Pepe Cortés

En 1810 no todo fueron vivas, campanas y arengas por la Independencia. Entre las expresiones documentadas de Miguel Hidalgo quedó una que ha atravesado más de dos siglos: ¡Muera el mal gobierno! No era una frase menor ni un simple recurso retórico: expresaba el hartazgo de una sociedad frente al poder.

Cada septiembre repetimos los vivas, ondeamos la bandera y llenamos las plazas. Celebramos a los héroes y recordamos el nacimiento de una nación. Pero, 216 años después, hay otros gritos que no forman parte de ninguna ceremonia y que se escuchan todos los días.

Desde el poder se pronuncian tantos vivas que uno podría preguntarse, con inevitable sarcasmo, cuáles faltaron: ¡Vivan los baches! ¡Viva la inflación! ¡Vivan los privilegios! ¡Vivan los moches! Claro que nadie los dijo. Son los otros “vivas”: los que, desde la ironía, exhiben la distancia entre la celebración de quienes gobiernan y la realidad cotidiana de quienes padecen sus decisiones.

En las fiestas patrias escuchamos vivas a México, a sus héroes y a nuestra Independencia. Pero, entre tantos discursos y arengas, también faltó gritar: ¡Que termine la inseguridad! ¡Que termine la corrupción! ¡Que no falten medicamentos! ¡Que nuestros hospitales tengan lo necesario para atender a la gente!

Porque querer a México no consiste únicamente en ondear una bandera o repetir consignas. También significa levantar la voz frente a lo que está mal. Eso también faltó gritar.

Y mientras esos reclamos quedaban fuera de la ceremonia, otros llevan años resonando en las calles. Por desgracia, los de las madres buscadoras se han vuelto cotidianos. Recorren oficinas, caminos y terrenos preguntando dónde están sus hijos, mientras la crisis de desapariciones sigue marcando a miles de familias en México.

En Xalapa volvieron a marchar el 30 de agosto para exigir resultados. Ninguna madre debería verse obligada a buscar a sus hijos. Y ningún país debería acostumbrarse a verlas hacerlo.

De las calles, el reclamo llega también a los hospitales. No deberíamos necesitar que médicos, enfermeras y residentes salgan a marchar para conseguir medicamentos, material y equipo con los cuales atender a sus pacientes. Sin embargo, el 13 de septiembre, trabajadores de la salud marcharon en Xalapa para denunciar precisamente esas carencias.

No pedían privilegios. Pedían condiciones mínimas para hacer su trabajo y atender a quienes buscan recuperar la salud. En un sistema que presume avances, tener que protestar para conseguir lo indispensable revela algo más profundo que una simple deficiencia administrativa: revela abandono.

Pero las carencias de nuestros hospitales no terminan en la falta de insumos. Mientras el personal de salud salía a las calles para denunciar esas condiciones, en el Centro Estatal de Cancerología surgía una preocupación todavía más grave.

La Secretaría de Salud confirmó un brote de sarampión con 16 casos al corte del 15 de septiembre: 12 trabajadores de la salud, tres pacientes y un familiar. Entre los casos confirmados se registraron dos defunciones; una correspondió a una niña de diez años que recibía tratamiento por linfoma no Hodgkin. El caso de una persona de 22 años permanecía pendiente de dictaminación en el reporte oficial.

Quienes llegan al Centro Estatal de Cancerología ya enfrentan una batalla suficientemente difícil. Son pacientes y familias que buscan tratamiento, cuidados y una oportunidad para seguir adelante. Entre los casos confirmados estaba una niña de apenas diez años que, además de luchar contra un linfoma, quedó expuesta a un brote dentro del lugar donde debía recibir atención y protección.

Un hospital no puede convertirse en una fuente adicional de riesgo para quienes acuden a él en busca de ayuda. Debe proteger, cuidar y sanar; no sumar nuevas angustias a pacientes que ya enfrentan momentos límite.

Son distintos gritos, distintas historias y dolores que no admiten comparación. Pero todos revelan una misma exigencia: ciudadanos que necesitan respuestas y autoridades que no pueden sustituirlas con discursos.

Patria también es la madre que busca a su hijo, la niña que necesita atención, la enfermera que cuida y el médico que requiere herramientas para salvar una vida. Gobernar no es subir una noche a un balcón y lanzar vivas frente a la Plaza Lerdo. Gobernar es responder todos los días a quienes esperan seguridad, salud, justicia y servicios que funcionen.

El Grito termina cuando se apagan las luces de la Plaza Lerdo. Los otros gritos, no. Siguen en las calles, en los hospitales y en las familias que esperan una respuesta.

Y mientras sigan siendo necesarios para hacerse escuchar, desde este espacio los resumimos en uno solo:

¡MUERA EL MAL GOBIERNO!


@pepecortesmx

Pepe Cortés es economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con posgrados en Administración Pública y Control y Fiscalización. Consejero estatal y miembro de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz. Fue director general de Vinculación y Coordinación Hacendaria de la SEFIPLAN.

Nota: Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva del autor.