Pepe Cortés
Ya es oficial. La Secretaría de Educación Pública publicó el Acuerdo 09/09/26 para regular el uso de teléfonos celulares y dispositivos digitales personales en las escuelas. En educación básica estarán restringidos durante toda la jornada, salvo excepciones justificadas. La medida entrará en vigor el 3 de noviembre. El gobierno ya puso la regla. Ahora falta demostrar que puede convertirla en mejores resultados educativos.
Porque prohibir era la parte fácil. El problema de fondo es mucho más incómodo. La propia consulta de la SEP encontró que 79.7% de los docentes identificó dificultades para mantener la atención y 78.1% vinculó ese problema con el uso de dispositivos digitales. Además, 38.7% reportó conflictos originados en redes sociales u otros espacios digitales que después llegaron a la escuela. Guardar el celular puede contener una parte del problema. Confundir eso con resolverlo sería un error. El acuerdo tiene elementos razonables: distingue entre niveles educativos, contempla excepciones, permite usos pedagógicos y reconoce la necesidad de formar ciudadanía digital. Precisamente por eso hay que exigirle más. Una política educativa no se evalúa por la facilidad con la que se anuncia, sino por lo que cambia en las aulas.
La mayor debilidad aparece cuando el alumno cruza la puerta de la escuela. Puede permanecer seis horas sin celular y pasar otras seis pegado a TikTok, videojuegos, mensajes o cualquier plataforma. Puede dormir con el teléfono al lado, recibir contenido durante la madrugada y regresar al día siguiente agotado. Ninguna caja para guardar celulares resuelve eso. Ningún decreto sustituye a los padres. Ningún reglamento escolar reemplaza la formación de hábitos. Y aparecen problemas muy concretos: si una escuela resguarda cientos de teléfonos, ¿quién los recibe, dónde se almacenan y quién responde por pérdida o daño? La custodia puede terminar convirtiéndose en otra carga para directivos y maestros que deberían estar concentrados en educar.
Está también la seguridad. Durante años el teléfono se convirtió en un medio de comunicación entre padres e hijos y, en situaciones graves, en una herramienta para pedir auxilio o documentar bullying, agresiones y abusos. El acuerdo contempla emergencias, pero escribir una excepción en el Diario Oficial no crea automáticamente un protocolo eficaz. Si se restringe un medio de comunicación, cada plantel tendrá que garantizar otro que realmente funcione.
La discusión tecnológica tampoco es nueva. Ya la vivimos con las calculadoras, las computadoras e internet. Pero el teléfono inteligente es diferente: concentra redes sociales, entretenimiento, comunicación, algoritmos diseñados para retener nuestra atención y ahora inteligencia artificial. Nunca habíamos llevado en el bolsillo tantas herramientas y tantas distracciones al mismo tiempo. La pregunta de fondo permanece: ¿apartamos la tecnología o enseñamos a dominarla?
El propio acuerdo reconoce la necesidad de alfabetización digital, mediática, informacional y algorítmica. Ahí está la verdadera batalla. Un joven necesita aprender a verificar información, proteger sus datos, reconocer una estafa, enfrentar el ciberacoso, entender cómo un algoritmo intenta capturar su atención y utilizar responsablemente la inteligencia artificial. Eso es mucho más difícil que ordenar: guarda el teléfono. Regular el aparato puede ser necesario; formar el criterio para utilizarlo es indispensable.
Y habrá que medir resultados. Dentro de un año no debería bastar con presumir cuántas escuelas aplicaron la disposición. Habrá que saber si mejoró la atención, disminuyeron los conflictos, aumentó el aprendizaje, mejoró la convivencia y los estudiantes desarrollaron mejores hábitos digitales. Si nada de eso cambia, habremos regulado teléfonos sin resolver el problema que justificó regularlos. México tiene demasiada experiencia con políticas públicas que confunden publicar una disposición con transformar una realidad. Esta no debería convertirse en otra.
El éxito no se medirá contando celulares guardados. Se medirá formando jóvenes capaces de gobernar la tecnología sin convertirse en prisioneros de ella. Quitar un teléfono de las manos es fácil. Enseñar a una generación a tener criterio para saber cuándo usarlo y voluntad para saber cuándo apagarlo, eso sí es educar.
@pepecortesmx
Economista y abogado por la Universidad Veracruzana, con estudios de posgrado en Administración Pública y Control y Fiscalización. Consejero estatal e integrante de la Comisión Permanente del PAN en Veracruz. Coordinador de Acción Digital del CDE PAN Veracruz.




