Livia Díaz 

Conozco a Manuel Huerta. Por eso me lo imagino feliz: de esa felicidad que da cuando uno voltea a ver el salón y descubre que llegaron todos los que quería. Senadores, dirigentes, personajes nacionales, los de aquí, los de allá y, sobre todo, los que hacen que un informe parezca más una reunión política que una rendición de cuentas.

Hay que reconocerlo: reunir a tanta gente no es cualquier cosa. Huerta lo consiguió. Eso sí: en Ciudad de México, aunque fue electo senador por Veracruz.

Según Ignacio Mier, Huerta lo había invitado originalmente a Veracruz, pero le pidió cambiar la sede para que acudieran los senadores, el presidente de la Mesa Directiva, Adán Augusto y otros personajes nacionales.

Dicho así, parece lógico: si quieres reunir a todos, haces el acto donde están todos. Tan simple como organizar una fiesta y, para que nadie falte, celebrarla en casa de los invitados.

El problema es que esto no era una fiesta. Era un informe. Y el senador no representa a la Casona de Xicoténcatl, sino a Veracruz.

Pero hoy toca celebrar. Puedo imaginarlo al terminar: sonrisas, abrazos, fotografías y la satisfacción de pensar: “¡Ahí están todos!”. Una auténtica borrachera de felicidad política.

Mañana, seguramente, despertará temprano. Y quizá tenga que venir a informar a Veracruz, donde votaron por él. Aquí alguien podría preguntarle:

—Oiga, senador, ¿y por qué allá?

Huerta sabe hablar y nunca le ha temido al micrófono, a las preguntas ni a los reflectores. Por eso sería estupendo verlo frente a los periodistas veracruzanos, sin senadores alrededor, sin dirigentes nacionales, sin Casona de Xicoténcatl: solamente él, los reporteros y Veracruz.

A ver si la felicidad de reunir a todos allá también alcanza para explicar por qué el informe de un senador veracruzano terminó siendo, fundamentalmente, un acontecimiento político en Ciudad de México.

Porque una cosa es rendir cuentas y otra hacer una reunión tan grande que parece que alguien celebraba otra cosa.

Y no: no eran quince años. Era el informe. Aunque, por la cantidad de invitados, casi hubo que preguntar quién llevaba el pastel.