Salvador Muñoz

Los Políticos

Mecano le puso música a una inseguridad que todavía se asoma al espejo: tener “una imagen demasiado normal”. Con maquillaje, la protagonista ya se deja mirar. Sin él, pide distancia.

Ahora imaginemos a una adolescente frente a la puerta de su secundaria y a un adulto dispuesto a corregir su rostro antes de permitirle educar la cabeza.

Una publicación de Contacto Hoy refiere un video de un profesor que retira maquillaje a alumnas con un trapo mojado. Conviene ponerle freno al entusiasmo del tribunal digital: con la información consultada no podemos confirmar el plantel, el lugar ni las circunstancias completas. Atribuírselo a una escuela mexicana o veracruzana sería inventar. La advertencia, sin embargo, merece entrar a todas las escuelas.

El maquillaje lleva milenios entre nosotros. En el antiguo Egipto lo utilizaban mujeres y hombres. Los guerreros de muchas culturas lo usaban tanto para el combate como para rituales. A más de un guardián de las buenas costumbres le convendría repasar historia antes de revisar pestañas.

Una adolescente puede maquillarse por gusto, por imitación, para sentirse parte del grupo o para esconder una inseguridad. No sabemos cuál motivo lleva cada una en la mochila. Menos se sabrá frotándole la cara frente a sus compañeros.

Aquí tienen tarea los padres. Si su hija sale maquillada con su conocimiento, corresponde conversar con la escuela sobre esa autorización y las reglas existentes. Permitirlo no demuestra, por sí solo, abandono de responsabilidades. Pero tampoco ayuda dejar que la muchacha resuelva sola el desencuentro entre los adultos.

Las alumnas también deben conocer los acuerdos, expresar sus razones y aprender a cuestionar por las vías del diálogo. Tener derechos exige aprender a convivir; obedecer no tendría que exigir vergüenza.

Y las autoridades educativas deben revisar qué pretenden enseñar con cada prohibición. Un reglamento necesita razones y límites. La firma de un padre no convierte la humillación en método pedagógico.

Los payasos se maquillan para construir un personaje. En política, maquillar cifras tiene tantos practicantes que ya debería ofrecerse como carrera técnica. Qué curioso que el rigor encuentre tan fácilmente el rostro de una estudiante.

Antes de quitarle el maquillaje, habría que escucharla. Tal vez sólo le gusta pintarse. Tal vez siente que su cara no basta.

Una escuela tendría que ayudarla a descubrir su valor porque para enseñar a guardar las apariencias, ya tenemos a nuestros políticos expertos en maquillar la realidad.