nuestros hermanos migrantes, y enalteciendo a las heroínas de la patria, vitalizando lo que por muchos años fue terreno árido e inexistente, otorgando nombre y apellido a las mujeres que fueron excluidas de la historia nacional, por mencionar algunas.
La noche de antier además de admirar a dos mujeres de notable capacidad y recia personalidad, fue un momento histórico, de gran trascendencia en el devenir del país.
La Presidenta Sheinbaum tenaz, con una seguridad implacable, y enfatizando en el respeto a nuestra libertad y soberanía nacional, amenazada en este momento por los afanes delirantes del presidente norteamericano. Conoce de sobra que siete de cada diez mexicanos respaldan su gestión. El zócalo rebosante de CDMX se le brindó.
Al concluir, le tocó el turno a la capital veracruzana, su Palacio de Gobierno imponente, recientemente rehabilitado, con candelabros decimonónicos brillantes, pisos de mármol impecables, relucientes, la gobernadora Rocío Nahle, con un atuendo espectacular, desde que tomó la bandera con aplomo, salió al balcón a arengar con toda enjundia y respaldar a la Presidenta Sheinbaum en torno a la soberanía nacional, misma que fue coreada por más de veintiséis mil personas que se congregaron en la Plaza Lerdo y calles aledañas.
Esta noche retrocedí en el tiempo, me reencontré con el niño que vivió, disfrutó y se apropió de este trascendente ejercicio de reconocimiento nacionalista, ver a la gobernadora con su fuerza y templanza gritar y arengar a nuestros héroes nacionales fue regresar el tiempo, sentir el mismo impulso de ir para adelante, de convocar a la unidad nacional, y confrontar las políticas de mala entraña que incentivan una intervención extranjera como si fuera la panacea para resolver nuestro presente.
De la mano de un puñado de mujeres íntegras a la cabeza, México avanza, se consolida con la aplicación de políticas públicas humanistas, sustentables, efectivas, que reivindican a quien menos tiene y combaten las malas prácticas que aún prevalecen en algunos sectores de la administración pública.
El sonoro grito de independencia de antier debe llegar muy lejos, debe rebasar fronteras y dejar en claro que los mexicanos repudiamos el intervencionismo, el injerensismo, que los grandes problemas nacionales se discuten y resuelven de manera interna. Más allá de la comida, la bebida, el baile, la celebración, hoy los argumentos deben ser claros, contundentes y el objetivo uno solo: Independencia.




